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sábado, 18 de junio de 2011

Cuarta carta a mi hijo Salvador Armando

Cuando tu abuelito me llamó, yo estaba en clase de periodismo literario, fue miércoles, era medio día. Con solo oír su voz pude darme cuenta de que algo malo había pasado.

-Dímelo
-Se trata de Salvador.
-¿Qué le pasó?
-Ha tenido un accidente.

Son esos momentos que sabes que irremediablemente van a pasar pero nunca crees que te van a suceder a ti. Los rodeos de tu abuelo para contarme lo que te había pasado solo servían para ponerme más nervioso.

-No lo sé con exactitud, mejor que te lo cuente Nancy, ella llamó para avisarme.

Nancy, mi hermana mayor, vi sus llamadas perdidas en mi celular pero no le había dado mucha importancia hasta ese momento.

-Dímelo tú
-No es tan grave...

Al fin pude volver a respirar.

Estabas en la puerta de tu salón de clase, tus compañeritos jugaban en el recreo, una niñita sin darse cuenta de que tenías los dedos en el marco de la puerta, la cerró con fuerza. La uña de tu dedo pulgar de tu mano izquierda se desprendió violentamente, con ella un puñado de sangre. Según tu abuelo ya te encontrabas bien, hablé con Nancy para corroborar la historia, yo tenía clases hasta las 7 de la noche, falté unas horas, hablé con tu madre, compré las medicinas, me dijo que estabas bien pero que habías perdido mucha sangre, no me dio tiempo para verte, tenía que volver a la universidad.

Cuando yo tenía 4 años y vivíamos en Santa Clara, distrito limeño que está camino a Chosica, a mí se me cayó una tapa de desagüe en un pie, no recuerdo cuál. El peso de la tapa de fierro ocasionó que la uña de mi dedo gordo se desprendiera violentamente de mi cuerpo.

Tu abuelita cree que es imposible que yo lo recuerde, "Te acuerdas porque te lo hemos contado", y puede que sea verdad, pero sí recuerdo mi pie sangrando, sentado en un bus junto a la puerta del cobrador, ella me llevaba a alguna clínica.

Recién pude verte el viernes en la mañana, teníamos clase de inglés, soy tu Teacher Martín y eso me permite verte un día más a la semana, estabas muy asustado y no querías quedarte en tu salón, gracias por abrazarme, gracias por dejar de llorar, gracias por sentarte en tu mesita un rato y colorear tu librito de inglés por mí, gracias por sonreír, por ser tú el que vengas a verme a mí cuando debió ser al revés. Le pedí a tu abuela que te visite en la tarde para que te cure del susto. Cuando ella regresó me dijo: "Salvador es muy fuerte, ha salido a ti".

Yo no soy fuerte Salvador, tal vez esa uña que se desprendió de mi dedo gordo del pie cuando tenía 4 años fue el primer accidente de muchos por los que tuve que pasar.

Un año después cuando ya vivíamos en Barranco, tu abuelita se había ido a trabajar, ella era profesora del turno noche de la Gran Unidad Escolar José María Eguren donde yo estudiaba en las mañanas. Ella había salido y yo me quedé con tu abuelito, creo que estábamos solos, yo quería salir a jugar, lloraba en la puerta de mi casa, tu abuelito no pudo más y me dijo, "ya está bien, sal un ratito, pero no demores". En verdad yo solo quería salir de la quinta donde vivíamos en Barranco, llegar a la puerta, ver la pista, los carros pasar y regresar. Y eso estaba haciendo, regresaba saltando, y a menos de 15 metros de mi casa se me cruzó el perro de una vecina, y como yo estaba saltando, le pisé la patita, entonces el perro saltó sobre mí, me dejó la cara llena de cicatrices, algunas de ellas aún se pueden apreciar como la que parte mi labio superior. No recuerdo nada más.

En otra oportunidad me estrellé la ceja en una pared salpicada de cemento. Estaba jugando a las chapadas con los amigos de la quinta y resbalé, calculo que tendría 6 o 7 años. No me dolió el golpe, pero todos se me quedaron mirando, luego vi cómo caía la sangre por delante de mi ojo derecho, caía mucha sangre, solo en ese momento empecé a llorar y me fui a mi casa. Me pusieron 20 puntos. Esa cicatriz divide mi ceja derecha y es la que más detesto. A los 8 años me operaron del apéndice, es una larga historia, pero me dejó tres enormes cicatrices en la barriga. Tengo otra cicatriz en la mejilla izquierda, estaba en la sala de mi casa y me caí de cara frente a una mesa triángulo, una de las puntas de esa mesa se estrelló contra mi mejilla.

Un amigo del cole, Daniel, que estudió conmigo desde primer grado de primaria hasta la promo, me contó hace un par de años que cuando éramos niños me decían el hombre chuzo, jerga limeña que significa cicatriz. Yo no recuerdo nada de eso, puede que lo hayan dicho a mis espaldas. Mis amigos de la quinta me decían gato, mi familia me dice Nino, algunas vecinas con cariño me decían Minino. Pero en verdad en mi familia me dicen Nino porque cuando nací todos me decían Niño menos tu tío Paco, que me lleva dos años y medio y no estaba en edad de pronunciar la letra Eñe. Esa es toda la explicación.

Tú me dices Papá Nino, es inexplicable porque tu mamá me llama Martín o me llama Aquiles, por no mencionar otros adjetivos menos amables que ya irás comprendiendo con el tiempo. Pero tú me dices papá Nino, "escúchame papá Nino, escúchame" y yo te escucho e intento explicarte que a tu edad ya debes hablar correctamente y me apeno por no poder estar contigo más tiempo y me haces reír y me abrazas y me pides que no me vaya con cariño.

Yo no soy fuerte Salvador, tenía conciencia de que todos esos accidentes que tuve habían sido mi culpa porque me había portado mal, y tenía que aguantar lo mejor posible el tratamiento para recuperarme rápido y no fastidiar a mis padres con mis lloriqueos. Mi mamá me decía estoico, mi mamá que es la verdadera Hombre fuerte de la familia.


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Hay una película llamada Red Dragon, una precuela de El Silencio de los inocentes. Recuerdo una escena en que Anthony Hopkins le dice a Edward Norton que había recibido un balazo, "Felicidades, ya tienes tu primera cicatriz, nunca olvides cómo sucedió, las cicatrices son la única prueba de que el pasado existe, de que el pasado fue real". La estoy citando de memoria, no he podido encontrar esa escena en el youtube ni tengo la película a la mano.

En El Conde de Montecristo, el libro que marcó mi primera infancia, el soldado Morrel al borde del suicidio es detenido por el invencible brazo de Edmond Dantés. En ese momento Morrel le increpa, tú eres un súper hombre, no eres de este planeta. Y Edmond le responde: vengo de un planeta llamado dolor. Lo estoy citando de memoria, no tengo el libro a la mano.

A la semana siguiente que te visité me dijiste "Mira papá Nino, ya está sanito mi uña". Por supuesto que tu uña va a crecer y tal vez no te deje ninguna cicatriz visible, tu madre te ha cuidado muy bien, este accidente solo ha sido tu primer encuentro con el dolor físico y con la sangre. Irremediablemente y aunque yo haga todo para evitarlo, tendrás muchos encuentros más. El dolor es un amigo sincero que nos recuerda que la vida es difícil y eso es bueno.

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Hace unas semanas asistí a un concierto sinfónico, La orquesta de barro en el teatro municipal. Cuando tocaron la canción de La vida es bella, no pude evitar que un par lágrimas se me escapen. Vi esa película cuando estaba en 4to de secundaria, la vi solo en mi casa de Barranco, la estaban pasando en un canal de cable, mis padres ya vivían en Trujillo y yo me pasaba todas las tardes solo porque tu tío Manuel estudiaba y trabajaba hasta tarde. Las palabras finales de esa película me destrozaron el corazón y siempre lo hacen: "Esta es mi historia, ese es el sacrificio que hizo mi padre, aquel fue el regalo que tenía para mí".

Hace una semana, el sábado 11 de junio a las 7:56 de la noche nació la segunda hijita de tu Tío Manuel y esa ha sido una gran alegría para todos nosotros, se llama Azucena del Pilar, Azucena por tu abuela y Pilar por tu tía Pilar, mi cuñada, la esposa de mi hermano mayor. Tu abuelita está en Lima acompañándolos, este día del padre la paseremos con tu abuelito, tu abuelito que te dice cariñosamente Salvador, hombre de Dios, tu abuelacho que te dice cariñosamente Salvatore!

La pasaremos bien los tres junto a tus tíos Paco y Sergio

Tú eres nuestro premio Salvatore.




sábado, 19 de junio de 2010

Tercera Carta a mi hijo Salvador Armando por el día del padre




Este es el tercer año que espero a que sean las 12 de la noche del inicio del día del padre para sentarme a solas frente a mi computadora a escribirte estas cartas que espero algún día puedas leer.


Sin embargo esta vez es diferente.


Para empezar no sé qué decir. Hace mucho no te veo, estoy fuera del Perú, cuando te hablo por teléfono ya ni siquiera me prestas importancia. Para ti yo ya estoy muerto -lo dice la psicología infantil.

Malditos putos psicólogos, por esa y por muchas otras razones siempre los odiaré.

Aunque mis padres y mis hermanos dicen q siempre miras fotos mías y te emocionas y empiezas a decir papá... fuck! I just realized que hace mucho no me lo dicen.

Otra diferencia, los dos años anteriores pasamos todo el sábado juntos y todo el domingo también, así que mi falsa soledad de la primera y segunda carta que te escribí solo duraba algunas horas nocturnas. Cuando anochecía, esperaba la media noche para escribir, al día siguiente imprimía la carta y la compartía con tus abuelos que nunca entraron ni entrarán a mi blog y luego me dedicaba a jugar contigo todo el día.


Esa es la principal diferencia de este año, esta vez estoy esperando desesperadamente a q sea la media noche del día del padre desde el 13 de febrero que fue la última vez que te vi.

Agrégale a eso que esta vez ni siquiera podré disfrutar de tu sonrisa.


Separarme de ti fue muy difícil, Salvador. Ese día fue muy raro, ocurrieron muchas cosas extrañas. Era cumpleaños de tu abuelo y también esa misma noche yo viajaba a Lima para partir a Brasil y no volver quién sabe hasta cuando.


Días antes estuvo lloviendo mucho en Trujillo, cada vez que ocurre eso, ocasiona serios líos en la ciudad peruana de la eterna primavera ¿? ya que nada en la ciudad (ni casas, ni pistas, ni veredas) está preparado para afrontar siquiera unas cuantas horas de lluvia. Lo bueno de aquel sábado fue que hacía tres días que el clima se mantenía sospechosamente "primaveral" ¿? Así que todos estábamos contentos y ya nos habíamos olvidado de los techos húmedos.

La cuestión es que estábamos en pleno almuerzo de cumpleaños de tu abuelo con familiares y todo y a mí se me entraron unas ganas impresionantes de cagar. Te llevé conmigo al local de Inicial, quisiste meterte en tu aula de verano, no quisiste jugar con tu carrito en el patio, consideré que si te quedabas tranquilito podías esperarme en esa aula sin problema mientras iba y regresaba. A punto de sentarme en el trono estaba cuando de pronto te escuché gritar.

Tu llanto era desolador, y salí corriendo a tu encuentro. Tú nunca lloras así. Te encontré empapado de agua y temblando de miedo y de frío. Una maldita bolsa de agua se había acumulado en el tapiz del techo sin que ninguno de nosotros se diera cuenta. Era agua sucia, agua estancada de tres días, agua de lluvia apestosa de Trujillo que se le ocurrió venirse al piso en el preciso instante en que tú decidiste sentarte en esa precisa mesita justo en el momento que a mí se me había ocurrido la genial y estúpida idea de que me acompañes a cagar.

Inmediatamente me sentí culpable de todo.

No sé cómo encontré el maletín con tu ropa de recambio, la verdad era que olías a agua podrida, te tuve que bañar, la piscina del tercer piso estaba sin agua (por las lluvias ya no la habíamos llenado), así que te bañé rapidito en el lavadero de la cocina. Te puse tu ropa limpia, pero seguías asustado, llamé a tu abuela para que te pase el huevo y te haga sus magias que solo ella sabe hacer y se te quite el chucaque, eso funcionó.

Me sentía tan raro, sabía que era el último día que nos veíamos y no me podía explicar cómo había sucedido aquello. ¿Por qué a ti que eras solo un pequeñito de dos años? Esa agua sucia pudo haberle caído a cualquiera o a nadie, pero justo tuvo que caer en ese momento que te pusiste a jugar en esa mesita.

Mi mamá intentó consolarme. Se hicieron las 7 y media de la noche y había llegado la hora que no quería que llegue. Yo mismo agarré el carro y te senté al volante, mi madre iba a lado de nosotros, te llevé a la casa de tu madre, tenía que hacerme el fuerte, tú estabas contento manejando conmigo, íbamos despacito, como para que se hagan más largas las 10 cuadras que separan mi casa de tu casa.

Inevitablemente llegamos a la despedida que más deseaba evitar. Solo te abracé una vez más y te dejé en los brazos de tu madre. El regreso fue triste, manejé más bien rápido mientras las lágrimas se hacían reales, me dolía tanto dejarte, nunca he tenido ese sentimiento por nadie en mi familia. Cuando yo estudiaba en Lima, mis padres se fueron a vivir a Trujillo, en verdad, nunca los extrañé del todo, amaba mi libertad, mis hermanos mayores pasaban todo el día en la calle, practicamente, tenía la casa para mí solo todos los días, era feliz.

Siempre que he viajado antes me pasó lo mismo, me olvido de todos, no pienso en nadie, disfruto mis viajes a plenitud y mi madre me entiende y disfruta de mi independencia, mi papá igual, todos en mi familia me conocen y saben que puede ser que si salgo de viaje no vuelvan a saber nada de mí hasta mi regreso (a menos que necesite money) lamentablemente ahora existe el facebook y muchas veces mis hermanos ya me tienen podrido.

Pero, en cambio, Salvador, a ti te extraño a todas horas, no puedo dejar de preocuparme y pensar en ti. Hace unas semanas vencí mi cobardía y llamé a tu madre, hemos hablado por teléfono un par de veces un par de horas, hablado mucho de ti y de las situaciones que sucedieron para que se acabara nuestro amor que aún recuerdo con ternura.

Antes yo quería ser su amigo pero ella no me dejó, ahora ella quiere ser mi amiga, pero yo no sé, por más que no siento rencor hacia ella, sí siento que hay algo que no podré perdonarle, algo que considero peor a todo lo que yo pude hacer para ofenderla.

Siempre me he reído, me río y me reiré de los golpes, mentiras y traiciones que otras personas me han propinado. Incluso he vuelto a dar la mano y sonreído cortésmente a seres que merecen el repudio total de mi persona. Sin embargo a tu madre no puedo mentirle, no puedo hacer el hipócrita con ella, la verdad es que no me siento cómodo cuando la tengo cerca.

Aunque esto ya pasó hace mucho tiempo y yo no debería ni recordarlo, hasta ahora, nadie me ha golpeado de esa manera. Una vez a ella se le ocurrió decirle a una jueza que mis padres y yo no te queríamos, que te tratábamos mal. Y ese es una espina que hasta ahora llevo clavada en el costado.

Lo más curioso es que la jueza ni siquiera le creyó. Pero la intención es lo que cuenta, dicen.




Separarme de ti fue muy difícil, Salvador.

Ese último día que pasamos juntos fue muy raro, y ocurrieron muchas cosas extrañas más. Era cumpleaños de tu abuelo y también esa misma noche yo viajaba a Lima para partir a Brasil y volver nadie sabía cuándo.

Felizmente ahora yo ya sé.





domingo, 21 de junio de 2009

Segunda Carta a mi hijo Salvador Armando en el día del Padre

A los demás lectores que no lo hayan hecho antes, les recomiendo leer primero la carta que escribí el año pasado si de verdad les interesa seguir leyendo.




Cuando me acerqué a tu abuelo hace dos años y tres meses a confesarle lo que venía ocultando desde unos días antes, (es decir, tu existencia) sabes Salvador, yo estaba preparado para todo menos para lo que sucedió: “¿Y piensas tenerlo?”, “Sí.” Luego me abrazó raudamente como casi nunca lo hace y me dijo: “No te preocupes, un hijo siempre es una felicidad.”

Sabes Salvador, para variar tu abuelo no se equivocó.

Hoy se celebra en el mundo el día del Padre. Y tú tienes la mala suerte de que yo sea tu padre. No sé si esperaré cada año esta fecha alrededor de la media noche para escribirte una carta triste hasta que tengas edad para leerlas. En verdad pienso mucho en la posibilidad de morir en el minuto menos esperado. La vida es tan frágil… y su incertidumbre, tan desconcertante…

Verás, un ejemplo, tu abuela.

Tu abuela se llama Azucena, Reyna Azucena, así, con Y griega. Ella tuvo un cáncer hace 17 años, piensa, yo tenía recién 7 años y tu tío Sergio, mi hermano menor, aún no cumplía su primer añito. El golpe fue fuerte para todos nosotros, ella estuvo varios meses en el hospital. Recuerdo que nos íbamos a visitarla todos sus hijos, éramos muy pequeños para darnos cuenta. Corrección. Yo era muy pequeño. Mi hermano Paco, tu tío, que tenía 9 años, siempre se dio cuenta de todo.

Recuerdo que tu tío Sergio dio sus primeros pasos en ese hospital con un ponchito que tejió varios años antes mi abuelita Edelmira que fue pasando de hermano a hermano. Tu tío Manuel (el mayor) aún guarda aquel ponchito. Tú usarás una réplica idéntica que Manuel y su hija (tu prima) pronto te regalarán.

Aquel año, creo de 1992, el Perú tampoco estaba para pasarla bien, el terrorismo se sentía aún con fuerza. Explotó un coche bomba muy cerca al hospital donde se encontraba tu abuelita Azucena, y para colmo, los apagones nos mantenían incomunicados. Aquella noche fue terrible, escuchábamos pequeñas noticias a través de una radio a pilas, no podíamos movilizarnos, no sabíamos qué tan graves fueron los daños en el hospital donde se encontraba tu abuela.

Felizmente nada grave le pasó.

Algunos meses después, tras varias operaciones y tratamientos, tu abuela volvió a vivir con nosotros en nuestra pequeñita casa de Barranco.

En realidad, su estado seguía siendo reservado, su caso, cáncer de carótida, era muy raro en el mundo. Los doctores dijeron que solo se habían reportado ocho casos antes que el de ella. Creo que fue en medio de esa perplejidad que tu abuelo se decidió a celebrar el primer añito de tu tío Sergio. Como quien dice, antes de que su mamá se vaya de viaje definitivamente.

Por supuesto tu abuela ya no era la mujer de voz maravillosa que nos encantaba con sus canciones y sus nanas. Su hermoso cabello crespo había quedado muy reducido. Los doctores le dijeron que le quedaba pocos meses de vida, pero ella no se rindió.

Al ver que ella no se moría, dijeron luego que nunca más podría volver a hablar, que era imposible. Pero, sabes qué Salvador, ella no se rindió. Poco a poco comenzó a hablar nuevamente como susurrando. Al año siguiente volvería a dictar clases con ayuda de un micrófono pegado a un parlante portátil. Una especie de megáfono frankeinstein, un improbable ancestro del handsfree, híbrido por cierto, milagro de algún electricista convencido gracias al testarudo de tu abuelo de que eso podría funcionar y a pilas, “usa mi radio, mi walkman, mi micrófono y pídeme todo los cables que necesites”.

Así ella pudo completar los nosécuántos años de servicio necesarios como profesora estatal para retirarse con un sueldo más o menos decente.

Pero todo esto, amado hijo Salvador, no es lo peor que le ha pasado a tu abuela Azucena que tanto te adora. Lo peor no te lo puedo contar de forma pública, jubilarse en verdad sería el inicio de un trabajo mucho más arduo y más duro. Le tocó estar sola acá en Trujillo en pleno fenómeno del Niño, además de varios años trabajando realmente como una esclava para que no nos falte nada.

Yo la admiro y la quiero y me avergüenzo ahora que me doy cuenta de todas las cosas que ella ha hecho y aún hace por nosotros. Aún se levanta muy temprano a trabajar, ya no tiene por qué hacerlo, pero quiere hacerlo. Y con muy buen humor. Ella es la que nos tranquiliza y nos da sabiduría y nos acompaña con su bendición.

Sin embargo, en estos últimos meses, como que pareciera que ella ya se ha dado cuenta de que ahora sí se le están acabando las fuerzas, y no es que se rinda pequeño Salvador, ella es la más fuerte de todos nosotros, pero… no recuerdo, por dar un ejemplo, cuando fue la última vez que nos haya gritado “Estoy entre dos cuartas y un repique” (recordatorio de que es una mujer oficialmente “desahuciada”.) Y vaya que lo gritaba de una forma muy enérgica.

Hace un mes falleció su hermano Marco, la salud de su hermana Guillermina está cada vez más resquebrajada, y hace un año murió de manera inesperada su hermano Armando. Por él es que tú te llamas Salvador Armando. Ellos son los tres hermanos que tu abuela más adora.

Tú eres la adoración de tus abuelos, tu abuelita te adora Salvador, tú eres su Armandito, su nieto crespito, su pequeña gran alegría. En verdad es un milagro que aún podamos verla alegrarse por algo a pesar de todos su lutos internos.

Esa es la incertidumbre de vivir, y gracias a ti ese milagro improbable de verla sonreír se renueva todos los días Salvador, todos los días que vienes a visitarnos y los días que no, recordando tus ocurrencias.

Eres un buen hijo, y esa es una suerte que nunca pensé merecer. Recién hace unos días te enfermaste por primera vez, tu primera enfermedad más o menos seria, una infección estomacal. Como tu mamá también se enfermó, nos tocaba a nosotros cuidarte, a mí con la ayuda de tus abuelos que no querían dejarnos solos por más que se lo pidiera.

Después del almuerzo, mi papá casi empieza a llorar con un recuerdo traicionero. Dijo “Me pregunto cómo habrá hecho mi madre para cuidarme a mí y a mi hermanito sola en medio de la sierra hace más de cincuenta años.” Entonces vi que sus labios empezaban a temblar y sus ojos a humedecerse y me apuré. “Bah, yo me pregunto cómo habrá hecho la vieja para cuidarnos a sus cuatro hijos sola cuando tú te ibas a trabajar a las 6 de la mañana y regresabas a media noche”.

Fue un reproche absurdo. Tal vez en otra circunstancia hubiera provocado en tu abuelo aquella tristeza absoluta que muchas veces le provocan mis reproches absurdos. Pero esta vez, al parecer, lo tranquilizó.

La noche fue larga, lloraste mucho y a cada rato, por primera vez a mi lado. Otras noches que dormí contigo parecías un ángel en mis brazos y te despertabas con una sonrisa maravillosa al verme. Esta vez fue difícil, pero yo estaba allí cantándote aquella vieja canción de Bob Marley y otras más. Alzándote para que te tranquilices, y tus abuelos también estuvieron allí. No quisieron dormirse nunca.

En fin Salvador Armando, que en una carta es imposible contártelo todo, esta vez solo quise presentarte un poco a tu abuela. Solo un poco porque sus historias son interminables.

Tal vez, cuando tú crezcas, tus abuelos ya no estén aquí. Tal vez tú no necesites trabajar y sufrir tanto como nosotros, nadie lo sabe. Solo espero que algún día tú puedas leer estas cartas y que ese día yo siga a tu lado. Se lo pediría a dios pero yo no soy creyente, pidámoselo juntos a tu abuela.

viernes, 16 de enero de 2009

Vos sabes, Salvador



Ya tiene un año y dos meses, hace la hora, toca tambor, se porta mal, se porta bien, camina, gatea, salta, hace gestos, apaga y prende los interruptores, se achocha, llora si no estoy, ríe y juega conmigo, me habla, le canto, me escucha, se duerme, se despierta, dormimos juntos por las tardes, o nunca duerme y me quiebra la espalda con su peso, aplaude, saca la lengua, da besitos, jajaja

Hay gente que piensa que es bien idiota la alegría de un padre por su hijo porque hace todo como un niño normal, la misma alegría que debieron sentir tus padres tontito.

Con eso y todo, estos año y dos meses y dos días y 11 horas y 27 minutos han sido los más agotadores de mi vida. Hasta ahora. No importa Salvador, valió la pena. No, sí, vos sabes.

domingo, 11 de enero de 2009

Llegó el nuevo jale para Universitario de Deportes

Así es. Solo mi hijo Salvador Armando salvará a la U.
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El único problema es que tendrán que esperar por él unos 18 años más todavía. Aún quiere jugar y hacer la hora como todo niño normal, no piensa quemarse como el tonto de Manco.
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Mientras tanto promete unirse a la Trinchera Norte con su bombo de tamaño personal.
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En este video podrán apreciar queridos hinchas que su dribling es igualito al de Garrincha.
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Más fotos y videos de esta nueva promesa del fútbol peruano en su blog personal.

¡Y dale U, Carajo!
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lunes, 22 de diciembre de 2008

Salvador Armando toca tambor

Este es un extracto de un concierto de dos horas exclusivo para mí.



Gracias Salvador Armando por el regalo de Navidad.
Cuando crezcas y seas famoso no esperaré menos de ti.


Me permito colgar un poema que leí hace un tiempo y ahora vuelvo a encontrar en el blog de Heduardo

Si tienes un amigo que toca tambor,
cuídalo.
Es más que un consejo,
cuídalo,
porque ahora ya nadie toca tambor.
Más aún, ya nadie tiene un amigo.
Cuídalo, entonces,
que ese amigo guardará tu casa.
Pero no lo dejes con tu mujer,
recuerda que es tu mujer y no la de tu amigo.
Si sigues este consejo,
vivirás mucho tiempo
y tendrás tu mujer
y un amigo que toca tambor.

(Poema de Manuel Morales)

lunes, 16 de junio de 2008

Carta a Salvador Armando en el día del Padre

escrito por Aquiles Cabrera a la media noche del día del padre hasta un poco antes del amanecer.

Tú nombre es Salvador Armando, ayer cumpliste 7 meses de vida, tu abuela te preparó una torta y vino a visitarte como todos los sábados tu tía Guille con tu tío Carlitos. Hoy domingo se celebra el día del padre. Es muy difícil para mí explicarte lo que sucede en mi vida en estos momentos. Siempre ando ocupado, tengo insomnio, estoy panzón, las arrugas de mi frente se hacen cada día más enormes, me duele a menudo la cabeza y mis ojeras y mis lagunas mentales cada vez son más difíciles de ocultar. Todo esto y otras cosas más se puede resumir en dos palabras: Estoy depre. Normalmente me pongo en ese estado cuando se acerca mi cumpleaños o cuando discuto con tu abuelo o con tu tío Manuel.



Yo nací en 1985, en esa época se veían las películas en Betamax y no existía la Internet ni los teléfonos celulares ni los CDs ni USBs ni la nanotecnología, o por lo menos no eran masivos. Tu tío Manuel nació en 1976 cuando una memoria de almacenamiento de una Giga tenía el tamaño de una refrigeradora y la televisión por estos lugares seguía siendo en blanco y negro. Tu abuelo nació en 1951 cuando ni siquiera existía la televisión en este país y la selección peruana de fútbol jugaba de puta madre. El padre de tu abuelo nació en 1918 y el padre de tu abuela en 1915 cuando ni siquiera se consideraba a la radio como un medio de comunicación, el cine era solo un experimento de salón, y el telégrafo algo semejante pero muy distinto a un SMS. Tú has nacido bajo el imperio de Google, de Youtube y MySpace, una Laptop puede medir lo que un block de notas, y tu tío Manuel tiene un blackberry. Tal vez cuando tú tengas mi edad (23 años) no sepas el significado de muchas de estas palabras ¿celular? ¿radio? ¿televisión? ¿cds? Créeme, actualmente mucha gente no sabe qué significa betamax.



Debes saber que tus dos nombres los escogí yo, tu madre no quiso meterse en el asunto. Así cuando crezcas y odies cómo te llamas, ella podrá echarme la culpa solo a mí. Te llamas Salvador no porque espero que me salves de mí mismo, sino porque no conozco ni he escuchado de nadie en la familia (y vaya que tenemos un familión) que se llame así. Simplemente no quería que seas la repetición de nadie, muchos menos de mí. Sin embargo, tu segundo nombre es Armando por tu tío Armando Ludeña, hermano de tu abuela que siempre llegaba a visitarnos desde cualquier parte del Perú sin importar si vivíamos en Santa Clara, en Barranco o en El Porvenir. Sus visitas eran la alegría de tu abuela. Siempre me han dicho que yo me parezco mucho a él y yo siempre le tuve mucho cariño y respeto. Te hablo en pasado porque él ya no está con nosotros, murió hace poco tiempo cuando tú recién llevabas un mes y medio en el vientre de tu madre y ni tus abuelos ni nadie de la familia sabían aún de tu existencia.



***



Yo le tengo una gran admiración y un enorme cariño a tu abuelo, para mí él es el mejor consejero y un lujo como amigo o como profesor, y que se enoje tu abuela si quiere pero te puedo asegurar que en el fondo lo quiero más a él, a mi padre, que a mi madre. Ten en cuenta que tu abuela siempre fue y seguirá siendo la mejor madre del mundo (para nosotros, sus cuatro hijos).
Hace ya muchos meses que tu abuelo casi no me habla, solo para decirme buenos días, saber cuánto dinero necesito para ir a la U, o preguntarme cómo se dice en inglés alguna palabra para llenar su crucigrama del día. Su idea es enseñar con el ejemplo, y todos los días nos enseña sin palabras que él es muchísimo más capaz e inteligente que nosotros. Mis discusiones con él no han sido pocas, ni mucho menos leves, sin embargo, sé muy bien que –si es que no muero antes– yo continuaré su obra educativa, yo cumpliré los sueños que él no podrá cumplir. Aunque tal vez yo nunca pudiera hacerlo tan bien como él. Espero no decepcionarlo.



Hoy la pasaremos juntos los 3, haremos algún tipo de trabajo dominguero que se le ocurra porque la palabra descanso no se ha escrito aún en su diccionario personal, luego desayunaremos, leeremos los periódicos, intentaremos llenar los crucigramas, hablaremos con tu tío Manuel, saldremos de paseo o cosas semejantes, en algún momento del día le mostraré este papel para que lo lea, me dé sus opiniones y me corrija.



Tu tío Manuel todavía vive en la casa de Barranco, es mi hermano mayor, y déjame decirte que desde que tú existes no hemos vuelto a discutir. Él pronto será papá, tendrás un primo con el que podrás jugar al fútbol o a la guerra (ojalá no lo hagan en un mundo virtual), o tal vez una prima con la que podrás divertirte de la manera que ambos crean conveniente. A él le mandaré este artículo al igual que a todos mis amigos o gente que aprecio vía mail para que lo lean desde mi blog.



Debes saber que tu tío Paco y tu tío Sergio, mis hermanos, te quieren casi tanto como yo.

No tengas dudas de esto Salvador, tú eres lo más importante para mí. Después están tus abuelos, tus tíos, tu madre y mi perro bóxer cada vez más viejo y más flaco y del cual hablaré en otra oportunidad. Esto del día del padre no me gusta nada porque desde que soy tu padre me he dado cuenta de que nosotros (en este caso, los padres) siempre somos la última rueda del coche en todo. En el hospital, no existimos ni somos útiles en ningún momento, para las amigas y familia de las madres siempre seremos los culpables de todos sus problemas y, las encuestas dicen claramente que muchísima más gente quiere y adora a su madre y muchísimas personas cada vez más repudian a sus padres. Ojo que no estoy hablando del complejo de Edipo. Por supuesto que hay hombres que no merecen el cariño de sus hijos (sin importar cuanto dinero tengan en su billetera) esos son los que tienen un solo corazón.



Y aunque actualmente me encuentre deprimido, o con cambios de humores muy bruscos, cuando estoy contigo soy realmente feliz, feliz como nunca lo he sido antes y como no lo soy en ningún otro momento del día. Créeme que tenerte cerca, sentir tu olor, la suavidad de tu piel, me provoca una verdadera felicidad, y cuando sonrío y te escucho sonreír, todos mis problemas no significan nada. (siempre sonríes cuando sonrío) Por todo eso y muchas otras cosas imposibles de explicar, te agradezco. Ahora, además de ser mal amigo, mal hermano, mal hijo, bohemio frustrado, lector impertinente, crítico de todo y fumador sosegado, también soy: tu papá.



Llámame viejo cuando quieras.