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sábado, 4 de abril de 2009

Patrón de espera



Estoy tan a disgusto con la realidad que los aviones me parecen cómodos. Me entrego con resignación a las películas que no quiero ver y la comida que no quiero probar, como si practicara un disciplinado ejercicio espiritual.

Un samurái con audífonos y cuchillo de plástico. Suspendido, con el teléfono celular apagado, disfruto el nirvana de no tener nada qué decidir. La aviación es eso para mí: una manera de posponer los números que pueden alcanzarme.

La última llamada que recibí en tierra fue de Clara. Yo estaba en el aeropuerto de Barcelona y ella me dijo con angustia: “¿Crees que va a volver?” Se refería a Única, nuestra gata. “¿Ha temblado?”, pregunté. Los gatos intuyen los temblores. Algo, una vibración del aire, les permite saber que la tierra se va a abrir. El momento de huir a la intemperie.

Los gatos son sismólogos anticipados. Las gatas se quedan en casa, en especial las de angora. Eso nos habían dicho. Sin embargo, Única ha huido dos veces, sin terremoto de por medio.

“Tal vez registra temblores emocionales”, bromeó Clara en el teléfono. Luego comentó que los Rendón la habían invitado a Valle de Bravo. Si mi vuelo no llegaba a tiempo, ella iría por su cuenta. Anhelaba un fin de semana de sol y veleros.

“¿Algún día tomarás un vuelo directo?”, preguntó antes de despedirse.

Llevo una vida en zigzag. Por alguna razón, mis itinerarios desembocan en ciudades que obligan a hacer conexiones: Amberes, Oslo, Barcelona. Trabajo para la compañía que produce la mejor agua insípida del mundo. Esta frase no es despreciativa: nuestra agua no se bebe por el sabor sino porque pesa menos en la boca. Un lujo ingrávido.

El planeta siempre tiene sed. Todos necesitan beber algo. Pero algunos disfrutan más.

Viajo a cualquier sitio que reclame el deleite adicional del agua ligera. Esto significa que mi condición habitual es el jet-lag. Me he acostumbrado al desfase en la percepción, las cosas que veo cuando debería estar dormido. Leo mucho en las largas horas de desplazamiento, o pienso de cara a la ventanilla ovalada del avión. Con frecuencia doy con ideas que me parecen místicas y al llegar a tierra se evaporan como una loción.

Salimos con retraso de Barcelona. Ahora sobrevolamos Londres, fuera de itinerario. “Estamos en patrón de espera”, informa el piloto. No hay sitio para nosotros.

El avión se ladea en una curva parsimoniosa. Daremos vueltas en círculo, como moscas de fruta, en lo que se desocupa una pista. Una espléndida luz de otoño saca brillo a los prados allá abajo, el Támesis resplandece como la hoja de una espada, la ciudad se desperdiga hacia confines imprevistos.

En Londres hay una hora menos que en Barcelona. Esos minutos que aún no suceden son una ventaja para la conexión, pero no quiero pensar en ellos. Tendré que tomar el autobús de la terminal 2 a las 4 como si me sumiera en el frenesí de un parque temático. Pienso en O. J. Simpson antes de la acusación de asesinato, cuando sobresalía en su papel de desesperado de éxito que devoraba yardas en el fútbol americano y en los anuncios donde estaba a punto de perder un avión. Eso me gusta de los aeropuertos. Sólo constan de tensión interna. El exterior se borra. Hay que correr en pos de una puerta de salida. Es todo. El destino se llama “puerta 6”. O. J. estaba hecho para eso, para correr lejos de las llamadas interrumpidas, el desamor, la mirada ausente, la ropa ensangrentada.

La voz del capitán ha sido relevada por música para el aterrizaje. Tecno-flamenco. Damos vueltas a miles de metros de altura mientras vemos el reloj. ¿Cuántos vuelos se van a perder en este vuelo? Si la música fuera distinta, nos preocuparíamos menos. En alguna oficina remota se decidió que se aterrizaba bien al compás de esos gitanos siderales. Es posible que así sea: un sonido de modernidad y naranjas. Música para llegar, no para esperar por tiempo indefinido, mientras las puertas se cierran allá abajo.

He perdido suficientes conexiones para que Clara sospeche que forman parte de un plan: “Tanta mala suerte no es normal.” Frankfurt cerrado por nieve, Barajas por huelga. He tenido que dormir en hoteles donde sientes que desperdicias una oportunidad de suicidarte. Del atractivo orden provisional del aeropuerto pasas a la sordidez de lo que no debe durar. Una cama alquilada en un sitio donde nadie espera volver a verte.

Clara sólo tiene razón en parte: mi mala suerte es normal, pero no es tan mala. Una vez perdí el avión en Heathrow, bajo un cielo rosáceo. El hotel accidental resultó agradable. Los jumbos recorrían las pistas a la distancia, como ballenas de sombra, y en el lobby me encontré a Nancy. También ella había perdido su vuelo. Trabajamos en ciudades lejanas para la misma compañía.

Cenamos en un pub donde transmitían un partido del Chelsea. A ninguno de los dos nos gusta el futbol, pero vivíamos horas prestadas. Nancy tiene un extraordinario pelo rubio que parece lavar con el agua que promovemos. Siempre me ha gustado, pero sólo entonces, en ese tiempo fuera del tiempo, me pareció lógico tomar su mano y juguetear con su anillo de casada.

Ella dejó mi cuarto al amanecer. Vi su silueta en el frío de la calle. A lo lejos, un triángulo de focos morados indicaba la confluencia de dos avenidas que iban a dar al aeropuerto. Las torres de control parecían faros a la deriva, los radares giraban en busca de señales. Respiré en mi mano el perfume de Nancy y entendí, como pocas veces, la belleza artificial del mundo.

Nos volvimos a ver en juntas y convenciones, sin aludir al encuentro de los aviones perdidos. Cuando Clara sugirió que yo me retrasaba adrede, recordé ese episodio solitario y hablé en un tono que me incriminó, como O. J. ante el jurado, cuando se puso el guante negro del asesino de su esposa, y le quedó de maravilla. Quise correr pero no estaba en un aeropuerto.

“¿Hay alguien más?”, me preguntó Clara. Dije que no, y era cierto, pero ella me vio como si yo fuera un televisor que sólo transmitía ceniza.

Ahora vuelvo a sobrevolar Heathrow. ¿Qué posibilidades hay de que también Nancy pierda un vuelo? En caso de encontrarnos, ¿podríamos ser ajenos a esa geometría?

Nancy no insinuó que un reencuentro fuera posible. Sin embargo, yo no podía ser indiferente al tono incierto en que dijo: “Sabes a dónde despegas pero no a qué cielo llegas”. Luego se recostó sobre mi pecho.

Hojeé la revista del avión. Paisajes codiciables, el rostro de un célebre arquitecto y, lo menos esperado, un cuento de Elías Ferrer. Aunque cada vez publica más, encontrarlo siempre es una sorpresa desagradable. Elías estuvo a punto de casarse con Clara. Tiene un estilo llamativo para los que no están casados con ella. No puedo leer un párrafo suyo sin sentir que le envía mensajes.

El tecno-flamenco aturdía mis oídos, quedaba poco tiempo para la conexión y yo empezaba a buscar excusas para explicarle a Clara que no había perdido ese avión adrede. Necesitaba otro problema. Leí el cuento. Elías es una sanguijuela que chupa realidad. En parte por eso estoy a disgusto con la realidad.

La primera vez que Única se fue de la casa pegamos carteles en los postes de la calle, dejamos nuestro teléfono en el veterinario de la zona, fuimos a un programa de radio especializado en fuga de mascotas.

Las gatas no se van pero la nuestra se había ido. Una tarde, Clara volvió a preguntarme si de veras no me importaba que no pudiera embarazarse. Había bebido un té de la India y sus palabras olieron a clavo. Le dije que no y pensé en el absurdo nombre de la gata, que Clara escogió como un valiente golpe de humor y con los años se transformó en una dolorosa ironía. Bajé la vista. Cuando la alcé, Clara miraba algo en el jardín. Oscurecía. Tras un arbusto había un brillo opaco, neblinoso. Clara me apretó la mano. Segundos después, distinguimos el pelo de Única, ensuciado por su ausencia.

Esa noche, Clara me acarició como si sus manos estuvieran hechas de una lluvia que no moja. Al menos, así describió la escena Elías, que la incluyó tal cual en su cuento. El título era odioso: “El tercero incluido”. ¿Se refería a sí mismo? ¿Seguía viendo a Clara? ¿Ella le contaba esas minucias? El infame cuentista describía bien un gesto nervioso, la forma en que ella se toma el pelo para formar un tirabuzón (sólo lo suelta cuando decide algo que no puede comunicar).

Sentí hielo en la espalda al seguir leyendo: Elías anticipaba la segunda desaparición de la gata. Después de reconciliarse con su pareja –un ínfimo vendedor de talco–, la heroína advertía que el bienestar no era otra cosa que sufrimiento detenido. El regreso de la gata había completado un dibujo: todo estaba en orden; sin embargo, la vida verdadera reclamaba un cambio, una fisura. La mujer se llevaba la mano al pelo, formaba un tirabuzón y lo soltaba. Sin avisarle a nadie, tomaba la gata y la llevaba al campo.

¿En verdad había pasado eso? ¿Clara se deshizo de la gata para atribuirlo a mis ausencias, o para preparar su propia ausencia? Elías estaba lleno de fantasías revanchistas (¡por algo era escritor!), pero la materia del cuento no provenía de la imaginación. Había demasiados datos reales. ¿Exageraba el desenlace para justificar la metáfora de la mujer que se libera a sí misma al liberar a la gata? Cuando Clara llamó a mi celular en Barcelona habló de la gata como quien repite una clave. Sólo ahora, suspendido en el aire de Londres, me daba cuenta.

Patrón de espera: si no llego a tiempo, ella pasará el fin de semana con los Rendón, la pareja que en una fecha ya difusa le presentó a Elías Ferrer.

Un rechinido metálico: el tren de aterrizaje. Aún puedo alcanzar mi vuelo. Terminal 4, puerta 6.

¿Empieza Clara a anticipar mis aviones perdidos como los gatos anticipan los temblores? ¿Qué extraña cuando extraña a Única? ¿Qué horas son en mi país? ¿Se acaricia ella el pelo y forma un tirabuzón? ¿Lo soltará antes de que yo llegue a la puerta de salida? ¿Habrá un atardecer rosáceo en Heathrow? ¿Alguien más pierde un vuelo? ¿Nuestro avión desplaza a otro que aún podía llegar a tiempo?

Las turbinas rugen en forma atronadora. Tocamos pista. Siento el cuerpo entumido, consciente de pasar a otra lógica.

Lo que sucede en tierra. La geometría del cielo.

viernes, 12 de diciembre de 2008

El Códice de Apar Nii - Adaptación Radial

Bueno ahora cuelgo un trabajo que hice para Taller de Radio.

Esta vez me pongo serio y aburrido así q espero equivocarme menos hablando ahora acerca de una historia relacionada con Chan Chan.

Es una adaptación radial del cuento "El Códice de Apar Nii" del escritor y publicista trujillano Alfieri Díaz, amigo mío y mencionado docente de la UPN en este blog en entradas anteriores (jujuju).
ADVERTENCIA: La locución es de 14 minutos y puede resultar muuuuuy laaaargo para los q no estén interesados en el tema, además toda la narración es mía y como locutor soy un buen estudiante, y por si eso fuera poco, no tuve suerte con el mocrófono por enésima vez. Así que vayan leyendo mejor mientras van escuchando. GRACIAS


1. Los Chimor se hacían llamar los hijos de Shi (la Luna) que era su deidad suprema, superior al Sol pues de día la luna podía verse, en cambio el Sol desaparecía en la noche. N. del E.
2. Túpac Yupanqui no sólo fue el gran inca conquistador, también pasó a la historia como «el inca navegante». Según el cronista Sarmiento de Gamboa, Túpac Yupanqui se hizo a la mar y llegó a la Polinesia, bautizando a las islas que arribó con los nombres de Ninanchumbi y Ahuanchumbi. N. del E.
3. Se sabe que diez fueron los soberanos de la civilización Chimor. Los tres primeros fueron Tacaynamo, Guacri-Caur y Ñancen-Pinco. De los seis que siguieron se desconoce su nombre y el último fue Minchan-Çaman. Llama la atención que el códice obvie también el nombre del octavo soberano. N. del E.
4. Chan Chan, considerada la ciudad más grande de la América precolombina. Se cree que en su momento de mayor auge debió extenderse por 20 mil km² y albergar una población de 100 mil habitantes. N. del E.




Esta adaptación no pretende ser una versión bamba de mi novela favorita.
:D



Érase un tiempo en que la lucha entre la Luz y la Oscuridad dio origen al Universo. Tan enemigos como complementarios, ambas fuerzas antagónicas se fijaron en este mundo y sembraron semilla en su suelo. De las altas montañas brotaron los hijos del Sol. Del mar llegaron los hijos de la Luna.

Ambas civilizaciones crecieron y sus desarrollos corrieron paralelos. Mas como habían pactado la Luz y la Oscuridad antes de la Creación, en un momento debían
coincidir sus destinos y luchar a muerte por la posesión de la tierra.

En pocas lunas, valles que antes habían sido plenos de dicha y fertilidad se tiñeron con la sangre de más de cien mil guerreros.

Túpac Yupanqui había clavado el estandarte del Sol en la ciudad del orgulloso
Minchan-Çaman.

Tuvieron que bloquear los suministros de agua y aún así mucho les costó doblegar la voluntad de una raza sedienta y al borde de la inanición.

Al llegar al palacio real, el invasor obligó al soberano a postrarse a sus pies y fue maniatado para exhibirlo como trofeo en la corte de su padre, el Inca Pachacútec.

Las huestes del Sol se dedicaron a la destrucción de una civilización cuyo esplendor envidiaban. ¿A cuántas mujeres ultrajaron? ¿Cuántos vástagos esclavizaron? ¿Cuántos tesoros depredaron?

El templo de la Luna, el más majestuoso de todos, fue derribado y las cabezas de vírgenes y sacerdotes fueron destrozadas a pedradas, entre ellas la de Menchan-Pur, el máximo sacerdote.


Chumun-Caur, el hijo de Minchan-Çaman, en actitud servil y execrable para su linaje, condujo a Túpac Yupanqui a gran distancia entre la tierra y el mar, y le mostró dos atalayas que se levantaban, imponentes, entre las aguas, a tan grande altura que parecían encontrarse con el cielo.

Túpac Yupanqui quedó maravillado ante este prodigio. Toda su arquitectura, profusamente ornamentada con frisos y animales marinos, era de adobe, cubierta por una amalgama indisoluble al agua y a los embates de las olas.

Y él, Túpac Yupanqui, a quien le fue revelado su poder para conquistar el mundo, le exigió a Chumun-Caur que le revelase la ciencia de la que se valieron para crear una sustancia que hace a la tierra resistente al agua. Chumun-Caur le dijo que tal conocimiento solamente pertenecía a un hombre que vivía en un asentamiento de pescadores, lejos de que alguien pudiera reconocer la grandeza que tuvo alguna vez su linaje:

APAR NII, un hombre maniatado y cuya mirada desbordaba de locura.


Apar-Nii pertenecía a la casta de los Nii, que solo vivía en casas que flotaban en el mar. Al estar frente a Tupac Yupanqui, Apar-Nii se arrastró hasta Chumun-Caur y le aseguró que llegado el momento volverían a verse las caras.

Los Nii eran los señores de la guerra, la navegación, la construcción y la cosecha. La familia de Apar-Nii pertenecía a la rama de los constructores. Namoc, el planificador, fue el primero de ellos. Arribó a estos valles en la misma embarcación que Tacaynamo, su Amo y Señor, cubiertos con polvo dorado que repelía los rayos del Sol.

Fiel a su servicio, estableció las bases para el desarrollo de la gran civilización, que en poco tiempo se extendería desde el mar hasta la falda de los cerros y se convertiría en la ciudad más hermosa y esplendorosa de todo el universo.

La mítica:

CHAN CHAN


De retorno a la ciudad de los hijos del Sol, Túpac Yupanqui cargó con el orgulloso Minchan-Çaman y otros miembros de la nobleza, además de los mejores orfebres, las más bellas mujeres y también con Apar-Nii, con la confianza de que los sabios maestros de su corte podrían salvarlo de la locura…
y así arrebatarle el secreto que lo convertiría en el conquistador de los mares.


El inca Pachacútec reprobó el escarnio de Túpac Yupanqui con los vencidos y los resarció recibiéndolos como huéspedes honorables en su feudo. A
Minchan-Çaman le cedió uno de sus mejores palacios y hasta el final de sus días,
el viejo Inca frecuentó la compañía del que fuera cia-quic, el rey de los
chimor, y se deleitaba con su sabiduría.


Sintiendo cercano su fin, Pachacútec eligió a su hijo Amaru Yupanqui como su sucesor, pero a la muerte del inca, Túpac Yupanqui se levantó en armas y usurpó el lugar de su hermano, condenándolo al ostracismo y aniquilando a todo aquel dispuesto a cumplir con la voluntad de su padre.


El orgulloso Minchan-Çaman prefirió cortarse las venas antes que volver a postrarse ante el hombre que destruyó su civilización.

Apar-Nii fue entregado a los hombres de ciencia. En busca de que revelara cómo es que el barro se hace indisoluble al agua y resistente a las olas, fue sometido a los más crueles tratamientos, siempre ante la atenta vigilancia del nuevo inca que paseaba alrededor del cautivo,


Pero de la boca de Apar-Nii sólo salían plegarias que imploraban el perdón de sus
antepasados. Enloquecía a sus torturadores diciéndoles que ningún castigo era
suficiente para aquel que ha deshonrado a su linaje.


Uno de los consejeros del Inca le sugirió libar de los pensamientos de Apar-Nii y
haciéndole caso, ordenó que lo decapitaran y trajeran su cabeza; de ella bebió
chicha mezclada con su sangre que era tan salada como el agua del mar.

Pero esta sabiduría adquirida solo le vaticinó que pronto, muy pronto
llegaría el día en que su imperio, el imperio de los hijos del Sol, sufriría el
mismo final miserable que los hijos de la Luna habían sufrido por su causa.


Los restos de Apar-Nii se disolvieron en manos de sus captores y se
hicieron nubes que surcaron el cielo hasta darle el encuentro a Chumun-Caur. Las
gotas que cayeron sobre él fueron tan corrosivas que lo postraron de dolor y
desgarraron su piel. Nadie pudo aliviar su espantosa agonía. Expiró gritando el
nombre de Apar-Nii y disculpándose por pisotear el orgullo de su civilización.

Las obras monumentales de Apar-Nii se mantuvieron de pie hasta que el inca Huayna Cápac aplastó de manera sangrienta, el movimiento insurgente de
Guaman-Chumo, hijo de Chumun-Caur e incendió la gran ciudad.


Al mismo tiempo que el último rebelde moría ajusticiado, como por designio divino
un fuerte maretazo trajo las atalayas abajo.




Noviembre 2004