Por Alfonso Sánchez Mendoza
El aire frío de esta noche de luna provoca tiritantes estremecimientos en mis poros callados, hace sólo unas horas caminaba por la plaza mayor justo en la hora del umbral entre la tarde y la noche. Creo que esos pocos minutos embargan veredas, bancas y jardines en un halo de magia al que no puedo escapar, arroban mi memoria caminatas lejanas, huellas que se fueron perdiendo congelándose en la línea del tiempo.
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Enciendo el único pero religioso cigarrillo de la noche, aquí frente al teclado intento escribir algunas líneas sobre esta “mala costumbre” de fumar. Releía no hace mucho un cuento de Julio Ramón Ribeyro “solo para fumadores” confieso que no intento hacer una apología a este vicio, y menos un tratado tan profundo como lo hizo este admirable y excelente escritor peruano, si es mi propósito, como simple mortal aficionado a estas lides de la narración, compartir con usted amigo lector mi experiencia con este afán de aspirar y exhalar humo con nicotina y alquitrán.
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Empecé mi aventura como muchos en los años adolescentes, cursaba el quinto de secundaria si mal no recuerdo, 16 años según mis rápidos cálculos nemotécnicos. Nunca consumí más de cinco cigarrillos por día, pero es curioso, tampoco pude dejarlo por mucho tiempo tras un mil intentos fallidos. Alojado en mi cuarto de soltero, a veces me veía en la necesidad de salir al patio de la casa a fumar el cigarrillo nocturno tras los reclamos de la vecina del cuarto que ocupaban sus hijos en el altillo que estaba sobre mi habitación, pues el humo que subía por el entablamento de mi techo perjudicaba a sus niños de 3 y 5 años. Las antiguas casas de la beneficencia, encierran en sus muros cierta magia de la que no he podido escapar, esos paramentos fueron testigos de infinidad de versos escritos a la luz tenue de una bombilla, en su silencio cómplice de luna, o a la luz frágil de una vela en los tiempos de apagones. Por aquellos días con el corazón atribulado, con la mente enmarañada en razones que nunca quise entender, abrazado a la soledad callada de las cuatro paredes de mi cuarto y con la extraña compañía de un cigarrillo golpeado de cabo a rabo. Y entonces como desprenderse de esta necesidad de exhalar bocanadas de humo para poder dormir tranquilo; para devolverle la calma a mi cuerpo cansado o inquieto.
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Guardo en mis recuerdos quizás los momentos más aciagos de mi vida sostenidos por un cigarrillo entre los dedos, alimentado por ese humo que desoxigenando mis pulmones me sostuvo para no desfallecer. Desde los cigarrillos iniciales, tras el primer desengaño sentimental, transitando por aquellos que acompañaban las primeras borracheras estudiantiles, fue tomando cuerpo la costumbre.
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Se dice que estas manías se heredan o se adquieren por imitación, en la casa donde me crié, el tío Javier no recuerdo que fumara, es más creo que nunca lo vi encender un cigarrillo, mas bien, mi padre fumaba como “chino en quiebra” así rezaba siempre mi tía María, cuando se refería a él.
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Mentiría si digo que no lo vi fumar, pero al no vivir con él, no se grabaron en mi niñez esas imágenes. Años después, sabría que hubo un tiempo que Don Sergio Sánchez, mi padre, encendía un cigarrillo en la mañana con un sólo fósforo y no volvía a usar otro cerillo durante el resto del día, la colilla del anterior encendía el siguiente hasta bien entrada la noche en que se acostaba. Supongo que habrán predisposiciones genéticas en mí, que no permiten abandonar del todo esta “manía”.
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Los tiempos de la escuela de teatro fueron memorables, con la taza de café de las 6 de la tarde acompañada ineludiblemente con un cigarrillo, claro está, cuando las arcas de los bolsillos daban la medida. También es el tiempo de los “fallos” compartidos, era placentero disfrutar un cigarrillo en el frío de la tarde de invierno, sacrificando a veces hasta el pasaje para regresar a casa.
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Cuando andaba en la universidad, siempre me hablaron de las noches de estudio con media o una cajetilla de cigarrillos, confieso que nunca pude estudiar o trabajar y fumar a la vez, siempre he fumado para descansar, para relajarme o finiquitar el día.
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A estas alturas de esta nota recuerdo el episodio de la historia de Ribeyro, en la que este salta desde un segundo piso para dar unas cuantas pitadas, sin haber llegado a esos extremos he andado cerca de escenas parecidas, y entiendo la angustia sentida en cuerpo y mente; salir de mi habitación y caminar cinco o seis cuadras sólo para regresar fumando un cigarrillo y guardar el otro justo para el momento en que recostado en mi cama, escuchando música, dé el ultimo golpe, colilla al cenicero o al suelo según sea el caso, la media vuelta final y a soñar se ha dicho. Esto en el mejor de los casos cuando la billetera lo permitía, otras veces cuando no me acompañaba ni el más mísero céntimo, me empecinaba en buscar aquel cigarro olvidado, algún día, en algún rincón, en alguna caja o cajón; no siempre el safari obtenía su presa, entonces el sueño no llegaba, solo el cansancio y la rabia contenida doblegaban los parpados pesados.
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La noche que fumé la mayor cantidad de cigarrillos que yo recuerde, fue la del 7 de noviembre del año 95, solo este conocido compañero y el café me mantuvieron en pie durante el velo de mi querida viejecita, mientras otros tomaban el calientito, o descansaban dormitando a sobresaltos, pude apelar a este artificio de calma, pude contener el llanto escondido en un rincón de mi ser.
Las pocas veces que he dejado de consumir tabaco han sido explícitamente por recomendaciones médicas, y aunque siempre han tintineado en mis oídos consejos y hasta “amenazas” de mis seres queridos, no he logrado desprenderme de este sencillo placer. Asumo que esta “costumbre” continuará minando mis vías respiratorias, acortando segundos de vida cada día, pero devolviéndome la paz para dormir cada noche.
La noche que fumé la mayor cantidad de cigarrillos que yo recuerde, fue la del 7 de noviembre del año 95, solo este conocido compañero y el café me mantuvieron en pie durante el velo de mi querida viejecita, mientras otros tomaban el calientito, o descansaban dormitando a sobresaltos, pude apelar a este artificio de calma, pude contener el llanto escondido en un rincón de mi ser.
Las pocas veces que he dejado de consumir tabaco han sido explícitamente por recomendaciones médicas, y aunque siempre han tintineado en mis oídos consejos y hasta “amenazas” de mis seres queridos, no he logrado desprenderme de este sencillo placer. Asumo que esta “costumbre” continuará minando mis vías respiratorias, acortando segundos de vida cada día, pero devolviéndome la paz para dormir cada noche.








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