martes, 25 de agosto de 2009

Mi tía Guille

De izquierda a derecha está mi mamá, mi tía Guille, yo con look navideño y mi primo Carlitos.
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Aquella noche que escribí la segunda carta a mi hijo comenté entre otras cosas que mi mamá andaba triste porque la salud de mi Tía Guille estaba resquebrajada. Exactamente 4 días después mi tía murió. Jueves fue, como dijo Vallejo, y fue horrible tener que soportar una tristeza más. Tal vez esta sea la principal razón para la que yo ya no soy yo y por la que ya no prendo mi computadora tan a menudo.

Mi papá y mi hermano Sergio justo viajaron a Lima ese día al medio día. Mi hermano Paco tenía clase en la universidad hasta las 11 de la noche. Yo estaba limpiando el patio del colegio, no sé por qué se me ocurrió bajar a la oficina, eran las 6 de la tarde, el teléfono timbró, un vecino de mi tía me comunicó que la habían llevado al hospital a las 6 de la mañana y que vaya a averiguar porque al parecer ya había fallecido.

Una semana antes mi mamá le había comprado un pañuelo de seda como regalo de cumpleaños a mi tía Guille, pensábamos ir a visitarla el viernes en la tarde. Cómo es de rara la vida. Ese mismo jueves al medio día le dije a mi mamá, vámonos hoy mismo, aprovechando que estamos solos, y ella me contestó mejor mañana con más tranquilidad, me he quedado asustada con la muerte de Alicia Delgado.

Así es, fue ese mismo día que hallaron el cuerpo estrangulado de la cantante en su casa, ese mismo día que yo quería saber cómo iba a acabar eso de la interpelación a Yehude, ese mismo día que fallecieron Michael Jackson y Mía Farraw, ese mismo día falleció mi tía Guille, cómo es de extraña la vida, hace dos meses exactamente si es que no te has dado cuenta aún.

Yo recibí la llamada, eran las 6 de la tarde, crucé a ver a mi mamá, un mes antes había fallecido su hermano Marco que vivía en Chiclayo. Esta vez el golpe fue tan fuerte, como aquellos de la resaca de todo lo sufrido que se empoza en el alma, mi mamá ahora sabe. Estábamos solos, fuimos inmediatamente al hospital, al comienzo nadie nos dio razón de ella en el seguro, el señor de informes no se encontraba, un doctor amable nos hizo pasar y nos indicó dónde quedaba el velatorio. "Si su hermana falleció hoy, debe estar allí", le dijo a mi mamá pero cuando llegamos no había nadie. El velatorio estaba vacío. El guardia de emergencias no tenía registro de ninguna señora Guillermina. Caminamos más de media hora asustados entre los pasadizos del hospital. Regresamos a la entrada. El señor de informes ya había llegado, mi mamá empezaba a creer que mi tía estaba viva, que de seguro se había ido a una clínica, pero la mirada de aquel señor fue contundente, le respondimos inmediatamente también con la mirada, "no se preocupe, estamos preparados". Entonces nos dijo: "Sí, ella ingresó hoy a las 6 de la mañana, falleció a las 6 y media de un paro diabético." "¿Y dónde está su cuerpo? No está en el velatorio, ya fuimos allí." LE dijo yo, mi mamá ya no podía hablar. "Salió al medio día, tendrían que preguntarle al guardia de la puerta a qué funeraria la mandaron."

Recuerdo cada palabra de aquel señor funerario, las recuerdo pero no las puedo reproducir en su totalidad por aquello de esos golpes como del odio de dios que abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. En conclusión que a mi tía Guille ya la habían enterrado a las dos de la tarde en el cementerio de Moche. Un cementerio viejo, lejano, descuidado y horrible.
Recuerdo cada momento de lo que pasó, la tristeza enorme de mi madre, su vestido de luto más negro que nunca, el vacío total de la muerte se apoderó de nosotros, no había ni siquiera un cuerpo para velar, para rezarle, para acompañar, para quién dice, yo no sé, para llorarle, para mirarla por última vez y decirle tía cuánto te quise, o tanto amor y no poder hacer nada, o quién sabe, yo no sé, ese arraigado capricho de sufrir con derecho y cuerpo presente, de avisar a los amigos, de invitarles café, de hacer unas misas decentes y seguir sufriendo públicamente y recibir los pésames y yo no sé. Sacar dinero de donde no hay y fuerzas de donde no hay y enterrar a nuestros muertos de la manera y en el lugar que a nosotros nos dé la gana. Recuerdo que regresamos a casa con mi madre más solos y confundidos de lo que nunca habíamos estado, mi mamá cogió de su mesita de noche aquella foto de mi tía cuando era niña que aún no he podido escanear y la miró y la abrazó y recién pudo explotar o desahogarse o llorar o lo que quieran porque por lo menos ese derecho de llorar a nuestros muertos no nos lo pueden quitar los extraños sistemas de seguros del país.

Recuerdo muchas más imágenes tristes, mi hermano Paco y su tristeza universal, el cementerio horrible, el nicho sin lápida ni nombre ni cruz, los rezos de unas primas de mi mamá a las que avisamos y que nos acompañaron con lágrimas enormes casi sin entender la increíble y lamentable historia del fallecimiento de la quien en vida fue, de aquella prima que "acabábamos de visitar hace unos días", sí, "que siempre iba a misa todas las tardes caminando con mucha tranquilidad desde su casa". "Así es, nosotros también la habíamos visto hace una semana tomando café en un salón de té en el centro de Trujillo y justo hoy pensábamos visitarla para dejarle aquel regalo de cumpleaños que compramos para ella, que nos dio tantos regalos mientras en vida fue, ella que siempre nos visitó, que nos sacaba a pasear, que nos abrazaba con verdadera ternura, que era la tía que más queríamos, que era nuestra única tía en las buenas y en las malas. Aquella que miraba en los crespitos de mi hijo unos crespitos que tuve yo hace 20 años seguramente, y ella me decía, "recuerdo ninito que te ponías a saltar y me cogías de la falda y me decías, mira tía, mira tía, mira tía", entre otras cosas que pasaron hace veinte años seguramente, mientras que ahora, quién sabe, solo mi mamá que entre sollozos se ponía a rezar con una fe absoluta hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... ¡Yo no sé! y así seguía, aquella oración infinita que todos los peruanos nos sabemos sin saber.
En fin tía Guille, que he llorado mucho desde que te has muerto, que he visto a mi mamá caerse y caerse y estar sola, allí, aquí, rodeada de tanta gente, y más vestida de negro que nunca, sola con algunas fotos que la acompañan, sola mientras intenta que respeten su dolor, su gran dolor porque se ha muerto su hermana Guillermina y no cualquiera y el luto dura por lo menos un año o toda la vida, o toda la vida que nos quede por vivir.
En fin, que en medio de todo también hay recuerdos de muchas tardes muy alegres, como esta de aquel enero del 2007 en el que aún tenía un alma bohemia en venta que no se afeitaba todos los días y era feliz. (felices)

Estoy triste
porque no estás;
y no lloraré
porque luego
los ojos
no son lo mismo...

Luchito H.

5 comentarios:

  1. Lo siento mucho, un abrazo grande y que tu tía esté disfrutando de un lugar mejor que este.

    Un abrazo

    Valery

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  2. Mí tía fue una gran persona, no tuvo suerte nada más...
    Victor

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  3. ¿y? ¿qué dijiste? aquí está la necia de porquería viniendo a darme en el suelo... soy mala pero a veces no tanto... es que mi naturaleza me impide decir frases de consuelo pero aquí va:

    qué pena doña, por la muerte de su hermana

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  4. Aquilín siento mucho la pérdida de tu tía, como te dije por el messenger. Espero que encuentres el consuelo y el cariño de parte de los tuyos.

    Y como dijo.. bueno no recuerdo quién lo dijo pero si nadie reclama terminaré diciendo que lo dije yo: las personas no mueren mientras los que las recuerdan con cariño viven.

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