Todas las
caras de Daniel
Economista, educador, cineasta y literato. A Daniel Rodríguez Risco muchos
trujillanos lo recuerdan como el joven empresario de 24 años que fundó el ITN, FlemingCollege y luego UPN. Y que después desapareció.
Escribe Aquiles Cabrera
“A los 38 años tuve una crisis
vocacional. Era empresario. Había fundado dos universidades, dos institutos
tecnológicos y dos colegios particulares. Me iba muy bien. Vivía en una mansión
en Trujillo, rodeado de choferes, secretarias… venían a visitarme congresistas, embajadores…
la verdad que me iba muy bien, pero era una persona absolutamente infeliz. Un
día dije: Ya no doy más, y a los 38 dejé todo eso y vine a Lima a hacer cine”,
me dice Daniel con la naturalidad y orgullo de un niño que te cuenta sus logros
escolares.
Daniel Rodríguez parece un tipo normal, un tío “buena gente”, un
caballero cortés. Desde un principio me pidió amablemente que no lo trate de
usted. Detrás de su despreocupada sonrisa se esconde un maniático del orden, un
jefe temible y excéntrico, un joven emprendedor, empresario y exitoso, un
lector exhaustivo de 4 a 8:15 de la mañana, literato oscuro de 8:30 a.m. hasta
el medio día, tenista apasionado de 1 a 2 de la tarde, economista
puntilloso que revisa sus negocios y finanzas de 3 a 5 p.m., cineasta incomprendido
hasta las 7 de la noche... Y luego, un tipo normal, un padre de familia o un buen
amigo que ve películas o sale a la calle a comer y distraerse.
Daniel me asegura que su vida transcurre de una actividad a otra los
siete días de la semana. “Soy una persona que cree que el descanso es cambiar
de actividad, para mí descansar no es dormir o tirarme en la playa, para mí
descansar es hacer algo distinto, entonces, soy como una especie de doctor
Jekyll y mister Hyde, tengo doble personalidad”, afirma mientras lo miro
perplejo pensando que su vida más se asemeja al Tractat del lobo estepario que
a la mítica novela del escocés Robert Louis Stevenson.
Definitivamente Daniel Rodríguez no es un tipo normal. Terminó el
colegio a los 14 años, lo adelantaron por sus excelentes notas, a esa edad
ingresó a la Universidad Agraria, pero estudió Economía y Administración en la
Universidad de Missouri - Rolla. A los 19 años ya se había graduado como
economista. Era una máquina de estudiar. Le interesaba mucho la literatura, el
cine, la empresa y la educación. Pero era joven y se enamoró de una chica de
Islandia, vivió con ella un año en aquel país.
A los 20, estudió Cine en Barcelona. Vivió experiencias que la mayoría
de personas viven a los 30, o mejor dicho, nunca. A los 22 volvió al Perú para
estudiar literatura en la Universidad Católica pero no acabó la carrera. Trabajó
para el grupo Apoyo en las revistas Debate y Perú Económico. En el año 80 fue
editor de un suplemento económico producido por Apoyo y publicado en el diario
El Comercio llamado Oikonomos. A los 23 años ya era profesor de economía en el
Centro Pre universitario de la Universidad de Lima. “Ahí se me ocurrió la idea
de fundar un instituto”, recuerda lleno de alegría.
En aquel momento le pregunto, ¿por qué Trujillo?, en 1983, ¿cuál fue
la visión?
—Muy simple –me responde. Mi padre tenía un local alquilado a unas
personas que no le pagaban. Él me hizo una propuesta: si logras desocupar a
estos inquilinos, yo te alquilo el local para que hagas tu instituto. Entonces
me fui a Trujillo.
Dicho local queda en la Av. Del Ejército. Daniel comenzó a visitar los
demás institutos, no existían las universidades privadas, solo estaba la
Universidad Nacional de Trujillo, en la que los pocos que lograban ingresar,
tenían que esperar dos años y medio para poder matricularse y empezar
clases.
— ¿Y los demás institutos?
—Me parecieron bastante informales, por ejemplo, decían “las clases inician
el 8 de mayo”, y comenzaban el 3 de junio. A veces incluso ni les pagaban a los profesores. No había una calidad en el servicio. Entonces
dije, ¿por qué no crear un instituto que justamente sea todo lo contrario?,
¿qué mejor nombre que ponerle “El instituto Serio”? Los alumnos usaban corbata,
las chicas corbatina, pullover color ladrillo, falda debajo de la rodilla, sin
maquillaje. Era como una escuela militar. Todos los profesores debían entrar
con terno. Algo impensable en esta época.
Cuando Daniel cumplió 25 años de edad ya tenía 6 mil alumnos
matriculados en su instituto.
En 1987, el año que Alan García anunció que
estatizaría la banca, Daniel viajó a Paraguay. Vivió un año en Asunción. Allí
formó el Instituto Tecnológico de Asunción.
“Funcionó muy bien, fue muy gracioso porque
utilizábamos la misma publicidad que la de Trujillo, solo le cambiábamos la
locución, los trujillanos aparecían hablando guaraní en comerciales en Asunción.
Nunca nadie lo supo”. Me dice entre risas.
Los spots de los que habla Daniel fueron producidos
por la agencia publicitaria “Tren de comunicaciones” que él mismo había fundado
para este propósito. Para ello trajo a un creativo de España y un director argentino.
Fueron, quizá, los primeros spots de TV realizados en la ciudad de Trujillo.
— Un día apareció en mi oficina el director de la
Alianza Francesa y me dijo: “Daniel, he leído tu libro –una novela corta que
escribí en Estados Unidos a los 19, la publicó Peisa–, me ha encantado, quiero
publicar una edición bilingüe y usarlo como libro de texto para enseñar francés”.
Entonces le dije “De acuerdo, no hay ningún problema”, y me dijo “Acá está la
traducción”. Ya lo había traducido. Años después también se publicó en
italiano.
De esta época en Trujillo, fines de los años ochentas, a Daniel se le recuerda como un joven
empresario sui generis. “Lo que más me sorprendía de él era su desarraigo,
pareciera que no estaba atado a nada. En su oficina no había ni una foto, ni un
pequeño lujo, solo un teléfono y una mesa. No tenía casa, vivía en hoteles”, me
comenta un señor que prefiere no ser mencionado. Todos los trujillanos mayores
de 40 años tienen una historia que contar sobre Daniel o sobre su padre, el
ingeniero Daniel Rodríguez Hoyle. Las anécdotas son interminables, sin duda fue
por varios años el hijo engreído de la ciudad. Hasta ahora algunos lo siguen
recordando con cariño como “el gordo”.
En el verano de 1990, los señores Daniel Iturri,
Winston Barber y Ricardo de Montreuil se encontraban en el balneario Las
Delicias cuando se toparon con Daniel. Allí le contaron que había un gran
descontento de los padres de familia trujillanos con la calidad educativa de
los colegios tradicionales. Le dijeron que había llegado la hora de crear un
nuevo colegio de calidad para que estudien sus hijos. Así nació la idea de
fundar el Fleming College. (Tomado del discurso Fleming: 20 años. Daniel Rodríguez. Trujillo, setiembre de 2011).
— La idea resonó en mi cabeza unos días y finalmente
decidí contársela a un amigo con el que siempre nos reuníamos para hablar de
proyectos:
David Fischman. A David –que por entonces ni siquiera intuía que
terminaría siendo el gurú del liderazgo que es hoy en día– le gustó la idea de
hacer un colegio y me propuso sumar a su hermano Roberto al equipo. Roberto es un hombre práctico que nos ayudará a aterrizar el proyecto, pues tú y yo somos demasiado soñadores.
El Fleming también sería diferente. Daniel empezó a
visitar los mejores colegios de la ciudad. Todas las puertas se abrían para el joven
promotor del instituto más exitoso. El gran descubrimiento fue que todos estos
colegios se parecían bastante entre sí. Así que decidieron hacer lo opuesto. Si
estos colegios eran católicos; el Fleming sería laico. Si atendían sólo a
hombres o mujeres; ellos serían mixtos. Si valoraban mucho la tradición; ellos
serían innovadores. Si enseñaban pésimo el idioma inglés, ellos enseñarían
inglés de la mejor manera.
—Con las disculpas a
Sir Alexander Fleming, el
nombre lo pusimos con David Fischman porque sonaba tal como se escribía. Su
pronunciación no era difícil, era serio, y tenía fácil recordación. –me cuenta
Daniel como quien confiesa una travesura– Estoy muy orgulloso del Fleming. Ha
funcionado muy bien, estamos buscando terrenos para abrir más locales, estamos
pensando expandirlo a nivel nacional.
El colegio tuvo tal éxito que un día, ejecutivos de
Yanacocha le solicitaron que fundara un Fleming en Cajamarca. Ese sería el
DavyCollege, el que años después, Daniel terminaría traspasándolo a dicha minera.
— A ellos no les interesaba si era rentable o no, querían
un lugar para que estudien sus hijos, tiene un campus seis veces más grande que
el del Fleming, cuesta mil dólares la mensualidad. Es el colegio más grande del
Perú.
Del cole a la Universidad
“La UPN se creó exactamente un minuto antes que la
UPC”, me dice Daniel y a estas alturas de la conversación si él decía que había
encontrado la piedra filosofal, le hubiera creído.
“El congreso votó la
creación de la UPN y un minuto después votó la creación de la UPC. Yo mismo
hice el lobby durante un año con un equipo de abogados. Son hermanas gemelas,
las fundamos con David Fischman y un grupo de socios”.
A los dos años vendió sus acciones de la UPC. “Esa
universidad consumía mucho dinero y yo necesitaba dinero para sacar adelante la
UPN”. Decidió quedarse en Trujillo, en aquella época ya tenía una mansión en
Moche, familia, choferes, era visitado por embajadores, pero... y aquí comienza
la historia, era un hombre muy infeliz, así que decidió dejarlo todo e irse a
vivir a Lima.
De la universidad... al mundo de los sueños.
A los 38 años fundó la productora
Cinecorp. Hizo un corto llamado
El Colchón, le fue muy bien, viajó a Grecia, a España, a Francia. Ganó muchos
premios. Después hizo un segundo corto: El triunfador. También le fue bien, se
vio en todo el mundo. Luego llevó un curso de dirección de actores en Cuba.
A los 40 años, dos años después de decidirse a vivir
su verdadero sueño, le ofrecieron una beca para estudiar una maestría en cine
en la New York University. “Me convertí
en el perro de los alumnos de segundo y tercer año, porque allá era como una
carrera militar, tienes que cargar cables, rieles, ir a comprar las donuts para los gringos, preparar los
cafés, tirarme en un charco con la cámara a las 3 de la mañana con nieve… y de
pronto, de ser rector, terminé en los zapatos del alumno, chicos arrogantes de
24 años”.
¿Qué fue lo
más importante que aprendió de esa experiencia?
Yo venía de un mundo donde era el rector de la
universidad, mandaba a todos, y de pronto estaba allá, levantándome a las 4 de
la mañana para cargarle a un gringo los rieles del dolly, y eran cámaras de
cine bien pesadas. Pasaba todo el día en un parque congelándome cargando estos
rieles, aprendiendo cómo se hacían las películas.
Ahí me di cuenta de que al alumno le
interesa un pepino quién es el rector, quién es el vicerrector, los decanos,
los convenios. Lo único que le interesa al alumno es que el profesor que le
toque le transmita algo que sea útil, y también que los equipos que tiene la
universidad funcionen y le sirvan para poder hacer sus trabajos, nada más.
Entonces, mi experiencia como alumno me permitió
enriquecer nuevamente mi rol como rector.
Al mismo tiempo mejoré mis habilidades para filmar
películas. Me fui a Tailandia, filmé una película en Chiang Mai, que es el
Trujillo de Bangkok. Mi director de fotografía era tailandés, Tanon
Sattarujawong, le decíamos Non. Hablo en pasado porque ahora es un monje budista.
Me he quedado sin director de foto. Ha dejado la vida mundana para siempre, es
un hombre que se ha despojado de todas las posesiones materiales y vive
mendigando la comida, no tiene ningún bien material y todo el día está en
meditación buscando el nirvana.
¿El cine te
ha hecho feliz?
El cine me ha liberado, es como la literatura, una
forma de expresión. Es como una terapia sicológica también, una necesidad
expresiva que yo tengo, la derivo a través de la literatura o a través del
cine.
Cinecorp hizo la producción de Altiplano, una
película en la que se invirtió 4 millones de dólares, es el filme más costoso
que se haya hecho en el Perú, Magaly Solier fue la protagonista.
¿Alguna vez
el empresario y el director de cine se vieron enemistados?
Cuando estrené la película El Acuarelista en Trujillo,
decidí ponerme el seudónimo: Daniel Ró. No quería que me vieran como el rector
Daniel Rodríguez dirigiendo una
película. Fue gracioso porque en el diario La Industria, en un mismo día salí
en la portada como Daniel Ró presentando mi película, y también aparecía en la
página de economía, en terno, como rector de la universidad. Era como dos
personas con diferente nombre pero era yo mismo, al final abandoné el seudónimo
porque no pegó, el DVD de la película salió como Daniel Rodríguez, ya no tengo
conflictos.
¿El artista
se ha comido al empresario?
Sí, totalmente, cada vez me interesa menos el tema
empresarial, hace tiempo que no compro un libro de empresa. Cuando era niño mi
padre siempre me impulsó a ser mi propio jefe y he hecho todo lo posible por
demostrarle eso. Creo que lo he hecho bien, que cumplí mi tarea. El mundo
artístico es ahora lo que me apasiona. No podría trabajar para nadie. Si en
este momento todas mis empresas se van a la quiebra, preferiría vender
sánguches de pollo en la esquina a trabajar en un banco.
¿Qué más hizo
como empresario para cumplir con el mandato de su padre?
Entré en hotelería, la casa donde antes vivía es
ahora un hotel, se llama “De Sol y Barro”, estoy buscando venderlo. Hice el
grifo Amigo, ese grifo lo hice con Cecilia Mannucci y Ricardo Morel, ahora pertenece
a Shell. También estoy metido en minería, soy socio de la minera Chimú.
¿Por qué no
se encuentra nada de información sobre ti en Internet?
La verdad es que no me interesa, mi hija me
convenció de abrir una cuenta de Facebook pero nunca más volví a entrar. En la
computadora solo sé usar Word, Google y enviar correos electrónicos. No tengo
más tiempo, me dedico a vivir, a hacer las cosas que me gustan.
A futuro, ¿te
ves como un monje budista?
(Daniel suelta una sonora carcajada). No, pero
digamos que a medida que pase el tiempo voy a estar más dedicado solamente a
escribir y a hacer cine, los negocios van a ir desapareciendo. El año que viene
vamos a filmar un thriller psicológico con elementos de terror llamado El
Vientre. Cinecorp también va a incursionar en televisión con una serie novelada
de 40 capítulos. Pero a mí me interesa en primer lugar la literatura. Tengo un
libro de cuentos listo para ser publicado, se llama “La chica del tenis” y
estoy terminando de escribir una novela.
FRASES PARA NO OLVIDAR
El empresario debe encontrar espacios, una demanda que no está siendo atendida, ese es un espacio para actuar, para crear algo. El empresario que piensa que está buscando el dinero como un fin, no lo va a encontrar nunca.
Al alumno le interesa un pepino quién es el rector, los decanos, los convenios. Lo único que le interesa es que el profesor que le toque le transmita algo que sea útil, y también que los equipos que tiene la universidad funcionen y le sirvan para poder hacer sus trabajos, nada más.
Mi hija me convenció de abrir una cuenta de Facebook pero nunca más volví a entrar. En la computadora solo sé usar Word, Google y enviar correos electrónicos. No tengo más tiempo, me dedico a vivir, a hacer las cosas que me gustan.
El empresario tiene que ser desprejuiciado, buscar cómo solucionar problemas a un grupo de personas, o cómo crearles una nueva necesidad, mirar las cosas y cuestionarlas todo el tiempo, y ver qué es lo que está faltando.
No podría trabajar para nadie. Si en este momento todas mis empresas se van a la quiebra, preferiría vender sánguches de pollo en la esquina a trabajar en un banco.




