sábado, 4 de abril de 2009

La Calle y la Caverna


La escritura, ese misterio que acompaña el insomnio y la vigilia de un escritor, es en realidad un hábito privado en el que este descubre por sus propios medios la libertad y la vida.



Creo que ningún escritor puede decir cuándo empezó a escribir. Para Goethe, el escritor o el artista es un ser que vive en un estado de “pubertad eterna”. El asombro, la sorpresa, la curiosidad, la búsqueda –cualidades que parecen propias de los niños que descubren el mundo-, son inseparables de un estado creador.

Todo escritor es por lo tanto vulnerable. Tiene los nervios erizados en un estado de tensión permanente. Es un ser inestable, obsesivo, inasible, curioso y atemorizado. Su única obsesión es encontrar una voz propia en el ruido del mundo.

Esta es una obsesión que se corresponde con hábitos comunes en muchos escritores. Son hábitos privados que revelan la zona de penumbra en la que se mueven.

Entre los escritores que he conocido, con pocas excepciones, he encontrado siempre tres rasgos simultáneos: el placer por los viajes, el gusto por la música y la pasión del insomnio.
Toda obra literaria es un viaje. Toda narración propone, al igual que los viajes, la creación de un tiempo y un espacio nuevos. Un escritor concibe su propia vida como un viaje de un lugar, y de una identidad, a otra. Todo viaje es una mezcla de planificación y de sorpresa, como el proceso de la escritura.

Recuerdo especialmente mi primer descubrimiento de un nuevo gran espacio, el de la ciudad de Lima, cuando yo terminaba el colegio. Hasta entonces mi vida había transcurrido alrededor de mi barrio y la familia que me acompañaba en mi casa de Miraflores. Durante mi infancia, la vida era un circuito formado por un sistema de interrelaciones seguras: el colegio, la familia, las diversiones programadas. Para mí, el centro de la ciudad así como los barrios pobres de La Victoria, el Rímac y Lince resultaban planetas lejanos y misteriosos que yo me prometía algún día explorar solo. Recuerdo especialmente las primeras veces que tuve la osadía de embarcarme al centro de Lima en un colectivo. La Plaza San Martín, con sus cafés y bares, las calles y fachadas sucias del Jirón de la Unión y el Jirón Azángaro, me parecían las puertas del ingreso a una dimensión verdadera, tosca, brutal, anónima de la vida. Pasé muchas noches vagando por sus calles y comiendo en sus restaurantes, haciendo lo que por entonces me gustaba más hacer: observar a la gente. Recuerdo mucho la impresión que me produjo el encuentro con los niños y ancianos que dormían envueltos en periódicos y mantas inmundas. Mis visitas a los partidos de fútbol en el Estadio Nacional, al que también me habitué, me permitieron caminar hasta La Victoria y Lince. La Victoria es un barrio que me sigue gustando mucho por su versatilidad extraordinaria en los escenarios de pobreza y de suciedad que sobrevive, que no termina de abandonarse.

La música es una pasión que comparto con muchos amigos escritores. La literatura y la música ocurren en el tiempo. Músicos y escritores compartimos términos (“frases”, “ritmo”, “tono”), porque compartimos el culto por una sonoridad con sentido. La sonoridad, como el lenguaje, requiere del tiempo, se construye solo en el devenir. Gracias a mi madre y a mi padre, sentí muy pronto en mi vida la pasión por la música clásica y en especial por Bach y por Brahms. La música popular, en especial la música criolla y la música negra peruana, también me han acompañado siempre. Como los músicos, creo que los escritores buscamos siempre aquel modo de decir que es inseparable de lo dicho, aquella formulación que es su contenido. Una sola de esas frases puede justificar una vida. Un escritor como un músico nunca tiene otra felicidad que la de encontrar esa frase esperada en algún momento. Solo tenemos que estar cerca de ella cuando aparezca.

El insomnio es el refugio de un escritor, la consecuencia de la vigilia. Si un escritor es alguien que sueña durante el día, puede ser definido también como alguien que vigila durante la noche. La racionalidad de la noche es un complemento de la fantasía del día. El rigor de la vigilia nocturna y la expansión de la fantasía diurna son estados creativos, no tiempos reales. La noche es el escenario en el que nuestra conciencia selecciona los acontecimientos centrales del día para volveros a vivir, para profundizar en ellos y recolectarlos en su intensidad. Es el momento de la selección e intensificación de los episodios diurnos. En la vigilia nocturna los escritores recomponen y comprenden la gravedad de las acciones que el día ha dejado escapar.

Si una razón por la que los escritores escriben tiene que ver con el ensanchamiento de la vida, otra tiene que ver con la supresión de la muerte. Frente a la naturaleza resbaladiza de la vida, las palabras parecen cargadas de energía, son las espadas que colocamos contra el vacío. El descubrimiento temprano de la muerte (de mi padre, de muchos amigos en mi infancia) fue mi mejor estímulo. Uno escribe contra la muerte precisamente porque es su único tema.

Uno y múltiple, el escritor es él mismo y todos los hombres. Si sabe refugiarse en su caverna, debe también saber abrazar la calle. Saber estar con uno mismo en la soledad agotadora, tediosa de escribir muchas páginas no es suficiente sin saber estar con otros en el ruido diverso de lo ajeno que se vuelve propio. Uno y otros (o mejor dicho unos y otros), el silencio y el ruido, son los polos entre los que un escritor debe poder moverse.

La literatura es en general, como la religión, una manera de sacralizar lo cotidiano. Echando mano de lo que Henry James llamaba el “esplendor objetivo del detalle”, un escritor encuentra las esencias particulares de cada objeto, de cada paisaje, de cada persona, aquél detalle que singulariza lo narrado, que le permita ser recordado en una página para siempre.

Contar historias es la proeza individual más valorada y celebrada por la tribu. Solo una buena historia establece un espacio y un tiempo verdaderamente autónomos, capaces de abolir las presiones del mundo real. Por eso me parece que no hay nada más difícil que contar una buena historia, una historia creíble.

Contar una historia que revele aquello de esencial en un personaje es encontrar el incidente que dé a conocer su identidad. ¿Qué incidente corresponde a la identidad secreta de un personaje? ¿Qué es lo que hace que cada personaje se revele como quién es?

El pasado es un manantial de secretos y revelaciones que se proyecta sobre la vida de cada ser humano. Cada persona camina tratando de recuperarse una herida secreta y terrible, inflingida en alguna época que lo acompaña en secreto.

La narrativa es un viaje hacia ese secreto, el viaje al secreto más recóndito de cada individuo, la exploración no tiene una respuesta o un fin determinado. Es una exploración en la oscuridad y uno siempre viaja a tientas. Buscar la verdad, la belleza o el bien son frases rimbombantes y vacías para diferenciar esa exploración. El libro es un viaje a la oscuridad.
La narrativa es encontrar los incidentes que mejor sirvan a la exploración.

Un escritor es, ante todo, un sentimental recuperado: un niño que ha sufrido pero que ha tomado distancia de su sufrimiento para poder objetivarlo en palabras. Las palabras preservan las emociones, son contenedores de la obsesión. El seguro más grande contra la muerte no es un himno o un coro sino una frase escrita que persevera, un murmullo inscrito en el silencio. Ese susurro monocorde en el que algún día renace un deseo, un cuerpo, una voz.


¡NO COMENTEN!

Luna de hiel en Huanchaco


¿Qué hacer cuando tu pareja confunde la felicidad con la diversión y trata al amor como una taza de porcelana que se rompe?



Ella y yo bajamos del bus, un destartalado y gris vehículo que durante el trayecto parecía a punto de detenerse por siempre. Ella ausente, hablando de fútbol, yo pensando en la noche ardiente que debía esperarme. Había planificado las vacaciones con una esperanza: lograr que me amara, que me quisiera más, que se pegara a mí y descubriera que su vida estaba a mi lado. Cinco noches en Huanchaco y dos en Trujillo. Yo llevaba una cámara de fotos, y la pasión hinchada en una mochila. Nos dirigíamos al hotel, habitación frente al mar, cama matrimonial, y demasiadas ganas de mi parte.

Cinco, seis o siete años juntas. Ya no recuerdo cuántos años eran, pero estábamos allí, intentando otra vez. Al menos, eso hacía yo: intentar. Quería que esta vez funcionara, que el mar se pusiera de mi lado, que la arena nos protegiera del mundo, ese mundo que nos había separado desde aquella noche en El Perseo, la discoteca gay-lésbica top de los noventa. La conocí en la pista de baile, un jueves de esos en los que no se paga entrada, una noche de octubre quizás, al lado de un tal Carlos, un gay que sin alcohol podía parecer de lo más macho.

La primera imagen de Huanchaco no es una imagen sino un olor: Huanchaco tiene el aroma de Chorrillos, mi barrio, mi playa, mi refugio. Mi urgencia era hacer el amor, el cuerpo me quemaba, siempre me quemaba al lado de ella. Su urgencia era salir y tomarse unas cervezas, tomarse todas, y buscar un lugar para bailar. Yo estaba harta de las cervezas, de la gente, de la juerga, yo solo quería que lo hiciéramos, que comenzáramos las vacaciones con un buen polvo. Ella, en cambio, quería juerga, como si las interminables noches de desbande en Lima no hubieran sido suficientes.

-Vamos al pub de allá-dijo, señalando un sitio estridente que no permitía ver a la gente, pero sí las luces mezcladas como un arcoíris nocturno.

Y como siempre, ella –la reina de la puta noche- se hizo amiga de todos, brindaba con extraños, abrazaba a la dueña del pub, prometía regresar a la noche siguiente, y se tomaba fotos con desconocidos, mientras yo ahogaba mi garganta de cerveza, mirando a lo lejos una agua negra, el mar de Huanchaco a las 11 de la noche. Su cabellera negra, larga y lacia, era mi perdición, como su silueta imperfecta, su boca de carne ardiendo, y su cicatriz en el pie, hoy no sé si la marca estaba en el derecho o el izquierdo. Sus pechos contenidos me encendían, mi boca recorría sus estrías con placer. Podía reconocerla con los ojos cerrados.
Mis ojos debían mirar otro cuerpo para complacerse. Ningún cuerpo me saciaba, ninguna chica me inspiraba.

Ella bailaba sola. Y otros bailaban al lado de ella. Ella juraba que no los olvidaría, y yo pensaba que la noche se me iba con el deseo intacto.

-Ya es hora de dormir-dije. Y ella no me miró. Las horas transcurrieron pesadas y sin voces nítidas. Amaneció. Cuando el panadero asomó por la calle yo supe que eran las 7 de la mañana, la música languidecía y ella seguía firme, con un vaso de cerveza en la mano.

Luego fuimos al hotel. Devastada busqué su boca, y la encontré cerrada, dormida, seca. Despertó cuando era la hora de la cena. Yo había leído Angelitos Empantanados de Andrés Caicedo, y ya me disponía a leer un libro de Puig cuando rompió su estado de inconsciencia para decir que tenía hambre.

La noche siguiente sería idéntica. El mismo pub con falsas palmeras, ella bailando y yo mirando la mancha oscura que parecía temerosa de tragarme.

-No quiero quedarme aquí hasta al amanecer-dije.

-Estamos de vacaciones-susurró ella, al tiempo de gritar salud como la más puta de la noche.

-Putas vacaciones-maldije.

El panadero me saludó con lástima. Era un tipo regordete, con una cicatriz atravesada en el mentón, la nariz como un pan aplastado. Casi calvo y tan triste como yo.


***

El tercer día de vacaciones fue más dramático.

-Nada de alcohol-ordené.

La playa nos recibió muy temprano, tendimos las toallas rojas y casi ni nos miramos.

Decidí hacer preguntas, sabiendo que la herida sería mortal, acaso definitiva, o el comienzo del desamor, largo proceso que seis años después me obliga a recordar lo que casi he olvidado. Sí, esta historia la escribo seis años después, libre de heridas y de ese amor enfermo. Pero ese es el final, y no quiero adelantarme.

Huanchaco, toallas, arena fina, un cangrejo seco en la orilla. Ella miraba al cielo, yo contemplaba el mar pensando si morir ahogada no sería una buena y romántica idea.

-¿No me amas? Maldita sea, no me amas.

-¿Qué te pasa?-preguntó.

-Me pasa que ya me harté. Las vacaciones son una mierda, tú eres una mierda. ¿Crees que he venido a Huanchaco a emborracharme y a hacer amigos?

-Son vacaciones-, respondió, alcanzándome el bronceador para que se lo unte en la espalda. De un manazo tiré el bronceador a la arena. Hundido el Hawaian Tropic, hundida yo.

-Yo quería que esto fuera una luna de miel, no una mierda.

-Lo que pasa, gordis, es que piensas demasiado. Yo te quiero.

-Pero no me amas-dije.

-No empieces con tu canción de José José, esa del amar y el querer.

-Quiero la verdad, nada más que la verdad.

-Te falta sexo-concluyó, lanzándose encima de mí. Su mano dentro, sus besos en mi cuello, dañándome. Me dejé llevar, permitiendo otra vez que fingiera el deseo. Era una actriz. Una porno star sin muchas ganas de trabajar en mi orgasmo. El suyo, por supuesto, no contaba. Ella no tenía orgasmos, y así iba feliz.

Esa noche fuimos al pub de la palmera falsa. Yo estaba radiante. Definitivamente, me faltaba sexo. Esa noche bailé salsa, y rock duro. Esa noche fui yo también el alma de la fiesta, hice amigos por horas, y hasta conté chistes. Y otra vez el panadero me dio los buenos días. Caminamos abrazadas hasta el hotel, allí volvimos a hacerlo. Yo estaba ebria, pero lúcida. Ella estaba fingiendo otra vez.

-Parece que solo me importa el sexo-murmuré, asfixiada por sus besos.

-Lo sabemos las dos-dijo, y siguió su danza de actriz sobre mi cuerpo.

La cuarta noche nos sorprendió en medio de un desfile de carnaval. Bebíamos en la calle, como las decenas de trujillanos y de turistas que allí celebraba. Era febrero.

Cuando tomábamos fotos a un caballito de totora con dos patas, Laura y Ely nos saludaron. Las chicas nos invitaron a su hotel para beber y bailar. Aceptamos. Laura y Ely parecían muy enamoradas, y las envidié. Yo también tenía buena apariencia, sí, mi dosis de sexo había hecho efecto, como la cocaína en el drogadicto, como la gota de vino en el alcohólico.

Otra vez, ella y sus apariencias haciendo parecer que éramos felices. Yo estaba feliz esa noche, falsamente feliz, pero vacía, liviana, capaz de desplomarme con un par de palabras.

Al salir de la habitación de Laura y Ely, la abracé y la besé con fuerza. Ella quería escapar de mis labios, mientras yo la mordía, diciéndole maldita mentirosa, puta, maldita. El sexo llegó como siempre, apurado, cumplidor, de película porno. Como perras en celo lo hicimos en la calle, en esa calle oscura que nos llevaba al hotel o al pub, o a la mierda. Luego ella vomitó su lástima:

-Ya, tranquila.

Y yo la odié, la desprecié, la miré con odio. Yo tenía amor para dar, ella no tenía nada. Yo era una adicta al sexo, a su sexo, y además la amaba. Ella no era ni adicta al amor ni adicta al sexo. Ella solo quería vivir bien la vida.

La última noche no hablamos. Simplemente, me refugié en mi libro, Boquitas Pintadas de Puig. Ella se la pasó conversando con extraños en el malecón. En la habitación, ella me preguntó si quería hacerlo. Yo respondí que no, no quería nada. Me dormí, y al despertar corrí a la playa, nadé hasta el fondo. Qué me impedía no regresar… Morirme en Huanchaco sería una deslealtad con mi mar, La Herradura, en Chorrillos. Sería una traición personal, ¿y quién cuidaría a mis gatas?

Regresé a la orilla. La miré y sentí náuseas, un dolor en la boca del estómago, calambres en las piernas. No hubo dos noches más en Trujillo. Regresamos a Lima, ella a su casa y yo a la mía, con mis cuatro gatas.

Era el comienzo del fin del deseo. Algo se había roto. Hoy –seis años después- puedo decir que en Huanchaco se rompió el amor. Pero el amor no es una taza de porcelana, no se rompe y ya. El amor se rompe lento, paso a paso, y en el camino te engaña a veces, te hace creer que sigue firme y así hasta que un día te das cuenta de que no queda nada.

El primer paso de esta historia ha sido escribirla. El segundo será regresar a Huanchaco con mi nuevo amor.



¿Quién se preocupa por las mujeres?


En cuestión del aborto, la Iglesia afirma que el fin no justifica a los medios y olvida a menudo que la peor parte la lleva más de las veces la mujer gestante.


Díatreinta
Orietta Brusa

Brasil. El obispo de Olinda y Recife, José Cardoso Sobrinho, ha excomulgado a los médicos que practicaron un aborto a una niña violada por el padrastro y embarazada de dos gemelos, afirmando lo siguiente: “El fin no justifica los medios. Es cosa buena hacer todo lo posible para salvar la vida de la madre, pero logrando no eliminar la vida de un inocente: este es el principio la doctrina de la iglesia”. Sería interesante y útil si sugirieran también como salvar la vida a la niña, con medios más eficientes que las oraciones. El problema es que esa gente es muy experta en cuestiones espirituales, pero cojea un poquito en las materiales.

Han excomulgado también a la madre de la menor, que pidió la intervención quirúrgica. El único que no ha perdido la opción del paraíso ha sido el violador que abusaba de la niña desde cuando tenía 6 añitos. Por supuesto, el Vaticano apoya la decisión de Cardoso.

En el Perú, en el 2001, K. L. (en aquel entonces de 17 años y con tres meses de gestación) fue forzada a continuar un embarazo de un feto con anencefalia e incluso a amamantar a su hija durante cuatro días antes de que se produjera su inevitable muerte. Esto significó graves efectos para su salud mental, física y emocional. A estos problemas se agregó el maltrato por parte del personal del hospital Arzobispo Loayza, evidentemente rico de sanos principios católicos. Se puso en riesgo el derecho de la menor a la vida y a la integridad física y psíquica. Menos mal que salvaron su alma y los curas fueron satisfechos.


Simone Veil es una intelectual política hebrea y francesa de 81 años que ha atravesado la historia de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, siempre inserta, que lo quisiera o menos, en el corazón de los acontecimientos. Sobre todo, internada cuando jovencita con una parte de su familia en el campo de concentración de Auschwitz, uno de aquellos campos bien conocidos por el Vaticano que, sobre este tema, se quedó prudentemente callado. Fue una de la primeras mujeres en ser ministra con Valéry Giscard d'Estaing, presidenta del Primer Congreso Europeo y académica de Francia. Fue una grande sostenedora de la introducción de una ley que permitiera el aborto en Francia. La que sufrió tanto, se preocupó del sufrimiento de las mujeres. Los que discuten y provocan muchos sufrimientos físicos con sus reglas medievales, se preocupan de los sufrimientos de óvulos y espermatozoos.

Los curas son expertos en principios sobre la ley de dios que, haciendo parte de un mundo espiritual, no siempre coinciden con los problemas y las exigencias de seres inferiores como son los hombres y, sobre todo, las mujeres. Pero, como bien sabemos, la iglesia se preocupa siempre antes de los intereses de los poderosos (Dios, Franco, Videla, Pinochet, Bush), luego de los “otros” para los cuales, mientras reza, se esmera en encontrar e interpretar reglas divinas que les hagan la vida más difícil de modo que puedan recolectar más puntos para el paraíso.

Benedicto XVI ha afirmado que el SIDA "no se puede superar con la distribución de preservativos, que, al contrario, aumentan los problemas", antes de viajar a África. Lo más peligroso de estas declaraciones es que son dirigidas a pueblos donde la visita de un Papa provoca accidentes muy graves: para escucharlo, hace unos días, la gente se agolpó tanto que hubo 2 muertos y 89 heridos. Algo parecido aconteció durante el viaje a este continente de Jun Pablo II, el Papa “santo ya”, que tenía la misma aversión hacia los anticonceptivos. ¡Qué raro que estos mensajes de esperanza provoquen tanta violencia en los desesperados!

Para los que hace tiempo han perdido las ilusiones sobre los beneficios de la espiritualidad, es lícito preguntarse cuál es el sentido político de estas declaraciones papales. No es necesario ser expertos del continente africano para saber que las posiciones vaticanas son totalmente irreconciliables con los estilos de vida de la mayoría de los africanos, como las de otros ciudadanos, y, por lo tanto, el uso del condón sería utilísimo también para parar otras enfermedades de transmisión sexual, así como los embarazos no deseados.

Se puede sospechar que estas declaraciones de Benedicto XVI servirán como justificación “moral” para la indiferencia del occidente frente a los 30 millones de africanos afectados por el HIV, entre los cuales hay tres millones de niños (pero esos no importan, ya no son embriones o fetos): un genocidio, un verdadero crimen contra la humanidad perpetrado por quien prometió ayudas que nunca llegaron o son proporcionadas gota a gota. La posición papal parece hacer parte de la actitud occidental que instrumentaliza el SIDA como biopolitica.

En el 2008 han sido “ajusticiadas” 2390 personas en 25 países. El 93% en cinco países: China, Irán, Arabia Saudita, Pakistán y Estados Unidos. En lo que va del 2009, ya son 103.
Tal vez no me he informado lo suficiente, pero no me parece que hubo tanto escándalo por parte de las autoridades eclesiales frente a este crimen. Al contrario, el año pasado entre Ratzinger y Bush hubo un cordial encuentro alrededor de una especie de Torre de Babel, tal vez para celebrar la “victoria” del Occidente cristiano sobre el eje del mal islamista y la aniquilación de 600.000 iraquíes.

“4,20 Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. 4,21 Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.”
Deus caritas est. Extracto de la Epístola de San Juan.

También es difícil creer que alguien pueda amar tanto a un embrión que no ve y no sentir compasión por la mujer que ve y que para cumplir con un accidente de la naturaleza ponga en riesgo su vida y su salud mental.



FOTOS SANTAS



1. Francisco Franco rodeado por sus curas
2. El cardenal Eugenio Pacelli (quién más tarde se convertiría en el papa Pío XII) firma el concordato entre la Alemania Nazi y el Vaticano en una ceremonia en Roma el 20 de julio de 1933.
El Vice Canciller Nazi, Franz von Papen está sentado a la izquierda, Pacelli en el medio, y Rudolf Buttman está a la derecha.
El concordato legitimó el gobierno de Hitler a los ojos de la Iglesia y del mundo.
Von Papen fue acusado, y absuelto en los Juicios de Nuremberg gracias a la mediación del papa Juan XXIII.
3. Hitler con un cardenal cualquiera
4. Juan Pablo II y Pinochet
5. Eso es el Pastor alemán con su tierna expresión
6. Videla y Pio Laghi, el nuncio apostólico que se quedó cerca de él y que las madres de la plaza de Mayo denunciaron por su colaboración con la dictadura.

Heladero de día

La vida es un malentendido y en algunos casos una tragedia que se complica cuando hay dinero de por medio. Esta es la historia de un heladero sin poder y un cronista incapaz de entender la extraña forma en que la justicia –la humana–resuelve los dislates de la vida.

Aquiles Cabrera


Él era un peruano común, casi se podría decir que una buena persona, o tal vez, por su facha (la de un peruano común), un simple delincuente, total, nunca se sabe. Pasaba por mi casa todos los días. Siempre fue amable conmigo. “¿Algún heladito, joven?” “Sí, dame uno de 50 céntimos que parezca de sol”. Otras veces me invitaba helados a cambio de unas cuantas palabras, pequeñas compañías de un par de solitarios bajo el sol.

Lamento ahora no poder recordar ni su nombre. Nomás recuerdo que tenía un par de hijas que cuidaba solo, por las que trabajaba. Este señor aparte de ser heladero en el día, cuidaba una tienda por las noches. Era guardián. Una de aquellas noches de guardianía, salió de su casa en dirección al trabajo y de pronto: una batida. Policías lo detuvieron, él se puso nervioso porque ocultaba una pistola y no tenía permiso para portarla.

Este tipo de casos es muy común, y se resuelven de una forma muy sencilla con los policías, te piden una coima (lujo que los helados de nuestro amigo heladero no pudieron cubrir) o se quedan con la pistola (lujo que nuestro amigo “guachimán” no quería aceptar puesto que era su única fuente de dinero en las noches).

Entonces mi amigo se puso más nervioso cuando descubrieron el revólver. Luchó con todas sus fuerzas por que no le quiten el arma de fuego. Como estaba cerca de su casa, salieron vecinos a defenderlo, “Ese hombre es honrado, por qué no se meten con verdaderos rateros”. Los policías -simples seres humanos al fin y al cabo- se enojaron y lo llevaron a su comisaría. Una vez allí, lo golpearon cuanto quisieron, lo trataron peor que a un trapo -no tenía dinero para comprarse padrinos- lo humillaron, lo rebajaron totalmente, “A ver pe, ahora que salgan tus vecinos a defenderte”.

Al darse cuenta de que ya se les estaba pasando la mano, lo mandaron a una clínica, pero -como creo que ya ha quedado bien claro, mi amigo el heladero, un simple peruano más de a pie, no tenía plata- en la clínica solo le limpiaron las heridas (las exteriores, porque las hemorragias internas se las pasaron por las bolas que cuelgas en tu árbol de navidad cada diciembre) y lo mandaron a su casa.

Él ya había perdido su trabajo nocturno, los dueños de la tienda no querían problemas, “Mírate como estás, anda descansa. Además, ya te quitaron la pistola, ¿cómo vas a responder si entran a robar?”

A la mañana siguiente apareció un abogado en su casa, un tipo formal, frío, práctico y calculador. El heladero había sido fichado y tenía un juicio pendiente por posesión ilícita de armas. El abogado le ofreció defenderlo para que no lo metan preso, por supuesto que su trabajo no era gratuito. "Tengo contactos adentro que te pueden proteger". Le recomendó que siga vendiendo sus helados y que además consiga dinero como sea, "Lo necesitarás".

Pasaron dos semanas sin que aparezca con su carretilla a vender helados por mi casa. Cuando lo volví a ver no pude reconocerlo, ya había perdido la sonrisa, el trato amable, estaba muy magullado y notablemente mal. Allí me contó sus problemas, no hilaba bien las ideas, por ratos parecía un niño desconsolado, su ojo izquierdo no alcanzaba a ver a ninguna parte, se quejaba de profundos dolores en la espalda y se sentía avergonzado pero necesitaba el dinero. Ofrecí ayudarlo, hacerle alguna entrevista, llevarla a los periódicos, algo que pueda servir, una pequeña colecta, una pollada. “Gracias joven, consultaré con el abogado”, “Tenga cuidado con esos señores”. “Lo tendré”, me dijo.

A los pocos días lo procesaron, no había logrado reunir la plata que hacía falta para defenderse, los policías se enteraron de que tenía un hermano en el extranjero, intentaron ubicarlo y así pedirle dinero para proteger a su hermano en la cárcel. Al parecer no lo lograron. Volvieron a pegarle en un calabozo, por antipático, por sonso, por no tener familia, por no ser un verdadero ladrón que se respete, por ser patético y por ser pobre, es decir, por ser peruano.

Hace unas semanas me contaron que el heladero falleció. Que ya había fallecido hace unos meses. Dicen que las hemorragias internas estaban muy avanzadas, yo pienso que simplemente ya no podía seguir viviendo en esta sociedad de mierda. Polaquito de 37 años.

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PD. Una vez fui a una comisaría como testigo menor en un caso de asesinato. Un cuerpo apareció tirado a espaldas de mi casa. Como me bromeé tan bien con los policías, antes de irme, el más viejo se me acercó y dándome su número de celular, me dijo: “Muchas gracias joven, cuando necesite alguna ayudita, llámeme nomás, desde cualquier venganza hasta una bajada de reyes (aborto al paso), para servirlo.” Y yo, con mi estúpida sonrisa inútil, le contesté “Gracias jefe, nunca se sabe”.

Historietas de Óscar Alarcón

La entrada es gratis, la salida vemos.




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