jueves, 18 de enero de 2007

IN THE NAME OF THE FATHER

IN THE NAME OF MY FATHER
Trujillo, Perú, Noviembre del 2006

Hay tres fotos colgadas en la pared de su oficina. La primera y la más grande en realidad es un retrato de su madre dibujado a carboncillo. Su madre, doña Edelmira Cruz Rodríguez, fue una mujer de carácter fuerte, educadora por vocación; él fue su primer hijo. Ella estaría destinada a tener solo dos y los dos varones y de diferentes padres; parece que esta pequeña diferencia marcó a los hermanos hasta el día de hoy. Su madre murió hace seis años, el 2 de marzo del 2000, a los 82 años de edad, sin embargo, la mujer del retrato debe tener unos 40, los suficientes como para llevar en el entrecejo el paso definido del tiempo y la firmeza de un carácter a prueba de humillaciones y sinsabores. Su mirada es penetrante y a la vez cautivadora, y sus finos labios cerrados callan historias y tristezas que ya nadie podrá escuchar, puesto que se las llevó con ella hasta la tumba.

Pasemos a la siguiente imagen, en esta él aparece abrazando a su padre con la mano derecha. Los dos están de terno, el de su padre es oscuro y el de él es gris. Este hombre del traje gris lleva bigotes, esos bigotes negros espesos que lo acompañaron por más de veinte años, esos bigotes que se dejó crecer a los veintitantos para poder obtener su primer trabajo en Lima como profesor de matemáticas en el colegio San Julián de Barranco y que no fueron rasurados sino hasta el primero de enero del año 2000. En esta foto él abraza a su padre que acababa de ser condecorado como Doctor Honoris Causa por su trayectoria profesional en el Salón Consistorial de la Universidad Nacional de Trujillo. Él se ve orgulloso de poder acompañar a su padre, Don Anaximandro Cabrera León, maestro distinguido y prestigioso, catedrático de la UNT, Director de la Escuela Normal Superior Indoamérica, y dueño-director de la primera Academia Pre Universitaria de Trujillo, la Cabrera, desaparecida hace ya más de treinta años. Su expresión en la foto recuerda a Borges, pareciera que sus ojos buscan el lente de la cámara pero solo ven el infinito, su porte es más bien de sabiduría y descanso, muy diferente al de su hijo, lleno de vitalidad y orgullo. Otro contraste interesante es el cabello totalmente blanco del padre y el cabello negro azabache del hijo.

Él es el único hijo que tuvo con Doña Edelmira, mujer que no fue nunca su esposa; él es el único hijo que este gran hombre tuvo fuera del matrimonio, matrimonio del que nacieron nueve vástagos; y, por último, él fue el único hijo que lo acompañó desinteresadamente los últimos años de su vida hasta el día de su muerte, (momento supremo en la vida de todo hombre sabio), el hijo que estaba ahí con su familia, viendo cómo se extinguían para siempre las brillantes ideas de su padre, cuando hacía nomás seis meses que presenció el lamentable fallecimiento de su madre. Don Anax murió también hace seis años, en setiembre del 2000, a los 83 años. Un corazón romántico podría pensar que Don Anax nunca olvidó aquel amor fugaz pero intenso con Doña Edelmira, mujer a la que decidió unirse nuevamente más allá de la vida. Ya lo dijo Quevedo: “polvo serán, mas polvo enamorado”

En la tercera foto nuestro hombre abraza a su mujer con la mano izquierda, esta vez el terno es marrón, esta foto fue tomada precisamente en el año 2000, uno puede darse cuenta de ello porque él aparece ahora sin bigote, pero con su cabello aún negro, (las canas vendrían solo unas semanas después). La foto fue tomada el domingo 13 de febrero, día de su cumpleaños número 49, ellos están en el living de un hotel pituco de Miraflores, unas horas después de la fiesta por sus Bodas de Plata, su aspecto es de felicidad y satisfacción. Ella usa vestido de seda, luce sus cabellos rubios ondulados sueltos aún espléndidos en aquel aciago año; una cosa más: sus ojos verdes no miran a la cámara. Ella es la señora Azucena Ludeña Vásquez, esposa de nuestro personaje desde el 14 de febrero de 1975 hasta la actualidad.

Es curioso pensar que ella nació el mismo año que su esposo, también es profesora, también nació fuera de un matrimonio, también es hija única de sus padres, también su madre tuvo solamente dos hijas con diferentes hombres, (en este caso ella es la menor), y por último, tuvo ocho hermanos por parte de su padre. La diferencia es que Azucena quedó huérfana de madre a los 12 y vivió su adolescencia sola con su hermana en un departamento de Palermo y después en una pensión en la calle Bolívar. Actualmente ella es madre de cuatro hijos: el mayor de 30 años, el segundo de 24, yo de 21 y el menor de 15 nada más. Todos hombres, todos ellos sanos, inteligentes, arrogantes y muy diferentes físicamente uno del otro.

Su esposo es nuestro padre, él nació en el hospital Belén de Trujillo, estudió su primaria en la escuela 255 de Salpo y en la escuela de varones de Otuzco, lugares donde su mamá trabajaba como profesora. La secundaria la estudió en Trujillo, comenzó en la Gran Unidad Escolar José Faustino Sánchez Carrión para después pasar al Colegio Militar Gran Mariscal Ramón Castilla, su pequeña estatura impidió que continuara sus estudios militares en la escuela de oficiales de Chorrillos. Así fue que decidió estudiar pedagogía como sus padres, a los 21 años ya vivía en Lima, donde siguió estudiando para especializarse mientras trabajaba, a los 24 se casó con su enamorada después de varios años de noviazgo.
En Lima él llegaría a ser un alto funcionario del Ministerio de Educación, y posteriormente se jubilaría trabajando en la Dirección Departamental de Educación con la que llegaría a conocer varios países de Sudamérica como representante de la delegación peruana. De la ciudad de Lima regresó a vivir a Trujillo definitivamente hace más o menos seis años. Actualmente es director de un pequeño pero prestigioso colegio de El Porvenir, es un hombre al que ni la tristeza ni las canas pueden quitarle esa vitalidad extraordinaria, un hombre cuya única religión es el trabajo, cuya única ideología política es hacer lo que sabe hacer: trabajar por el bienestar de su familia. (Aunque tomar un par de chelas de vez en cuando con los amigos desestresa)
Su nombre es Víctor Anaximandro Cabrera Cruz y nació el año 51 del siglo pasado.

domingo, 14 de enero de 2007

Preguntas sobre Ética


«Sólo disponemos de cuatro principios de la moral:
1) El filosófico: haz el bien por el bien mismo, por respeto a la ley.
2) El religioso: hazlo porque es la voluntad de Dios, por amor a Dios.
3) El humano: hazlo porque tu bienestar lo requiere, por amor propio.
4) El político: Hazlo porque lo requiere la prosperidad de la sociedad de la
que formas parte, por amor a la sociedad y por consideración a ti»
(Lichtenberg, Aforismos).
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1. ¿Por qué, si la moral no fuera universal, no existiría?

Entiendo que la moral es el conjunto de comportamientos y normas cuyo propósito es tener validez en todo el género humano; es decir, todo acto moral per se tiene que ser universal, general para todo tipo de ser humano. Pensar en buscar lo contrario es, sencillamente, como pedirle peras al olmo o como pedirle pues a un perro que aprenda a maullar. La moral nace justamente de la búsqueda del hombre por un conjunto de normas aplicables para todo el género humano en su totalidad, normas universales, si deseas. Sabemos muy bien que al acomplejado ser humano siempre se le ha hecho un poco difícil creer que todo el universo no ha sido creado exclusivamente para él, pero bueno, ya la academia ha registrado la palabra universal como un adjetivo que comprende o es común a todos en su especie, “que pertenece o se extiende a todo el mundo, a todos los países, a todos los tiempos”, para ser exactos.

Todos los actos morales son pues universales (humanamente hablando), aplicables para todo tipo de ser humano, cualquier acto, trance o suceso que busque un propósito personal o que atente contra la integridad de otra persona es pues antimoral o amoral.



¿Cuál es el criterio, entonces, que nos permite decidir si una regla de conducta es un deber moral o no?

Cuando esta regla de conducta sea necesaria y se pueda aplicar a todo ser humano en general. Este principio práctico es calificado por Kant como Imperativo Categórico, es el que expresa un deber absolutamente incondicional, sin presuponer ningún querer; cuando no se cumple con este criterio entonces no es moral, puede ser solamente amoral o inmoral. Amoral significa que es indiferente a lo que dicta la moral e inmoral, quiere decir que va en contra de la moral. Buscar el beneficio propio, dependiendo del caso, puede resultar amoral o inmoral, siempre que no sea a través de una práctica moral.


2. ¿Por qué no se puede fundamentar la moral en la búsqueda de la felicidad?

Porque el hombre, en realidad, no sabe qué es lo que necesita para ser feliz. Es decir, si yo le doy a un perro un trozo de carne, ese perro va a ser feliz, (y ese trozo de carne haría universalmente feliz a cualquier perro) no me imagino a ningún perro con tendencias vegetarianas o pensando en la cantidad de calorías o grasas que pueda tener ese trozo de carne, o incluso quejándose por la falta de cocción o por no tener la medida exacta de sal o, por último, argumentando que prefiere comer chocolates o chizitos.

El hombre condiciona su felicidad a muchos factores amorales e inmorales, todos estos fugaces, en muchos casos, cambiantes, para ser cercanos. A pesar de lo que nos haya dicho Kant en el pasado, no creo que la ética y la búsqueda de la felicidad no tengan nada que ver una con la otra, me parece que el hombre cuando deje de condicionar su felicidad a tantos caprichos, prejuicios, costumbres superfluas, quereres, tendencias de la moda, estereotipos ridículos y tantos otros obstáculos innecesarios, entonces sí, la práctica de la Ética se va a basar en una búsqueda de la felicidad, (Felicidad universal o colectiva si la quieres llamar de algún modo). Además, desde la época de Kant hasta nuestros días hemos tenido ya algunos años para poder reflexionar sobre este asunto. Pero por ahora soy conciente de que no, no se puede fundamentar la moral en la búsqueda de la felicidad, y si tendría que dar un porqué mucho más sincero y afín a mi léxico cotidiano, sería simplemente: “Porque somos idiotas”.


¿Qué significa el hecho de que “la ley moral nos dice lo que debemos hacer sin decirnos cómo debemos vivir”?

Más allá de toda regla, norma o protocolo, el hombre es libre, libre para hacer lo que se le dé la gana; o sea, no somos libres de elegir lo que nos pasa (Haber nacido en tal o cual lugar, por ejemplo) sino libres para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo (obedecer o rebelarnos, ser sensatos o imprudentes, vengativos o resignados, vestirnos a la moda o no, etc.).

La ley moral nos dice lo que debemos hacer, pero no puede decirnos nada más, sería ridículo; es decir, la ley moral expresa una obligación incondicional, con la cual yo debo (y todos debemos) cumplir, nos guste o no. Pero esto no significa, felizmente, que todos cumplamos con la ley moral. La forma en que cada ser humano decide vivir su vida depende mucho de factores socioculturales, demográficos, sincrónicos y del carácter personal del individuo.

No sé si es que ya se ha hecho tarde, si será porque vengo de leer Ética para Amador o porque ya son las 2 de la mañana, pero sin ánimos de parecer un idealista, desearía verdaderamente que esta ley moral inexorable deje de preocuparse tanto en el deber del ser humano y se decida de una vez por todas a hacer algunas enmiendas en favor de la libertad, la sensibilidad, la felicidad y el placer, para que así, pues, esta ley moral pueda convertirse realmente en un imperativo categórico no sólo aplicable universalmente a todo ser humano, sino aplicado por todos y cada uno de nosotros.


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Aquiles Martín Cabrera Ludeña
Facultad de Ciencias de la Comunicación


Inmanuel Kant, nació en 1724 en la ciudad de Königsberg, al este de Prusia. Era hijo de un guarnicionero. Vivió casi toda su vida en su ciudad natal donde murió a los 80 años. Venía de un hogar severamente cristiano. Muy importante para toda su filosofía fue también su propia religiosidad. Él era protestante. Para él, como para Berkeley, era importante salvar la base de la fe cristiana. Desde la Reforma un rasgo característico del cristianismo protestante es que se ha basado en la fe. Desde la Edad Media la Iglesia católica ha tenido más confianza en que la razón pueda servir de apoyo a la fe.

jueves, 11 de enero de 2007

La homosexualidad


La homosexualidad es antinatural porque contradice al orden natural de las cosas. Sin embargo, yo pregunto ¿qué características en el ser humano, en general, son naturales aparte de defecar y follar? Alimentamos nuestra mente de basura, el cuerpo también de basura y nuestro mundo, por último, también de basura. El ser humano es antinatural por naturaleza.

La homosexualidad es una característica del hombre desde el comienzo mismo de las civilizaciones humanas. ¿Acaso podemos negar que ya era practicada en las culturas egipcia, griega, judía y árabe? No entiendo para qué seguir negando que la homosexualidad es totalmente humana, no una desviación, sino un rasgo que nos caracteriza.

Manuel Puig, escritor argentino, aseguraba que la homosexualidad no existe, es sólo una proyección de la mente reaccionaria. En una entrevista dijo: “Sería necesario entender que el sexo no tiene peso moral. El sexo es como comer, beber, dormir, forma parte de la vida vegetativa (…) La idea de dar un peso moral al sexo es un crimen cometido hace muchos siglos, se dice que fue patriarca el que concibió esta monstruosidad para controlar a las mujeres”.

Joaquín Sabina, cantautor español, en una entrevista para la revista Rolling Stones con Carlo Boyero, al mencionar a uno de sus amigos que recuerda con más nostalgia, decía: “Se llamaba Pablo Del Águila y yo no sería cantante ni hubiera escrito una palabra de poesía si no le hubiera conocido. Era un tipo guapísimo, homosexual, apabullante, que me descubrió a César Vallejo y me regaló los poemas de Neruda. En fin, todo. Él era el que brillaba en los pasillos de la facultad y me bendijo, me eligió como amigo. Fue maravilloso. Dos años después se suicidó dejando un libro de poemas hermosísimo”.

Yo, ingenuamente, me sorprendí al buscar información en Internet y encontrar, por ejemplo, que en Arabia Saudí uno puede ser condenado a 2 600 latigazos por mantener relaciones homosexuales, o que en Brasil se puede ser acosado y amenazado de muerte por defender los derechos humanos de los homosexuales. Francamente me parece lamentable. Pienso que la gente debería volcar sus ímpetus despectivos hacia otras conductas del hombre verdaderamente denigrantes. En una conversación para Etiqueta Negra, Bryce y Sabina sostenían lo siguiente:

BRYCE: Lamentablemente, en América Latina los hombres son en un alto porcentaje maricones, no se atreven a leer novelas.
SABINA: Cuando dices maricones, ¿quieres decir machistas de mierda?
BRYCE: Machistas de mierda, por supuesto. No estoy agrediendo a nadie. Quiero decir machistas de mierda, hijos de puta.

Deberíamos dejar que los homosexuales vivan con tranquilidad, pero las costumbres sociales y las ideologías religiosas son factores trascendentales que han ido encuadrando nuestros cerebros desde que nacemos; sin embargo, tenemos la historia y los libros que nos abren el entendimiento, elevan nuestras miradas y refinan la opinión que tenemos del mundo, de este mundo por el que han pasado homosexuales excepcionales, grandes guerreros y conquistadores, maestros de la pintura, la literatura, la ciencia, la poesía, la música y el cine, seres humanos cuya única diferencia es el intelecto elevado y la fuerza para luchar toda su vida contra un mundo que, todavía, parece no entender.

Yo no tengo huevos para ser homosexual.

domingo, 31 de diciembre de 2006

SOBRE EL EVANGELIO SEGÚN JESUCRISTO

PARTE I
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Para empezar creo como deber presentarme como el joven peruano pseudo católico que soy, ufano de haber leído algunos libros pero no de leer la Biblia por temor a no entender ni un carajo o a aburrirse en el intento, cosa que sería más pecado que el pecado de permanecer en la ignorancia.
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Me dispongo a hablar acerca del libro El Evangelio Según Jesucristo de José Saramago, a mi entender, más merecedor de un estudio filosófico que de un simple análisis realizado por un simple estudiante que ni estudiar quiere; un libro que más que libro es una observación histórica autocrítica del pensamiento religioso del hombre desde que es hombre (más adjetivos se podrán encontrar en abundancia en Internet escritos por mejores aduladores, vendedores o libre pensadores que ya, a estas alturas de la historia, hasta se parecen en sus opiniones).
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El evangelio según Jesucristo me parece más que nada una obra que redime de toda culpa al redentor de la humanidad, si no me equivoco, allí queda expresado claramente el Plan de un Dios muy autoritario y ansioso de poder, lo que es ilógico siendo dios. Pero por otra parte aparece también un Jesús despierto de mente, libre de ideas (hasta donde su humanidad y su cultura lo pudieron permitir) ya que tuvo la intención de cambiar algo, de no dejar que se cumpla la voluntad de este dios que más parece un dictador despiadado con la sonrisa a flor de labios que otra cosa. A este punto me refiero al decir que el libro intenta librar de toda culpa a un Jesús que al final nada puede hacer frente al poder de dios, teniendo en cuenta a la crucifixión como el más terrible de todos los pecados, puesto que hizo más daño a la humanidad (según nos narra el literato) que cualquier guerra en toda la historia.
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Pero eso ya es más un problema netamente humano, en mi opinión sería ridículo querer culpar a dios (aunque sea de omisión) por las tragedias que acontecen en el mundo. Tan ridículo como creer que un dios necesitaría todo eso para creerse más dios. Puesto que, a mi entender, cualquier dios que se precie de ser un gran dios, siendo perfecto en su gloria, no debería necesitar ni siquiera sentirse satisfecho de cualquier culto humano, tan imperfecto en su origen; es el ser humano, ser imperfecto por excelencia, el que se siente bien adorando a un ser superior, aceptando su propia vergüenza de ser tan insignificante ante los fenómenos naturales.
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No nos queda otra, no tenemos más poder que el falso poder que nos hemos inventado y que ni siquiera es nuestro. El hombre ha buscado la libertad cuado se ha visto oprimido de fuertes cadenas, y ahora que se ve libre de poder hacer lo que desee, parece que busca irremediablemente agarrarse a algo, a cualquier cosa. Esa es una insatisfacción humana, somos como el tigre de circo que buscó por todos los medios escaparse de las jaulas, los látigos y las drogas que adormecían su entendimiento y una vez en el bosque se ve incapaz de conseguir su propia comida, por lo que muere de hambre o regresa arrepentido al circo.
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Ahora bien, el libro, que empezando desde el mismo título sugiere una confesión de la vida de Jesús escrita por él mismo, plan bastante soberbio para cualquier escritor creyente o creedor de que no cree (que en esencia no son tan distintos). El narrador en off fue una desilusión que me llevé, a decir verdad, nunca antes había leído nada de Saramago y por último ni me imaginaba que era de Portugal, yo siempre pensé que era un escritor español. Ya después he podido leer Ensayo sobre la Ceguera pero ese es otro cuento.
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Algo que disfruté mucho del “evangelio” es la visión que presenta del Diablo, de niño nunca llegué a imaginar que podría ser totalmente malo porque al final (en mis propias conclusiones) es el primer servidor de dios. Si en la misma Biblia se hacen bastantes referencias de pecadores arrepentidos que siempre son los más comprometidos con dios. Aunque no lo imaginaba tanto como un socio sino como un trabajador, siempre pensé que el diablo es el que mejor trabaja para dios, no por gusto tiene tanto poder. En todo negocio alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Pero nunca lo imaginé en la forma que queda retratado en el libro, simplemente como si la idea del diablo malo es errónea, así como la de un dios totalmente bueno. Leemos a un diablo mundano y amante febril de la vida así como a un dios ambicioso y despiadado.
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En este punto, el dios expuesto en la obra, más digno de parecer un Zeus interpretado por Anthony Queen que el Dios absoluto en el que todos creemos y dejamos de creer según nos convenga, deja mucho que desear. Una parte interesante fue en la que se manda la indirecta de que tanto él como el diablo y hasta Jesús son solo recursos netamente humanos y posteriormente llegarían a ser sustituidos. Coincido totalmente con esa imagen de la divinidad. Somos los seres humanos los que decidimos qué dioses existen o dejan de existir, eso está clarísimo y bastante demostrado a través de los tiempos. En esta visión de Pessoa y sus personajes heterónimos. Esa idea de un dios heterónimo, según lo que averigüé del poeta de Lisboa, es un dios q hemos sacado de nosotros mismos, la idea de un dios que hemos doblado de nuestro interior y nada más que una idea.
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Por otra parte, encontré bastante interesante la importancia que le da el autor a José, padre humano de Jesús, el terrible remordimiento por dejar morir al resto de niños y su temprana muerte en la cruz de la cual Jesús quedó marcado para toda la vida.
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PARTE II
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Si algo me llegó a extrañar fue la total intolerancia ostentada por Jesús hacia su madre; siendo él un muchacho tan despierto de espíritu y tan conocedor de lo que significa cargar con una culpa ajena desde muy pequeño y que no pueda mostrar un poco de consideración a una mujer que aparte de ser su madre (aunque parece que eso mucho no significaba) era una pobre mujer ignorante como todas las mujeres de la época, por lo mismo, no tenía ninguna obligación de creer en nada que ella no pueda entender totalmente. Siendo la civilización judía una cultura tan cerrada y mostrándose Jesús como el hombre caritativo que era, yo no llego a comprender por qué tanto rencor hacia un error que no fue error sino temor ingenuo de madre de no querer preocupar a sus hijos y de siempre quererse guardar todas las culpas. Esperé que el Jesús adulto llegue a reconocer de alguna forma todo el dolor de su madre, como lo hace en una parte de la historia María Magdalena, cosa que nunca sucedió y en cierta forma fue otra decepción para mí. Incluso en la parte de dios hablando con Jesús acerca del futuro y todas las consecuencias que iba a traer la crucifixión de éste para la humanidad, no hacen ninguna referencia hacia la fuerza que la imagen de María (para bien o para mal) iba a tomar en la iglesia católica. Ni siquiera en el momento de la crucifixión se hace alusión alguna a la Virgen María (que como virgen no le prenden ni una velita en este libro). El autor hace indicación de una María Magdalena ya sin lágrimas para llorar su dolor pero de María, la que es madre de Jesús, la que se le está muriendo el hijo (que aunque nunca supo comprenderla nunca dejó ella de querer), ni una sola referencia.
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Otra cosa aguardada por mí con entusiasmo fue la resurrección de Jesús a los tres días porque, si algo he entendido en la religión católica y en algunas lecturas de la Biblia, fue la resurrección más que la crucifixión misma la que origina todo este movimiento cristiano. Resurrección que Saramago sabe muy bien dejar fuera del escrito (de alguna forma de semejante manera y por las mismas razones que yo no he querido hablar de los otros hijos de María ni de María Magdalena).
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Un final con un Dios dejando en claro por todo el mundo la muerte de su hijo, dejándole bien claro a Jesús lo que ya le había dicho en la conversación en la balsa acerca de lo inútil que sería resistirse a la voluntad divina. Un final con un Jesús pidiendo a la humanidad perdonar a este dios por no saber lo que hace, un final digno de un Jesús tan identificado con su padre humano, recordando como en un sueño una conversación con él y a la vez un buen recurso del autor para hacerse entender bien de que nadie puede preguntar todas las preguntas y nadie puede responderlas.
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Aunque pudo haber sido un final más extenso, exquisito y detallado, el libro, que al comienzo da la impresión de querer hacer un estudio histórico de lo que pudo haber sido la vida de Jesús (indudablemente uno de los personajes más importantes de la cultura humana occidental), después de ser leído deja la impresión de querer mostrar toda la incoherencia de la historia de la religión, exhibiendo las razones de esta sinrazón que es nuestra religión, que al igual que otras religiones no le permite al ser humano poder llegar a ser humano. Esa, o cual haya querido ser la intención de Saramago al escribir este libro, es la impresión que me deja.
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En síntesis, el libro es una obra de arte. La técnica, la palabra inmediata, el estilo literario, todo es exquisito, vivo. En cierta medida semejante a lo de García Márquez, sin el lenguaje caribe, claro. Sabe muy bien dar esa impresión de agilidad e inmediatez que envuelve a las personas que les gusta (y que saben) dejarse envolver en todo libro que valga la pena en realidad de llamarse libro, como a mí me gusta decir “un buen libro nunca se termina de leer”. Y si es verdad que los buenos libros que he leído son muy pocos, éste quedará como uno de aquellos, esos que no te dejan terminar de leerlo.

viernes, 22 de diciembre de 2006

TIEMPOS DE INDIFERENCIA Y COJUDEZ

ARTÍCULO DE OPINIÓN:
Por Aquiles Martín Cabrera Ludeña

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Vivimos en una tremenda indiferencia. Nacimos desorientados y nos educaron como tarados. (1) Está tan profundamente enraizada la cojudez en nuestras vidas que cada intento por descojudizarla equivale a una herejía; y en parte son sinónimos legítimos pues la herejía no es más que hacer uso de nuestro derecho a elegir otra cosa.(2) .

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La indiferencia y la cojudez son dos monstruos tan asquerosos que no sé cual de los dos se come al otro. El indiferente de por sí ya es cojudo, y el que se ufana y precia de ser un buen cojudo no puede dejar de ser indiferente. Indiferente de todo, de lo que pasa en el mundo, de lo que pasa en su vida: de todo. El cojudo perfecto no se da cuenta cómo vive ni por qué. Una ejemplificación excelente de este ridículo pero fatal problema me la dio mi hermano menor hace un par de años. Él me contó un chiste basado en la plática de un niñito con su madre más o menos de la siguiente manera:

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– Mamá, mamá ¿Cuál es el peor problema para la
humanidad, la ignorancia o la indiferencia?
– ¡No sé ni me interesa!

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Y aunque cause gracia encierra una gran verdad, pues de niños es cuando más nos interesamos en las cosas que están sucediendo a nuestro alrededor y son los adultos los que, con su indiferente y arraigada cojudez, nos van envolviendo en la apatía diaria de vivir. Ese es nuestro bendito proceso de culturización sociológica.

Una de las cosas que he percibido con más curiosidad de mis condiscípulos es que –de forma activa– les cuesta mucho aceptar su propia cojudez pero en forma pasiva se autoproclaman cojudos a cada rato. Un ejemplo sencillo, la profesora Orieta muchas veces en clase acostumbra exhortar a sus alumnos a que dejen de ser tan imbéciles, y siempre he notado la misma reacción de enojo en los estudiantes aludidos, actúan a la defensiva y con enfado; pero nótese la misma rapidez con la que aquellos mismos jóvenes rehúsan –incluso con repugnancia– leer un libro o analizar una lectura.
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Por mi parte tampoco pienso que sea un problema netamente nacional o latinoamericano, porque para creernos los peores en todo nosotros somos los mejores; tengo entendido que la palabra cojudez es un peruanismo(3) pero la idiotez es universal. Ahora bien, para que no se crea que soy muy pesimista ni desesperanzado me permito reproducir el siguiente texto de Sofocleto, que representa nítidamente y con estupenda brillantez el quid del asunto en nuestro país:
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“En el Perú la cojudez va mucho más allá de las definiciones, la gramática, la etimología y los diccionarios. Es necesario vivir nuestra cojudez, más que definirla. Es indispensable llevarla en el andar, la piel, la sangre, el alma... respirar a través de ella, arrullarse con su hipnosis colectiva y amarla con esa ternura infinita que sólo un cojudo puede poner en su cojudez.”(3)
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(1): Andrés Calamaro: Canción: No tan buenos aires. Disco: Honestidad Brutal. Año:1998

(2): José Saramago, El Factor Dios. “...el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa”.
(3): M. A. Denegri, “La Academia está desinformada”. Domingo La revista de La República, edición N°328, Diario La República, Lima 12 de Setiembre de 2004