sábado, 21 de febrero de 2009

Barco con yapa

Barco con yapa

David Ramos



Viajar en lancha de Iquitos a Yurimaguas “es la aventura”. Lo difícil: no hay horario de partida, la comida es horrible, los cocineros te acosan porque son gays y el frío –sí, el frío– hace presa de ti si no eres precavido. Lo positivo: desde la cubierta, si tienes suerte, podrás ver la caída de un par de meteoritos. Lo más fascinante: nunca tendrás la certeza de que llegarás a puerto el día señalado.



A Iquitos no se llega en bus, sino en lancha o en avión. Sólo hay una carretera que llega a la “capital de la amazonía”, pero al otro extremo de dicha vía terrestre se encuentra la económicamente irrelevante Nauta. Cuarenta años esperaron los loretanos por cien kilómetros de asfalto que llevan a ningún lado. Las líneas aéreas, a decir de los locales, hacen su agosto con los precios. Un pasaje Iquitos-Lima puede llegar a costar US$ 150, sólo ida.

Por otra parte viajar en lancha de Iquitos a Yurimaguas o a Pucallpa puede costar desde veinte soles para los más osados, quienes acompañan la carga y animales en la bodega del navío, hasta 350 para los que, en su suite, disfrutan de los placeres que significan un ventilador, cama de dos plazas, televisor y baño propio. Una vez llegados a cualquiera de los dos destinos se puede viajar a Lima por carretera a un promedio de 120 soles.

Lo confieso, siempre viajo en avión. Es más cómodo, rápido y seguro. Por el río la embarcación puede quedar varada en algún banco de arena, retrasando el viaje algunas horas cuando menos, o ser asaltada bajo la luz de la luna por piratas con fusiles y no espadas. Sin embargo pocas veces es bueno despreciar oportunidades de experiencias nuevas. Y así fue que me animé a cubrir la ruta hacia Yurimaguas hace poco más de dos años.

La llegada o salida de una lancha no se puede precisar con la exactitud con la que se anuncia la de un avión. El Eduardo VIII, la embarcación que escogimos para nuestro viaje, debía llegar un lunes pero llegó un martes. Debía salir un martes pero se enrumbó a Yurimaguas un jueves por la noche. El contacto con el resto del mundo una vez alejados de la ciudad es por radiofonía. A media hora de Iquitos los celulares habían quedado sin señal. Pude pronto comprobar también que el pequeño radio que compré en el puerto no habría de emitir mejor sonido que un constante ruido blanco. Esto último porque me estafaron, otras personas podían escuchar tranquilamente RPP a bordo.

La noche en medio de la selva es oscura e intrigante y, contrario a lo que se puede pensar, horriblemente fría. A medianoche del jueves, apenas un par de horas después de haber perdido un par de aburridas partidas de ajedrez –todo juego en el que uno pierde es aburrido–, desperté con los pies congelados.

El desayuno a bordo, para los pasajeros del segundo piso, era un líquido gris con arroz sumergido en él. Eso fue lo que recibimos en nuestros tappers la primera mañana que pasamos en la lancha, la del jueves, la del día que decidimos ir al mercado a comprar cinco cajas de leche chocolatada y unas cuantas paltas. Porque el miércoles nuestros amigos nos habían ido a despedir al puerto por segunda vez –la primera vez fue el martes– y al enterarnos de que la lancha no partiría esa noche decidimos, a invitación de la tripulación[1], evitarnos la vergüenza que supondría ser despedidos una tercera vez. El almuerzo, por cierto, nunca fue más que un par de rodajas de papa sancochada, arroz y una pequeña presa de pollo.

La noche del viernes presentó un inconveniente especial. Según el tripulante encargado de vigilar el tercer piso, casi todos los cocineros de lancha son gays. Eso supone al menos dos homosexuales por lancha. En nuestro viaje debimos contar además con la presencia de tres homosexuales como pasajeros y su respectivo mapero[2]. Lleven ustedes la cuenta. Al atardecer, mi amigo y yo nos dirigimos a los baños para el respectivo duchazo-afeitada-lavada de dientes. No había yo concluido la primera parte del procedimiento cuando escuché que mi amigo, desde el baño vecino, se enfrentaba verbalmente contra algunas voces amaneradas. Alguna relación había en esa discusión con los pequeños huecos en el fuselaje que separaba los baños de la cocina del tercer piso. –Vayan a mirar a mi amigo, él la tiene más grande– gritaba en su defensa, haciéndome menudo honor en semejante situación. Al ver violados con palitos de chupete los huecos en el fuselaje que había yo tapado con jabón, decidí que mi baño había concluido. Aún quedó pendiente la amenaza de aquella voz amanerada: “en la noche los vamos a buscar”.

Ellos pensaban que dormíamos en nuestras hamacas, en el tercer piso. Esto porque nos relajábamos frescos en ellas durante el día, gracias a que el capitán nos permitió mantenerlas ahí sin costo adicional. Pero no pensábamos delatar nuestro cubil felino. Decidimos permanecer en cubierta, en la parte delantera de la nave hasta estar seguros de que todos estaban dormidos. Así fue que nos quedamos despiertos hasta las dos y media de la madrugada. Hacía frío. No había llevado casaca.

Un evento astronómicamente imposible se dio aquella noche: dos estrellas cayeron del cielo cual si hubieran estado sujetas por ligeros hilos. Un momento estaban fijas junto a sus compañeras, al siguiente caían, quién sabe si al infinito espacio o simplemente a la inmensa selva amazónica. Los extraterrestres llegaron ya, se me ocurrió bromear frente a la afirmación de mi camarada de que se trataría de un caso UFO.

Las porciones de nuestros almuerzos al día siguiente eran notablemente más pequeñas y decidimos, por precaución digestiva, no comer nada.

Para el sábado ya había entablado amistad con una inglesa llamada Helen que venía viajando como mochilera desde Argentina. Era de la zona sur de Inglaterra -donde había campos, dijo-. Hablaba bastante de la pachamama. Yo, descreído y renegado de los mitos andinos y toda la marihuana, san pedro y ayahuasca que encierran, sólo le seguía la corriente.

La guitarra fue una compañera salvadora frente a la monotonía de la selva. A la izquierda árboles, a la derecha árboles. Conocí a un par de amigos de viaje, cuyos nombres ya olvidé, mientras competía en acordes con un pastor evangélico. Él tocaba canciones de iglesia, yo algo de Líbido. Yo gané. Estudiaban en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana y dormían en la bodega de la lancha. Esto recién lo supe por la noche, cuando los vi bajarse en Lagunas, un pueblo a medio día de Yurimaguas.

Tocaba la guitarra en los pasillos, en las bancas del salón del tercer piso, en mi hamaca. A Helen le gustaba Zombie, de The Cranberries, y la cantaba hermosamente. A mí me gustaba ella. A su enamorado también. Ella dormía con él en una suerte de carpa que habían instalado a un extremo del salón del tercer piso.

La mañana del domingo la pasé con la expectativa de llegar a Yurimaguas. Había visto bastante: bufeos[3] semi-colorados a babor mientras hacía cola para el almuerzo, venta de monitos a veinte soles la pareja, una manía de plátanos enanos a cincuenta céntimos. Pero el propósito de todo viaje es llegar. Extrañamente una vez en el puerto tenía el corazón inquieto, quizás a la espera de la próxima partida.




[1] “Se comunica a los pasajeros que la lancha no saldrá de puerto hasta mañana en la noche. Los que deseen pueden quedarse a dormir a bordo y se les servirá el desayuno y almuerzo de mañana”. Mensaje aproximado del capitán la noche del miércoles. Nos sorprendió cómodamente instalados en nuestras hamacas.


[2] Un mapero, contrario a lo que se podría creer, nada tiene que ver con la realización de mapas. Mapero, en la jerga iquiteña, es quien tiene el rol de activo en una pareja gay.


[3] Un bufeo es un delfín de agua dulce. El bufeo colorado pertenece a la mitología amazónica: Dicen que se convierte en hombre y engatusa a mujeres de la ribera, llevándolas consigo a las profundidades del río. Los bufeos vistos parecían tener el lomo rosado pero la panza ploma.


La arquelogía del Shámbar

La arqueología del shámbar

Gerardo Cailloma Navarrete


Del origen del shámbar se sabe muy poco. De que a un trujillano no le guste, se sabe menos todavía. ¿De dónde viene esta sopa enigmática? ¿Es un plato serrano como dicen?


“El papel de la cocina no consiste solamente en hacer consumible

la comida, sino que exige también que camufle los alimentos mediante

el doble artificio de la preparación y de la presentación de los platos”.

La aventura de comer, NOELLE CHATELET



Siempre me ha gustado auscultar, husmear platillos deliciosos de las más diversas culinarias en los sitios que he estado; algunos fueron felices encuentros, otros, varias de las ocasiones, decepciones o fraudes al descubierto. En mi peregrinar por restaurantes encopetados y humildes fondas, zonas de alta rotación y cálidas casas de amigos (o mi propia casa), el encuentro feliz con la comida es, para mí, un momento de gloria que no se puede postergar: he puesto en duda amistades férreas cuando mis amigos anteponían otra propuesta que no era la de ir a la mesa para tener mi consecución de vida. Una vez dos grandes amigas mías en Monsefú, a las 2 de la tarde, se les ocurrió ir de compras y postergar mi pactado encuentro con un chinguirito; mi silencio con ellas duró casi dos semanas, reconocieron la grave falta que habían cometido.


Cuando me instalé en Trujillo, hace ya 15 años, inicié una suerte de expedición de lugares con culinaria espectacular; en Lima había dejado un buen grupo de amigos que teníamos por hábito visitar los domingos diversos restaurantes y huariques que te ofrecían platos impresionantes tanto al paladar como al olfato y a la vista. Había recalado varias veces en el famoso restaurante El Señorío de Sulco, que quedaba en el pueblo viejo de Surco y había comido extasiado la famosa huatia, noble preparación serrana de la carne con especias y hierbas: un manjar. Con esos buenos hábitos adquiridos, llegué a Trujillo a iniciar cierta cacería; pero se necesitaba buenos informantes y acompañantes (la buena comida se hace con buenos amigos, en un bonito lugar con un buen entorno).


Algunos compañeros de mi primer centro de trabajo eran sibaritas incipientes y me guiaron a diversos lugares, algunos interesantes; otros, lamentablemente equivocados. Comí en Moche diversos platillos de buen gusto, pero no espectaculares. Si lo hubieran sido, hubieran quedado en mi memoria. Quizá la excesiva condimentación o la mala (y usual combinación en las guarniciones) hicieron que esos platos estén ahora en el mundo del anecdotario. Uno lo recuerdo por la grotesca presentación de arroz, yuca y condimentos de mala calidad que me dejaron una acidez proverbial (eso que tengo estómago notable). Debo a Alejandro Santa María y Michael Exley algunas acertadas visitas en este periplo: Alejandro tuvo a bien llevar a Doña América a un cumpleaños suyo: sus anticuchos eran notables (recuerdo haber comido entre 18 ó 20) y quedan en mi memoria. También me llevó a comer este plato frecuentemente nombrado que es el shámbar. En realidad, mi expectativa no fue satisfecha como pensaba. Y aún no lo es.


El shámbar es un plato de orígenes no tan bien documentados. Cajamarca propone que es un plato que se originó en sus tierras; me parece válido, ya que el fundamento de este plato son las menestras: trigo, frijoles y habas. La certeza de que el shámbar es un plato serrano se valida por los ingredientes anteriormente mencionados, más las carnes que se suelen usar para su preparación, tal el caso del jamón serrano. Las menestras son el aporte castellano que se adaptó a las alturas de nuestra realidad geográfica, pese a que hubo muchas zonas costeras en las que se plantó trigo y otras menestras de consumo diario. Pero la inclusión de estas en la culinaria costeña no fue tan relevante como sí lo fue (y es) en la sierra. Como Trujillo se ha vuelto una ciudad bastante serrana, su culinaria ha aceptado sin regañadientes este plato como parte de su variedad. Hablé con diversas personalidades de la cocina y casi todas coinciden en su origen serrano, así como su humilde génesis en cuanto un plato “residual”, ya que las opíparas cenas de los señorones trujillanos de los domingos terminaban con muchas sobras.


Nuestro ingenioso pueblo (así como surgen las mazamorras y el arroz chaufa) hizo del hambre su numen de creación permanente y “recicló” este bagaje desperdiciado. Así como la población negra creó toda una vasta producción de las vísceras de los animales beneficiados (sangrecitas, pancitas, anticuchos, chanfainitas), nuestros ancestros prehispánicos también supieron aportar lo suyo con sus increíbles chupes o magistrales sopas. Es interesante saber que esta sopa no tiene algún ingrediente de origen americano. Tanto las carnes como los vegetales empleados son de origen europeo. Quizá los únicos aderezos oriundos sean los ajíes (sobre todo el ají amarillo, llamado Mirasol, Capsicum Baccatum) El añadir cancha es posterior. El hecho de ser servido un lunes (puesto que su digestión es otra historia) es por la obvia razón que lo guardado en algunas comidas adquiere un sabor más especial (recordar el tacu tacu de un día para otro). Francisco Vallejo, quien escribe en la sección culinaria de El Comercio, ha aventurado ciertas teorías sobre su origen: él toma las precisiones hechas por el antropólogo Orlando Velásquez, quien le atribuye un origen cajamarquino y recibe esta denominación por la antigua lengua culle que se hablaba por estas zonas antes de los incas. Sea cual fuere su origen, es evidente su mestizaje, la combinación ha evolucionado hacia la especie de sopa que tenemos en nuestros días y que se ofrece todos los lunes (¿y por qué no los domingos?) en diversos lugares de Trujillo.


Desde mi larga estancia aquí he sido llevado, invitado, sometido, conminado (varias veces, en realidad) a comer este potaje. Desde lugares tradicionales hasta humildes puestos con esteras, he buscado el punto de la perfección de esta sopa y quiero convencerme de que es una delicia, busco las combinaciones de carnes, los mejores aderezos e, incluso, las mejores canchas que acompañen al mismo. Pero no llega a calar mi olfato; aprecio mucho las sopas, caldos y chupes; la sopa verde es una maravilla, la sopa a la minuta me puede hacer postergar muchas cosas y los chupes son platos de otra órbita. Pero el shámbar, con el perdón de muchos amigos, no despierta una pasión en mí. Una vez, de manera informal y aleatoria, pregunté a personas de diversas edades sobre los platos por los cuales tienen un entrañable recuerdo. Quizá uno o dos hayan nombrado al shámbar, los más tenían evocaciones por otros manjares. Es un plato que puede estar entre las patascas, entre los locros; y sí sería necesario trabajar en él para hallar los reales ingredientes que lo hagan notable. Las estandarizaciones de las comidas, el mezquino abaratamiento de los insumos y el mal gusto quizá hayan estropeado este antiguo plato. Recuerdo que una vez comí olluquito con charqui (de llama) y el sabor era otro, nuevo, raro. ¿Es tal vez que en el camino se perdió algo? Pero, por ahora, debo decir que cuando Eva, la señora que nos engríe en casa, se dispone a preparar uno, preparo mis sentidos para hallar el misterio del mismo. Algunas veces lo ha logrado. Espero el milagro.


Peregrinaje con un caddie

Peregrinaje con un caddie

Giselle Klatic


Este es el relato de una aprendiz de golf, que después de meterse en el hoyo, decidió tomar clases de fotografía digital, solo para eventos deportivos, y dejar el golf para aquellos que les sobra la paciencia y el buen humor.


Cuando me dieron la tarea de conocer a fondo el mundo del golf, decidí hacerlo con el esmero y la inocencia de un principiante, y sin ningún reparo –aunque me tacharan de ignorante– me dediqué a preguntar desde qué era un swing hasta cuáles eran las reglas más sofisticadas de la etiqueta. En ese afán por aprender de golpes –cuantos menos mejor para el golf– palos, bolas y hoyos; conversé con jugadores, entrenadores, capitanes, dirigentes y, por supuesto, con el mejor amigo del golfista: el caddie.


¿Acaso podríamos imaginar a un boxeador sin aquella persona que lo asiste en cada golpe, le seca el sudor y la sangre y lo aconseja para el siguiente round? Pues en el golf sería inconcebible ver a un jugador sin ese alguien que lo acompaña a lo largo de las cuatro horas que dura un recorrido normal de 18 hoyos, convirtiéndose en el consejero ideal, terapeuta emocional, experto en cargar con los pesares ajenos y dar la voz de aliento en el momento más oportuno. Sin duda, el caddie es el único hombre que puede ser digno de adjudicarse, para su honra, aquel dicho que enaltece a las mujeres (detrás de un gran hombre hay una gran mujer) y que en este caso profesaría: detrás de un gran jugador de golf hay un gran caddie.


Según la historia de este elegante juego de monarcas europeos, María I Estuardo, nieta del rey Jacobo IV de Escocia, llevó el golf a Francia, en donde fue educada. Sus ayudantes en el campo eran conocidos como cadets (alumnos) y este término se adoptó luego en Escocia e Inglaterra y se convirtió en caddy o caddie. De hecho, hoy en día, algunos caddies, más que alumnos pueden ser considerados maestros, ya que para muchos principiantes –como me comentó Carlos Zapater, capitán del equipo masculino de Los Inkas para La Copa de Oro la función del caddie es fundamental y puede determinar su éxito en el campo de juego. Además, muchos caddies se vuelven profesionales del golf y se les ve como instructores en escuelas de golf y en competencias internacionales.

Fidel Esteban Barrientos Briceño –así fue como se presentó es el nombre del caddie que accedió, gentilmente y con los modos de un caballero, a acompañarme en mi largo peregrinaje por el campo de golf del Club Los Inkas, y absolver todas mis curiosidades como: ¿Cuál es la utilidad de las lagunas? o ¿Por qué hay esos huecos de arena que malogran el paisaje? Al principio fue muy formal y ceremonioso, pero luego, conforme fuimos tomando confianza, pasó a ser un amigo incondicional, dispuesto a seguirme sin descanso, y hasta a servirme de modelo en mis afanes por capturar las peculiaridades de un deporte que para mí debo confesarlo significaba hasta ese momento un juego fácil y carente de esfuerzo físico. Luego, Esteban me explicaría que las lagunas sirven para el riego de la cancha y que aquellos huecos de arena se llaman bunkers, obstáculos hechos adrede, para hacer que el juego se vuelva más difícil y emocionante.



Descubriendo el green


Mi paseo de aprendiz se inicia con una sesión corta de preguntas íntimas, que Esteban responde con un poco de timidez (su padre había sido mayordomo y luego jardinero del Club La Planicie y así fue como él ingresó a los campos de golf, hace ya treinta años). Me cuenta que ha estudiado mecánica, que a sus 39 años es soltero y que no tiene hijos sino sobrinos. Cuando entramos al terreno de las preguntas del juego se siente más a gusto y se sorprende tanto de mi interés que hasta se ofrece a enseñarme a jugar sin cobrarme un sol. Así que le tomo la palabra y en una rápida e improvisada clase para hacer un lanzamiento, descubro que tomar un palo de golf y hacer un buen tiro requiere de un movimiento suave, preciso y bastante antinatural (Esteban se empeña en llevar mi espalda adónde nunca ha estado antes). Usted va a llegar lejos señorita me dice.


Efectivamente, después de mis coqueteos con el driver llego hasta una porción del campo en forma redonda, en donde el pasto es suave, pequeño y extremadamente verde, tanto que parece de mentira. Ese es el hoyo 9, me dice, y yo le pregunto, con respeto, si es que puedo pisar esa alfombra inmaculada que parece tener un dueño una banderita flamante me dice que ese espacio ya está conquistado. Cuando entro me siento transgresora, una intrusa que está metiendo las narices en el espacio más sagrado y memorable para un jugador de golf: el green. Pero tengo que sacudir rápidamente esa sensación, hay que hacer la foto –que a mí, grandiosamente se me había ocurrido de la pelotita entrando en el hoyo. Y cuando estoy a punto de preparar la escena ficticia, veo a "mi" caddie llamándome la atención alarmado porque un par de jugadores está apuntando hacia mí. Yo lo sabía –me digo a mi misma sabía que no podía profanarlo. Así que tengo que hacer un backspin (1) antes de que sea fulminada por uno de aquellos misiles disfrazados de inofensivas y delicadas bolas de golf. No importa, me dice Esteban, vámonos a otro hoyo. Pero ya se están acercando Isabel Tabja y Alejandro De La Fuente, dos eminencias en el juego de la pelotita elegante, y se me ocurre tomarles una foto en pleno swing.


Ellas están jugando un scramble. El caddie que los acompaña me explica que es una modalidad en la que cada jugador hace un tiro, y en el siguiente, usan la bola que está en mejor posición. Primero juega él pero no logro capturar el instante preciso, anterior o posterior al lanzamiento. Le toca a ella y posa gentilmente para mí, se queda quieta antes de hacer el tiro, pero tampoco logro sacar la foto soñada (soy fotógrafa y debo confesar que es una de las escenas más difíciles que me ha tocado tomar, sobre todo con una cámara digital automática, que cuando se aprieta el disparador, realiza sus cálculos de distancia y enfoque y mientras tanto yo pierdo la jugada maestra. Creo que sigo perteneciendo a la raza de fotógrafos que prefieren las tradicionales cámaras mecánicas).


Isabel me invita a que suba a su carrito y yo voy con la esperanza de llegar al green y tomar la foto de la pelotita entrando en el hoyo, ya no desperdicio más disparos en tratar de tomar la de los swings, se me puede acabar la batería. Mientras tanto, Esteban viene caminando, cargando la bolsa de los palos como si él fuera realmente mi caddie. Yo me siento alagada y por un momento me creo el cuento de que soy una verdadera golfista, y me imagino en Palm Springs, la capital mundial del golf (dicen que tiene 30 canchas de golf mientras que aquí en todo el Perú sólo hay 13), jugando en un campeonato mundial de scratch (2), empuñando el driver más potente y haciendo el swing chuequísimo para mi gusto más amplio y suave, como el mismísimo Tiger Woods. Y en ese lanzamiento hago un albatros (3), no, mejor un espectacular hoyo en uno y gano el partido.


Llego antes que los jugadores y espero a que hagan sus tiros. Me despido e Isabel se ofrece gustosa a ayudarme en todo lo que necesite saber acerca del juego. Es increíble, me admira la amabilidad de todas las personas con las que me he topado en mi recorrido por el mundo del golf. Los amantes de este deporte parecen estar hechos de otro material. No me extraña, si diariamente uno pudiera respirar aquel aire puro del campo y de admirar el hermoso paisaje que rodea a cualquier jugador, los seres humanos nos volveríamos más pacíficos y menos gruñones.


Me quedo feliz, dispuesta a hacer la foto, que ya se había convertido en un capricho más que en una necesidad. Pero ¡zaz! Hay un grupo de jugadores que vienen hacia nosotros. ¡No puede ser! Empecé a creer que los greens eran tan dignos y perfectos que no permitían salir retratados sin un juego de por medio y por una fotógrafa supersticiosa.



Camino de regreso


"Mi" caddie y yo volvemos caminando, a paso lento, yo admiro el paisaje y tomo algunas fotos a ciegas, ya que el sol de las cinco y media de la tarde no me deja ver la imagen de la pantalla de mi cámara (mi inexperiencia con las digitales hace que olvide que además de las pantallitas, algunas de estas cámaras también tienen visores). Me fascino con el reflejo de la vegetación sobre la laguna, con el manto verde que se extiende y parece infinito, con el canto de los pájaros que se escucha en aquel silencio embriagador. Creo que el golf es el único deporte que te permite estar en paz, reflexionar y disfrutar contemplando la naturaleza. La voz de Esteban me hace volver de ese ensueño para indagar acerca de mi trabajo, ahora él se convierte en el periodista y me pregunta acerca de mi vida privada. Yo le contesto que soy divorciada y que tengo una hija. De pronto, cambia súbitamente el señorita por el señora –que por cierto no me queda nada bien y me invita a su iglesia para que participe de una misa evangélica. En ese momento llegamos al hoyo 6 y por fin puedo hacer la toma que me ayudará a graficar esta nota.
Son las seis de la tarde y estoy cansada. El golf me ha enseñado que, además de ser una excelente terapia porque te hace olvidar los problemas –palabras del propio Esteban , es un buen ejercicio.


Me despido de mi caddie, el mejor que pude tener, el más atento, paciente, colaborador y creyente. El creyó en mí y yo le dedico este relato, con mi mejor swing.



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1. Efecto de retroceso que se imprime en la bola. Una vez que la bola cae sobre el terreno, regresa en sentido opuesto a la trayectoria del golpe.

2. Categoría en donde se ubican los jugadores con menor handicap.
3. Embocar la bola con tres golpes menos del par del hoyo.


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