sábado, 4 de abril de 2009

Cómic, un mundo sin tapujos

¿Qué sería del mundo sin el dibujo gráfico, la historieta y la caricatura? Muy aburrido seguramente.

Díatreinta
Raquel Avalos


Mi generación y las que le siguen no han podido gozar en su plenitud del placer de un buen cómic. Abrumados por el TeleCable, el Nintendo, Mario Bross e Internet; desconocíamos totalmente lo que contenían aquellas revistas que veíamos colgadas en los quioscos y que, a diferencia de nosotros, nuestros padres seguro añoraban.

Distintas décadas han sido marcadas por historietas como Popeye, Mafalda, Los Pitufos, Condorito, Tin Tin, Lucky Luke, Asterix y Obelix, la Pequeña Lulú, las historias de Fontanarrosa, hasta la hilarante Maitena.

El cómic, historieta, tebeo – o como en cada país lo quieran llamar- es y seguirá siendo el punto de partida del entretenimiento visual. Los dibujos animados (verbigracia los cartoons antes mencionados), las películas, e incluso los video juegos, no pueden concebirse como tales sin haber pasado antes por un papel. La creatividad y la destreza de la mano no se la podemos dejar a un software.

Este arte secuencial es digno de selectas manos, de historietistas en su mayoría autodidactas, que poco a poco fueron mejorando su técnica y que conocen la mejor manera de expresar lo que sienten y piensan: dibujando y divirtiéndose. En nuestra ciudad, el cómic ha despertado repentinamente, demostrándonos que no es una habilidad ajena y foránea, sino también nuestra y muy fresca.

En el marco del “I Festival de Cómic en Trujillo”, organizado por la Alianza Francesa, descubrimos a cinco destacados historietistas trujillanos: Óscar Alarcón, Alexandra Torres, Walter Toscano, Daniel Oblitas y Víctor Chu, quienes trabajan silenciosamente en un medio donde el cómic es casi una vocación clandestina.

“Lo básico para crear una historieta es el argumento, el contexto, el ambiente, y hacer que tu personaje se sienta cómodo con todos los elementos que le das para que este se muestre natural”, comenta Daniel Oblitas Pinillos (36). ¿Qué sería de Tin Tin sin sus aventuras alrededor del mundo? ¿O de Gargamel sin su gato Azrael? Definitivamente cada detalle es importante. Artista, escritor y seguidor del noveno arte, Daniel empezó a dibujar desde los 13 años y ahora comparte su pasión por el cómic dictando talleres y releyendo de vez en cuando su consentida colección de Asterix y Obelix.

La temática de las historietas suele ser variada. Pese a que se ve encasillada casi siempre como “humorística”, se pueden trabajar dramas, situaciones románticas o de acción, y pueden ser elaboradas con texto o sin él. “Me gustan los historias japonesas porque a diferencia de los americanas, no suelen tener un final feliz”, explica Víctor Chu Carranza (30), fanático del manga japonés. Víctor estudia y trabaja, y pese a su ajustado horario, no abandona su hobbie favorito. Por las noches y con música de fondo, empieza a crear escenarios, sombras y expresiones, con influencia tanto del cómic americano como del manga.

En cuanto a los personajes, se requiere de la elaboración de un perfil para cada uno. A través del físico, las líneas, el movimiento y la manera de expresarse en la historia, es que uno puede diferenciar –por su marca y calidad en el trazo- a un autor de otro. Por otro lado, todo historietista siempre busca y crea al personaje que lleva dentro. “Yo siempre les digo a mis alumnos: cuando ustedes crean a un personaje, prácticamente se meten en ese personaje para decir lo que normalmente no pueden decir”, añade Daniel, con la seguridad de que el cómic tiene un efecto catártico.

Las historietas tienen una libertad de expresión absoluta. Uno puede decirle a alguien idiota sin que esta última persona se sienta ofendida; al contrario, lo tomará como broma o lo perdonará tan solo porque se trata de un mero dibujo. Es una manera “caleta” y divertida de liberar los más profundos odios y alegrías sin llegar a ser tan personal, ya que el autor usualmente habla por muchos otros (de ahí a que el público se sienta identificado).

Víctor Chu trata de dar siempre un mensaje en cada uno de sus cómics. Ya sean de acción o drama, él siente que más allá de la perfección del dibujo, es necesario hacer que el lector reflexione. Por su parte, Daniel Oblitas encuentra su inspiración en problemas sociales que le agradan o incomodan, y los critica o caricaturiza en sus historietas.

El cómic no había muerto, ni andaba de fiesta, se ha ido renovando en las habitaciones de los historietistas trujillanos para darse a notar más que nunca –ahora, a propósito del “I Festival de Cómic”- y esperemos que siga así.


Los últimos vaqueros de Lima


En un fortín del centro de Lima, entre miles de revistas y libros amarillentos, los nostálgicos del western pueden rememorar por unos cuantos centavos las míticas peleas entre indios y vaqueros. El lejano Oeste está vivo, al menos en la imaginación de esos utópicos trasnochados.


Díatreinta
Antolín Prieto

Un vaquero, idéntico a Charles Bronson, mira de soslayo mientras otros dos, montados a caballo, disparan. Una mujer, látigo en mano, arremete contra un forajido que osó meterse a su alcoba. Un cuatrero empuña su revólver y apunta sin hesitar, más de uno juraría que se trata de Lee Van Cliff. Estas imágenes no tendrían nada de raro si fueran parte de algún western trasnochado, sin embargo las encontramos en pleno centro de Lima.

Escondida entre el Parque Universitario y la populosa Avenida Abancay se encuentra la primera cuadra del Jirón Cotabambas, es una calle desierta. Un lustrabotas en la esquina y tres arbustos a media acera son los únicos que reciben a los transeúntes; dos pares de locales abren discretamente sus puertas. Tras ellas, los vaqueros esperan por los parroquianos junto a seres espaciales, mujeres enamoradas y gángsters. Es el mundo de los bolsilibros baratos, de portadas efectistas y títulos excéntricos: Espíritus pendencieros, La dama del látigo, El último maldito.

Su nombre era la ley

Los títulos corresponden a distintas series. En el caso de las “coboyadas”, las del oeste, a la Colección Estefanía, apellido del autor Marcial Lafuente Estefanía. Escritor prolífico; espetaba una obra cada semana, convirtiéndose en una de las estrellas de Editorial Bruguera. En los 60, en pleno auge de los bolsilibros, el tiraje llegó a las 100,000 unidades por historia. Sólo le hacía competencia desde la novela rosa, otra desbocada de las letras: Corín Tellado.

Fallecido en 1984, dos hijos y un nieto han seguido con la incansable producción, llegando a contar, a la fecha, con más de 3,000 historias en su haber. Todas con hombres de unos seis pies de alto, con mujeres de vida alegre, y disparos a quemarropa; todas con lugares comunes que antes que clichés se convierten en sello de autoría.

Por un puñado de soles

Al traspasar las puertas de los locales se respira un olor a papel usado, al contrario que en los pasajes de Quilca, donde parece que los hongos son los únicos lectores de los libros, aquí los textos sudan del desgaste de sus hojas y tienen los lomos cuarteados de tanto trajín. Cada ejemplar no llega a las 100 páginas, pero fácilmente superan ese número de lecturas.

“Los nuevos están 3.50”, anuncia Adelina Agüero, quien junto a su hijo regenta uno de los locales, uno de vitrinas ordenadas. “Si lo terminas de leer, y lo traes igualito, te lo cambio por otro; si está maltratado te lo cambio por uno de estos”, y señala una ruma con libros de esquinas romas y papel amarillento. El recambio costará cincuenta céntimos. Su clientela son, en su mayoría, hombres sobre los 50 años, muchos de ellos jubilados, que llevan sus ejemplares por docenas, siempre buscando la novedad –que traen de España- o algún número que no vayan a repetir. “Vienen con sus listas alfabéticas. Ven Centinelas, buscan en la C, si ya lo han leído no se lo llevan; se pasan toda la tarde buscando”, agrega Carlos, el hijo de Adelina.

En otro puesto, atiborrado de toda clase de revistas -bolsilibros, cómics y pornos-, suena despacio La Inolvidable; ocho sillas de plástico están dispuestas mirando hacia una pared, pero ahí no hay un televisor, solo más libros del oeste. Por treinta céntimos, el lector puede hacer uso del espacio –para leer o dormir-, seleccionando su revista del día. “Hasta que acabes o cerremos”, sentencia el muchacho que atiende. Los hombres de la sala tienen la vista enterrada en su texto, la camisa gastada, alguno el bigote raleado. Se entiende que su juventud ha pasado hace varios lustros. “Vienen a recordar los westerns que se veían antes”, comentó Adelina en su tienda.

El crepúsculo de los vaqueros

En los 70, los bolsilibros entablaron duelo con otros divertimentos más modernos. Perdieron espacio frente a la televisión y la radio, pero supieron mantener adeptos entre los que se fascinaron con las historias del far west desde pequeños. Hoy incluso vienen desde provincias a llevarse las novelas por cajas.

En la primera cuadra de Cotabambas no se dispara una sola bala, solo la imaginación de los amantes del western, quienes se han parapetado, cual si fuera El Álamo, ese mítico fortín final contra los indios, en estas bibliotecas del oeste, en su último reducto.


Chica Facebook

¿Nació Facebook para hacerle más llevadera la vida a los solitarios? Tal vez. En esta red social los amantes pueden besarse sin rozar labios, los amigos que no se ven pueden dejarse mensajes sobre muros inexistentes y hasta los antisociales hacer migas con otros de su especie. Bienvenidos, al jardín de los senderos que se bifurcan.


Díatreinta
Andrea Fernández Callegari


La primera invitación que recibí de Facebook llegó desde Holanda. Era de Natalie, una amiga que se mudó con su familia a las frías tierras neerlandesas cuando éramos niñas. Me explicó que, si me unía a la página, sería mucho más fácil estar en contacto. El mundo se integraba a esta novísima red social, mientras que aquí permanecíamos fieles a una que ahora está en decadencia. Por entonces, había decidido usar sólo el Hi5 para evitar mayores consecuencias – cantidades industriales de spam y publicidad – de las que me había traído la membresía de Bebo, Zebo, Sonico; cada cual con un nombre más estrafalario.

Como era lógico, la invitación de Natalie no fue la primera ni la última. Pronto empezaron a invadir mi bandeja de entrada. Una vocecita resonaba en mi cabeza: únete, únete, únete. Y es que Hi5 iba perdiendo todo rastro de su glorioso pasado. Reconsideré la idea de unirme a la página del logo azul y blanco. Durante ese momento de vacilación, frente a la pantalla, recordé cómo este predecesor del Facebook había tenido tanta acogida en mi generación sin nombre.

En la era teen, vestíamos un mustio uniforme con corbata, escuchábamos soñolientos a Carlos Galdós mientras nos alistábamos para ir al colegio, llevábamos – muy bien camuflados – los Nokia 3320, que compramos con la ilusión de libertad que publicitaba una desaparecida empresa de celulares. Las edulcoradas voces del pop y las chillonas del punk tronaban en la radio, mientras chateábamos en un Messenger prehistórico y descubríamos las bondades del Hi5.

El tiempo y esta página se encargarían de traerme más sinsabores que alegrías. Por un lado, conocí a un puñado de buenos amigos; por otro, a un chico que me llevó de la mano a una relación destinada al fracaso. Y como si no fuera suficiente, empezaron a llover comentarios cursis de sujetos desesperados. Entre ellos, el mensaje colectivo de un arquitecto cuarentón “sólo para chicas lindas”, cómo él mismo se encargó de clasificar. Ofrecía, entre otras cosas, un departamento nuevo y un sueldo mensual para la “afortunada”. ¿No hubiera sido más fácil que lo publicara en los clasificados?

Lo del arquitecto fue la gota que derramó el vaso. En estas páginas sociales, ¿dónde comienza y dónde termina la delgada línea que divide lo privado y lo público? Simplemente no existe. Estaba convencida de esta idea, pero por otros lares, escuchaba que Facebook era “diferente”: un diseño simple y moderno, miles de aplicaciones novedosas y únicas, millones de felices usuarios. Con sólo dar un click y teclear mi nombre, ya estaba dentro de una comunidad en la que, como en los casinos, se pierde la noción del tiempo.

Online

Mark Zuckerberg nunca imaginó que la web que había creado a los 20 años, con la idea de integrar a los estudiantes de Harvard como él, traspasaría los límites virtuales que había establecido en un principio. Facebook, que debe su nombre al boletín que circula entre los alumnos de primer año, tuvo una gran acogida, quizá porque era un respiro dentro de la rígida formalidad y la intensa rutina de estudios propios de la vida en el campus de Boston. Hoy, es también el escape de 175 millones de personas.

Esta plataforma virtual se encuentra sólo a un click de distancia; para los más modernos, a un toque desde sus Iphone o Blackberry. Podemos besarnos sin rozar labios, escribir lo que pensamos sobre muros inexistentes, sembrar árboles y flores dibujadas, jugar como cuando éramos niños. En Facebook siempre habrá algo que hacer. Lo más esperado: los álbumes con cientos de fotos del fin de semana, los vídeos amateur de menos de un minuto, las nuevas parejas y las que ya no volverán. Además, las invitaciones a los eventos que, como una suerte de RSVP, pueden ser desde un multitudinario rave en Mamacona hasta el sorpresivo baby shower de una compañera del colegio.

A pesar del éxito rotundo de Facebook, últimamente ha surgido un debate acerca de cuán segura es la página. Si nuestras publicaciones podrían convertirse, por ejemplo, en un arma de doble filo. Ese fue el caso de Kimberley Swann, una adolescente británica que fue despedida de su trabajo en la compañía Marketing & Logistics por haber escrito en su perfil que “le aburría”. Kimberley nunca mencionó el nombre de la empresa ni dio mayores detalles. Otro fue el de Jon Favreau quien, a pocas horas de haber subido una foto donde aparecía tocándole el busto a una silueta de Hillary Clinton, se enteró que había sido nombrado director de discursos de la Casa Blanca. Se vio obligado a pedir disculpas públicas.

Offline

Definitivamente Facebook, así como Hi5 y otras menos célebres páginas sociales, son la mejor prueba de que nadie quiere estar solo. Basta con mirar los cientos de amigos que tenemos en nuestra página, que a su vez tienen a sus amigos, y así la cadena amical es de nunca acabar. O cuando nos dejan comentarios en las fotos y nos dicen lo lindos (o fatales) que hemos salido. Porque somos miembros al unirnos a los grupos y a las páginas. Usuarios iguales dentro de esta democracia virtual.

¿Si yo hago lo mismo? Claro que sí. Durante las vacaciones he navegado por una página que me ha dado tantas horas de distracción y relajamiento. Pero todo tiene su final. Tiempo es lo que menos sobra y, ahora, Facebook ha sido relegado a un segundo plano en mi horario.

Un momento. Creo que ha llegado un nuevo correo. Sí, han escrito en mi muro. Voy a entrar. Por última vez.


Existo, luego estudio

La educación es un vehículo de movilidad pero también el espacio donde se manifiestan de manera descarnada las diferencias. Por esa razón, a veces el contenido de una lonchera dice más que los cálculos sesudos de los economistas sobre la realidad del país.


Díatreinta

Yago Martínez


Las casitas del barrio alto, con rejas y antejardín, tienen una preciosa entrada de auto que siempre espera un Peugeot. A las siete y diez de la mañana, la gruesa puerta de caoba se levanta automáticamente y con elegante destreza retrocede la preciosa máquina gris que, al hacer ruido, enfatiza su modernidad.

Llegado el momento, el conductor lleva de la mano a su minúsculo clon por las instalaciones del prestigioso colegio Alexander Fleming. El muchacho trae sobre sus hombros una ligera mochila que enfatiza la tendencia deportiva del papá. En su gruesa mano, papi sostiene una amplia lonchera blanquiroja –de ésas que se llevan al picnic –que siguiere al escuincle un emocionante día de largas horas escolares.

Mateo tiene siete años y está en segundo grado. En el enorme umbral que separa la libertad de la opresión, un extraño ser de cabello largo y castaño, jeans holgados y lentes de lunas flotantes le da la bienvenida. Mateo alza la mirada y descubre que entre los dientes de su nueva miss, hay una extraña sustancia verde acumulada. El infante, aterrorizado, aprieta el brazo de su papi e intenta refugiarse en él.

La miss Patty intenta animar al llorón; abre inmensamente los ojos y labios para saludarlo y le asegura tener un día espectacular: papi es cómplice de la mentira y anima a la víctima ir a la cámara de tortura. La maestra de ojos desviados se ruboriza cuando papi, muy galán con esos lentes oscuros, le aprieta la mano y se despide de ella.

En su lonchera blanquiroja, bajo la sigilosa supervisión de mami, la nana María le ha puesto a Mateito una manzana comprada en Wong, una leche chocolatada marca Gloria y un sandwich triple de pollito deshilachado con mayonesa, duraznos de lata y jamón con queso. Además, dentro de su moderno termo que mantiene la temperatura del líquido por varias horas, una refrescante limonada le calmará la sed cuando el muchacho haya sido víctima del asfixiante calor.

Condenados por la campana

El recreo es el momento en el que los niños se integran verdaderamente entre sí. Los pequeñuelos empiezan a hacer grupos con otros infantes que comparten sus preferencias, inclinaciones y gustos. Es así como durante esta pequeña catarsis, diminutos cuervos se dedican a sacarse los ojos satisfactoriamente brutales y en el más perverso descaro.

Los demonios clavan afilados puñales sobre la espalda de sus compañeros. Les encanta ostentar la anchura de los bolsillos de papi y la belleza de mami. Se jactan de las veces que visitaron ese extraño pueblo llamado Miami y enfatizan el neo feudalismo que papi realiza desde su BlackBerry mientras va en su Hammer a trabajar.

Por fortuna, los alumnos del Ramón Catilla no pueden alienarse con una afeminada situación. Estos jóvenes están preocupados por otros asuntos, otras responsabilidades.

Los recesos de la escuela militar han sido reducidos a silenciosas caminatas durante unos minutos. En estos periodos, si son astutos, pueden hacer una que otra relación con personas de su mismo sexo; después de todo, son muchachos.

Las loncheras, en esta escuela, han sido reemplazadas por contundentes platillos. A las seis y diez de la mañana, los jóvenes están listos para desayunar. Cada estudiante consume diversos platillos; puede ser avena, jugo de leche, panes o frutas. La elección, no obstante, es realizada por un superior.

En el comedor, un simple cuarto repleto de mesas y sillas grupales, se ubica a los jóvenes según su cuadra. La cuadra es el color distintivo que se da a cada grupo de jóvenes, según el grado escolar en el que se encuentren. Sin embargo, en una mesita exclusiva y aislada, los brigadieres desayunan silenciosamente mientras que la plebe estudiantil los contempla y les reza una que otra oración.

Los jóvenes cadetes viven recluidos el 90% de su adolescencia en el colegio militar Ramón Castilla. Ahí, los muchachos aprenden a odiar a los chilenos por el simple hecho de serlo y los maestros, intoxicados de oxidados valores, sufren delirios orgásmicos al fantasear con la descarrilada idea de formar idiotas que se enreden con su bandera o asesinen a sus hermanos.

En las aulas, minúsculas bombas de tiempo esperan que sea la hora para reventar y repetir atrocidades similares a la Putis –123 campesinos violados y asesinados por los militares –o en Santillana –50 civiles asesinados por tropas de la marina – ¡mataremos huanacos porque sí!

Los cadetes disfrazarán la problemática social con ensordecedores fusiles. Los otros, los rubiecitos del barrio alto, ignorarán al indio, al que jode, al postergado, con la bulla de sus aparatejos alienantes. Durante las tardes, mientras realicen algún Science Project, recordarán lo apestosos e insoportables que pueden ser. Sin embargo, no considerarán que, tal vez, la señora que día a día los vigila sea tan apestosa e insoportable como todos los demás.

La verdadera comezón

En Trujillo, el submundo se encuentra sobre la ciudad. En un enorme y árido cerro está el distrito de El Porvenir. Dentro de éste, se esconden a la vista de foráneos los diversos grupos de viviendas más pobres de la ciudad. Entre ellos, están los distritos de Víctor Raúl y Alto Trujillo e incluso, el asentamiento humano Túpac Amaru, uno de los tantos que abruma la vista de dicha montaña.

Gladys Matta vive en Víctor Raúl. Ella tiene dos hijos, Zoila Vega de diez años y Bryan Esteban de uno. Actualmente, ninguno de los dos niños va a la escuela ya que Zoila no tiene los cuadernos para comenzar en su nuevo centro educativo, donde supuestamente recibirá atención personalizada debido a su hiperactividad. El segundo, según su madre, lloraba demasiado porque se sentía solo.

Matta cuenta que durante el periodo de escuela, le enviaba a Zoila pan con huevos fritos, frutas y agüita de algo, todo esto empaquetado en una bolsa transparente. En el caso de Bryan, por ser pequeño, con la leche era suficiente.

Su vecina, la señora Rosa Mattos, dice que a su hija Kimberly, de doce, le da un sol diario para que se pueda alimentar. En el kiosco de su escuela el Leoncio Prado, una señora regordeta vende ceviche, arroz, papas, tallarines y refrescos por sólo un sol.

Últimamente, Pilar Rojas, que vive en el asentamiento humano Túpac Amaru, está ajustada con las cuentas que debe pagar. Afirma que matricular a su hijo le ha costado cerca de setenta soles, ya que la matrícula ha costado cincuenta soles, la bacante de matrícula, siete soles cincuenta, la libreta cinco y otros cinco más que el director no especifica la razón del gasto.

Doña Pilar, de cuarenta años, tendrá que pagar callada las cuentas que suman cada vez más y más. Nunca podrá reclamar ni exigir cuentas, pues vive en una incómoda posición. No conoce sus derechos y sus hijos tampoco, pues es mejor y más fácil vivir así. Los hijos de la doña y de todas las otras del tercer mundo estarán condenados a integrarse al tirano mundo clasista en el que actualmente vivimos. Después de todo, si no existiera un Porvenir ¿Dónde lavaríamos nuestras consciencias los buenos chicos de las escuelas y universidades de tiernos valores católicos?


Patrón de espera



Estoy tan a disgusto con la realidad que los aviones me parecen cómodos. Me entrego con resignación a las películas que no quiero ver y la comida que no quiero probar, como si practicara un disciplinado ejercicio espiritual.

Un samurái con audífonos y cuchillo de plástico. Suspendido, con el teléfono celular apagado, disfruto el nirvana de no tener nada qué decidir. La aviación es eso para mí: una manera de posponer los números que pueden alcanzarme.

La última llamada que recibí en tierra fue de Clara. Yo estaba en el aeropuerto de Barcelona y ella me dijo con angustia: “¿Crees que va a volver?” Se refería a Única, nuestra gata. “¿Ha temblado?”, pregunté. Los gatos intuyen los temblores. Algo, una vibración del aire, les permite saber que la tierra se va a abrir. El momento de huir a la intemperie.

Los gatos son sismólogos anticipados. Las gatas se quedan en casa, en especial las de angora. Eso nos habían dicho. Sin embargo, Única ha huido dos veces, sin terremoto de por medio.

“Tal vez registra temblores emocionales”, bromeó Clara en el teléfono. Luego comentó que los Rendón la habían invitado a Valle de Bravo. Si mi vuelo no llegaba a tiempo, ella iría por su cuenta. Anhelaba un fin de semana de sol y veleros.

“¿Algún día tomarás un vuelo directo?”, preguntó antes de despedirse.

Llevo una vida en zigzag. Por alguna razón, mis itinerarios desembocan en ciudades que obligan a hacer conexiones: Amberes, Oslo, Barcelona. Trabajo para la compañía que produce la mejor agua insípida del mundo. Esta frase no es despreciativa: nuestra agua no se bebe por el sabor sino porque pesa menos en la boca. Un lujo ingrávido.

El planeta siempre tiene sed. Todos necesitan beber algo. Pero algunos disfrutan más.

Viajo a cualquier sitio que reclame el deleite adicional del agua ligera. Esto significa que mi condición habitual es el jet-lag. Me he acostumbrado al desfase en la percepción, las cosas que veo cuando debería estar dormido. Leo mucho en las largas horas de desplazamiento, o pienso de cara a la ventanilla ovalada del avión. Con frecuencia doy con ideas que me parecen místicas y al llegar a tierra se evaporan como una loción.

Salimos con retraso de Barcelona. Ahora sobrevolamos Londres, fuera de itinerario. “Estamos en patrón de espera”, informa el piloto. No hay sitio para nosotros.

El avión se ladea en una curva parsimoniosa. Daremos vueltas en círculo, como moscas de fruta, en lo que se desocupa una pista. Una espléndida luz de otoño saca brillo a los prados allá abajo, el Támesis resplandece como la hoja de una espada, la ciudad se desperdiga hacia confines imprevistos.

En Londres hay una hora menos que en Barcelona. Esos minutos que aún no suceden son una ventaja para la conexión, pero no quiero pensar en ellos. Tendré que tomar el autobús de la terminal 2 a las 4 como si me sumiera en el frenesí de un parque temático. Pienso en O. J. Simpson antes de la acusación de asesinato, cuando sobresalía en su papel de desesperado de éxito que devoraba yardas en el fútbol americano y en los anuncios donde estaba a punto de perder un avión. Eso me gusta de los aeropuertos. Sólo constan de tensión interna. El exterior se borra. Hay que correr en pos de una puerta de salida. Es todo. El destino se llama “puerta 6”. O. J. estaba hecho para eso, para correr lejos de las llamadas interrumpidas, el desamor, la mirada ausente, la ropa ensangrentada.

La voz del capitán ha sido relevada por música para el aterrizaje. Tecno-flamenco. Damos vueltas a miles de metros de altura mientras vemos el reloj. ¿Cuántos vuelos se van a perder en este vuelo? Si la música fuera distinta, nos preocuparíamos menos. En alguna oficina remota se decidió que se aterrizaba bien al compás de esos gitanos siderales. Es posible que así sea: un sonido de modernidad y naranjas. Música para llegar, no para esperar por tiempo indefinido, mientras las puertas se cierran allá abajo.

He perdido suficientes conexiones para que Clara sospeche que forman parte de un plan: “Tanta mala suerte no es normal.” Frankfurt cerrado por nieve, Barajas por huelga. He tenido que dormir en hoteles donde sientes que desperdicias una oportunidad de suicidarte. Del atractivo orden provisional del aeropuerto pasas a la sordidez de lo que no debe durar. Una cama alquilada en un sitio donde nadie espera volver a verte.

Clara sólo tiene razón en parte: mi mala suerte es normal, pero no es tan mala. Una vez perdí el avión en Heathrow, bajo un cielo rosáceo. El hotel accidental resultó agradable. Los jumbos recorrían las pistas a la distancia, como ballenas de sombra, y en el lobby me encontré a Nancy. También ella había perdido su vuelo. Trabajamos en ciudades lejanas para la misma compañía.

Cenamos en un pub donde transmitían un partido del Chelsea. A ninguno de los dos nos gusta el futbol, pero vivíamos horas prestadas. Nancy tiene un extraordinario pelo rubio que parece lavar con el agua que promovemos. Siempre me ha gustado, pero sólo entonces, en ese tiempo fuera del tiempo, me pareció lógico tomar su mano y juguetear con su anillo de casada.

Ella dejó mi cuarto al amanecer. Vi su silueta en el frío de la calle. A lo lejos, un triángulo de focos morados indicaba la confluencia de dos avenidas que iban a dar al aeropuerto. Las torres de control parecían faros a la deriva, los radares giraban en busca de señales. Respiré en mi mano el perfume de Nancy y entendí, como pocas veces, la belleza artificial del mundo.

Nos volvimos a ver en juntas y convenciones, sin aludir al encuentro de los aviones perdidos. Cuando Clara sugirió que yo me retrasaba adrede, recordé ese episodio solitario y hablé en un tono que me incriminó, como O. J. ante el jurado, cuando se puso el guante negro del asesino de su esposa, y le quedó de maravilla. Quise correr pero no estaba en un aeropuerto.

“¿Hay alguien más?”, me preguntó Clara. Dije que no, y era cierto, pero ella me vio como si yo fuera un televisor que sólo transmitía ceniza.

Ahora vuelvo a sobrevolar Heathrow. ¿Qué posibilidades hay de que también Nancy pierda un vuelo? En caso de encontrarnos, ¿podríamos ser ajenos a esa geometría?

Nancy no insinuó que un reencuentro fuera posible. Sin embargo, yo no podía ser indiferente al tono incierto en que dijo: “Sabes a dónde despegas pero no a qué cielo llegas”. Luego se recostó sobre mi pecho.

Hojeé la revista del avión. Paisajes codiciables, el rostro de un célebre arquitecto y, lo menos esperado, un cuento de Elías Ferrer. Aunque cada vez publica más, encontrarlo siempre es una sorpresa desagradable. Elías estuvo a punto de casarse con Clara. Tiene un estilo llamativo para los que no están casados con ella. No puedo leer un párrafo suyo sin sentir que le envía mensajes.

El tecno-flamenco aturdía mis oídos, quedaba poco tiempo para la conexión y yo empezaba a buscar excusas para explicarle a Clara que no había perdido ese avión adrede. Necesitaba otro problema. Leí el cuento. Elías es una sanguijuela que chupa realidad. En parte por eso estoy a disgusto con la realidad.

La primera vez que Única se fue de la casa pegamos carteles en los postes de la calle, dejamos nuestro teléfono en el veterinario de la zona, fuimos a un programa de radio especializado en fuga de mascotas.

Las gatas no se van pero la nuestra se había ido. Una tarde, Clara volvió a preguntarme si de veras no me importaba que no pudiera embarazarse. Había bebido un té de la India y sus palabras olieron a clavo. Le dije que no y pensé en el absurdo nombre de la gata, que Clara escogió como un valiente golpe de humor y con los años se transformó en una dolorosa ironía. Bajé la vista. Cuando la alcé, Clara miraba algo en el jardín. Oscurecía. Tras un arbusto había un brillo opaco, neblinoso. Clara me apretó la mano. Segundos después, distinguimos el pelo de Única, ensuciado por su ausencia.

Esa noche, Clara me acarició como si sus manos estuvieran hechas de una lluvia que no moja. Al menos, así describió la escena Elías, que la incluyó tal cual en su cuento. El título era odioso: “El tercero incluido”. ¿Se refería a sí mismo? ¿Seguía viendo a Clara? ¿Ella le contaba esas minucias? El infame cuentista describía bien un gesto nervioso, la forma en que ella se toma el pelo para formar un tirabuzón (sólo lo suelta cuando decide algo que no puede comunicar).

Sentí hielo en la espalda al seguir leyendo: Elías anticipaba la segunda desaparición de la gata. Después de reconciliarse con su pareja –un ínfimo vendedor de talco–, la heroína advertía que el bienestar no era otra cosa que sufrimiento detenido. El regreso de la gata había completado un dibujo: todo estaba en orden; sin embargo, la vida verdadera reclamaba un cambio, una fisura. La mujer se llevaba la mano al pelo, formaba un tirabuzón y lo soltaba. Sin avisarle a nadie, tomaba la gata y la llevaba al campo.

¿En verdad había pasado eso? ¿Clara se deshizo de la gata para atribuirlo a mis ausencias, o para preparar su propia ausencia? Elías estaba lleno de fantasías revanchistas (¡por algo era escritor!), pero la materia del cuento no provenía de la imaginación. Había demasiados datos reales. ¿Exageraba el desenlace para justificar la metáfora de la mujer que se libera a sí misma al liberar a la gata? Cuando Clara llamó a mi celular en Barcelona habló de la gata como quien repite una clave. Sólo ahora, suspendido en el aire de Londres, me daba cuenta.

Patrón de espera: si no llego a tiempo, ella pasará el fin de semana con los Rendón, la pareja que en una fecha ya difusa le presentó a Elías Ferrer.

Un rechinido metálico: el tren de aterrizaje. Aún puedo alcanzar mi vuelo. Terminal 4, puerta 6.

¿Empieza Clara a anticipar mis aviones perdidos como los gatos anticipan los temblores? ¿Qué extraña cuando extraña a Única? ¿Qué horas son en mi país? ¿Se acaricia ella el pelo y forma un tirabuzón? ¿Lo soltará antes de que yo llegue a la puerta de salida? ¿Habrá un atardecer rosáceo en Heathrow? ¿Alguien más pierde un vuelo? ¿Nuestro avión desplaza a otro que aún podía llegar a tiempo?

Las turbinas rugen en forma atronadora. Tocamos pista. Siento el cuerpo entumido, consciente de pasar a otra lógica.

Lo que sucede en tierra. La geometría del cielo.