viernes, 22 de febrero de 2008

LOS AMIGOS Y BARRANCO, AMBOS EN EL CORAZÓN

by Aquiles Cabrera
Así que Febrero es el mes del amor y la amistad, pues por esta calle ya se ha hablado mucho sobre lo primero; acá les va esta crónica dedicada puramente a ese segundo sentimiento, quizá más sincero, mutuo, duradero y desinteresado: la amistad.
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En el corazón

Pues, ¿Qué te creías? Resulta que sí es cierto eso que dicen de la amistad, la distancia, el tiempo, la casa de la infancia y el olvido. Ahí estábamos los cinco amigos de noche en aquella pequeña casa de Barranco, (tan añorado por mí en todo este tiempo), y no podían faltar las ausencias, puesto que también faltaba Andrés, y Omar, y así, y si continuo nombrando las ausencias no podré acabar. Así que, bueno, ahí estábamos sentados alrededor (¿cómo no?) de una infaltable botella de ron, pasándonos la jarra, recordándonos y reconociéndonos, prendiendo algún cigarrillo de vez en cuando, encontrándonos diferencias y semejanzas a las versiones de nosotros mismos hace, tal vez, seis y hasta doce años atrás en el colegio. No somos viejos, es verdad, pero qué niños solíamos ser cuando pensábamos que no nos faltaba nada más que acabar el cole para ser dueños del mundo, y qué niños seguimos siendo ahora, pensando que ya estamos a punto de encontrar aquella idea extraordinaria que nos vuelva millonarios.
Nosotros nos miramos a la cara, sabemos que hemos cambiado pero seguimos igual, ya no somos aquellos que solíamos ser, pero de alguna manera, allí estamos, sin dejar de ser lo que una vez fuimos. Puedo decir que éramos amigos y también que no fue así, que lo seguimos siendo sin necesidad de serlo verdaderamente, es decir, fuimos y no fuimos, somos y no somos, pero qué más da, ahí estamos. Siempre habrá un abrazo y una sonrisa para un viejo conocido. Y pasó lo mismo con Barranco, mi casa de la infancia, aquel lugar que me solía llegar ya te imaginarás tú muy bien a dónde cuando vivía allí, y que no dejé de extrañar un solo día una vez lejos.
Una vez lejos
Primero fueron las lágrimas, ese dolor de ya no estar y esa necesidad de volver, luego (con los años) se fueron transformando en sueños, como intrusos en mis noches de insomnio, y poco a poco y así de esta manera, podía ver Barranco en cualquier lugar que mire. Bastaba con prender el televisor, hojear una revista, escuchar la radio o leer los periódicos, y ya sea que esté en la universidad, en mi casa o en el lugar menos pensado; allí también estaba Barranco, e incluso cuando intenté alejarme de la civilización, allí también lo encontré. Ser barranquino y no vivir allí es triste pero más triste es darse cuenta de que uno ya no es barranquino justamente cuando más costó volver. Y no es que uno empiece a buscar a Gardel o a Chabuca Granda ya estando fuera de aquel Barranco que los homenajeó, no es que a uno le entren ganas de leer a Eguren, a Vallejo, Julio Ramón Ribeyro, Martín Adán, atropellarse con las poesías de Blanca Varela, comprar discos de Leusemia y de Rafo Ráez, interesarse de verdad por Vargas Llosa y Constantino Carvallo, querer un poquito más a Bryce o a Sabina al sentir en su alma bohemia el alma de Barranco.
Barranco es probablemente el distrito más pequeño del Perú, pero curiosamente (probablemente también) el más conocido por todos los peruanos, al menos de oídas. Da gusto ver en Páginas web de corte Turístico a Barranco junto con Sacsayhuaman, Tambo Machay, Machu Picchu, Aguas Calientes, Arequipa, El Colca, el Lago Titicaca y otros más. Sin embargo, Barranco sigue llegándome ya te habrás dado cuenta adónde, sigue siendo aquel distrito emblemático y tradicional, bohemio y liberal, religioso y agnóstico, culto e ignorante.
Algo que Chorrillos, con ese hermoso malecón nuevo y ese Regatas Lima y ese súper mercado Plaza Sur, ni siquiera Miraflores con todos esos Sagas, Ripleys, Larcomares y McDonald’s, ni San Isidro con su Country Club y su Swiss Hotel, jamás podrán tener aquello de inmoral y legendario que tiene Barranco, eso de caminar por ahí y escuchar a un tipo tocando “Alfonsina y el mar” en algún piano, eso de pasear por un parque y ver a alguien grabando un documental turístico, eso de ver a un pordiosero borracho durmiendo en medio de la pista, a una pareja de españoles gays en terno pidiéndote que les tomes una foto con el fondo de la Santísima Cruz, eso de algún olor a caca justo a treinta pasos bajando el Puente de los Suspiros, eso de encontrarse de pronto con que en el Boulevard están grabando la última versión de La Gran Sangre, eso de visitar el Mirador, y escuchar a un viejo con su guitarra cantando casi como llorando and i love her… y sentir más que nunca aquel olor a marihuana, a marihuana barranquina, a marihuana de barranquino, que puede estar y no estar en Barranco a todas horas. Creo que no en cualquier lugar puedes encontrar al portero de una discoteca suplicando por una pavita, por solo una jaladita nomás, brother. Todo eso junto y en un mismo día no es común y mucho menos si te digo que aquel día fue lunes.
Fue lunes
Justo un lunes antes empezó todo esto, esa oportunidad que se me daba de viajar a Lima, y así, como quien dice, sin querer queriendo ya estaba yo un sábado en la noche subido en un Bus con dirección a la capital. Llegar domingo y no haber avisado a nadie no es un buen plan de viajero que vuelve al lugar donde creció y se da cuenta de que el único encanto del recuerdo de ese distrito son los amigos que quedaron por ahí (cuánta razón tiene Bryce). Y mucho más cuando uno ya no tiene el teléfono de nadie, ni conoce la dirección de casi nadie.
Había que actuar. Agarré la bicicleta de mi hermano, sin permiso, para visitar a los amigos, no había tiempo, no podría haberlo hecho a pie, la agarré aún sabiendo que se iba a enojar como de costumbre, y justamente por y para esto hermano, porque somos hermanos y para no perder las costumbres.
Y el primer portazo en las narices lo recibí cuando llegué a la casa de Daniel, (el FMR gordito), y su casa ya ni existía, solo una pared blanca cerrando el terreno donde quedaba alguna vez su casa, una casa enorme, colonial, de no sé cuántas piezas, ya inexistentes para siempre, simplemente su casa (la de la infancia) ya no estaba. Seguí pedaleando hasta la casa de Luis (el Riki Portal), y me encontré con un par de candados oxidados cerrando una puerta metálica más solitaria que Papa Noel en fiestas patrias, y ya no ladraban en su casa ni los perros ni se escuchaba la música de Metálica, aquella, la de la infancia. Pero como me aferraba a no creerlo seguí tocando hasta que salió una vecina a decirme que ya en esa casa hace tiempo no vive nadie, señor. (Cuánta razón tienen Sabina, Neruda y tantos otros). Pero no podía ser, aquí no pasaron veinte años como en el tango, ni diez como le pasó a Sabina con Londres, ni mucho menos 50 como a Neruda con la India, no podía ser, y sin embargo, allí estaba la realidad tirándome el segundo portazo en las narices. Pero como no podía ser y siempre hay otra realidad a la que podemos acudir, acudí a ella, a la otra, la virtual, la que no existe pero está, la que no gusta pero muchas veces es la única que tenemos a mano.
Recordé que hace unos meses Ricardo (el Caballo loco) me envió por correo electrónico un mapa que indicaba claramente cómo llegar a su nueva casa, acudí a ella, al mapa primero, clickeando, y pedaleando después a la casa real, y así, cuando la bici se hizo mucho más necesaria que nunca, pedaleando y preguntando, llegué a su casa, y pude recibir al fin el primer reconocimiento y abrazo de amigos de aquel viaje no planeado ni avisado por nadie, y por supuesto, ¿cómo no? pude escuchar el siempre infaltable ¿Qué haces tú aquí, huevón? seguido de la carcajada y el segundo abrazo, como de quien se quiere convencer de que ya no estás durmiendo, de que ya amaneció y son las once de la mañana y es domingo y tienes que trabajar (porque así es Lima) y finalmente para darse cuenta de que es tu amigo del cole, Martín (el Corre Forest), el que no ves hace años, el que se fue sin asistir a la fiesta de promo, él es el que viene a buscarte.
Y fue lunes, el día en que ya cansado me cansé de esperar, ya decidido, decidí avisar. Si no los veía ese día a esos perdidos ya no los vería nunca porque al día siguiente regresaba a Trujillo. Había que pensar, abrí mi correo, no podía avisarles a todos, porque mi casa, como ya te dije, es pequeña. Les escribí a Luis, Daniel, Ricardo, David, Andrés y a Omar Francia. Y fue ese lunes ya bien noche que nos reunimos cinco, porque me faltaron dos de los que llamé, y no hay rencores: a uno tampoco le gusta revisar su correo todos los días. Así que ahí estábamos los cinco.
Los cinco
Que no pudimos ser seis porque mi hermano tenía muchas cosas muy importantes que hacer mañana temprano. (Así es Lima) ¿Qué más se puede hacer? Con él ya nos habíamos abrazado, conversado, jugado, paseado y peleado (para no perder las costumbres). Pero para mis amigos, sin embargo, seguía siendo más importante visitar al amigo que volvía y que inexorablemente debía volver a irse, qué le importaba a Daniel que mañana temprano tenga examen final en la universidad, qué le importaba a Ricardo tener que ir a trabajar mañana también temprano, qué le importaba a David que justo ese lunes había terminado de recibir las once inyecciones diarias que necesitaba para curarse de una caída, (y tener que aguantarse heroicamente toda la noche las ganas de tomar) y por último, qué le importaba a Riki que justo ese lunes era su cumpleaños y que ninguno de nosotros se había acordado de eso. Es necesario en este punto decir que entre ellos tampoco se ven casi nunca. Pero ahí estábamos, los amigos, los cinco, conversando, riendo, y sobre todo, hablando, hablando bajito porque hay que recordar que el dueño de casa tenía muchas cosas muy importantes que hacer mañana temprano. Qué más se puede hacer, muchas veces la casa de la infancia no vuelve a ser nunca más la misma. Ya lo había cantado Fito Páez: 1 hoy la casa de mi infancia ya no existe ni hace falta, yo la llevo bien adentro en mis entrañas…
El primero en llegar aquel lunes por la noche fue Portal, siempre Portal, mi compañero de carpeta, de recreos, de películas porno y de algunas otras cosas más. Felizmente ese día él estaba lo suficientemente borracho ya para decir la verdad, yo nunca había fumado marihuana con él en el colegio, algo que tal vez ninguno de los compañeros de aquella promoción crean, pero ahí estaba él para confirmarlo, yo nunca fumé en el cole, y además, no necesité fumar después, aunque eso es algo que ninguno de los cinco que estaban conmigo aquella noche (contando a mi enamorada) puedan creer. Qué más da, estábamos en Barranco y prácticamente entre barranquinos. Y en aquel distrito que ya te habrás dado cuenta que siempre me llegó al corazón. Nadie me lo hubiera creído. El segundo en llegar fue Ricardo, con su Ron Bacardi Gold en la mochila, me faltó decir que Portal se trajo un vodka medio lleno, o para ser exactos, medio vacío ya. Tuvimos que salir a llamar por teléfono a David para que venga por supuesto, y no podía faltar Daniel, que estaba haciendo uno de aquellos trabajos universitarios interminables, no por difíciles sino porque en grupo, normalmente, la mayoría de gente sólo estorba o se dedica a estorbar. Pero finalmente llegó, y estuvimos completos aquella noche, con ausencias y todo, porque nada más se pudo hacer.
Y así, entre risas y recuerdos y humo se acabó el trago, pero no había problema, siempre nos quedarían las calles barranquinas de madrugada. Y así pude comprobar una vez más que aún siendo lunes y de madrugada ya, en Barranco siempre podrás encontrar una buena hamburguesa y un lugar acogedor para comerla (y a buen precio si eres barranquino y sabes a dónde ir). Y mucho menos podrían dejar de aparecer, allí en Barranco y de madrugada y lunes (¿o martes ya?) unas buenas latas de chela bien heladas para terminar de una vez con el reencuentro, porque todos saben que tienen que hacer algunas cosas muy importantes mañana temprano (así es Lima). Y otra vez los abrazos, pero esta vez para parafrasear al querido Calamaro con ese entrañable, amigable, sincero, alegre y hasta doloroso: 2 Nos volveremos a ver, porque siempre hay un regreso.

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1: Fito Páez, Canción: La Casa Desaparecida, Disco: Abre
2: Andrés Calamaro, Canción: Nos volveremos a ver, Disco: El Salmón

2 comentarios:

  1. Para ser honesto martin lo que mas extraño de lima, es barranco leer tu relato me llena de congoja, alegria y gratos recuerdos de adolescente con ganas de conquistar el mundo, y asi a la distancia siempre hay tiempo para los amigos, las cervezas y porque no decirlo esa rica marihuana barranquina..
    JOSE MARCOS FRANCIA
    GOLDFATHER

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  2. Habla promo: aunque no lo creas..

    puta men el gordo MARCOS me hizo pensar mucho en la amistad.. y esto va asi mis amigos perros de la vida inmadura del tiempo de ayer sin goce de conseguir piedras solo libertad y ser originales.. y somos nosotros, es asi, asi y asi les digo:

    Ayer forje en el hombro mi esfuerzo,
    en la libertad mi expresion,
    en mi espalda una mochila
    y en mis manos mi ambicion
    hoy sere pricionero de quienes me den asilo,
    sere el guardian de sus battallas
    y con estilo defendere mi honestidad,
    haciendo una ligera amistad que en el presente surgira..
    pensando que mañana el tiempo la llenara,
    en un vaso los recuerdos de lo que fuimos
    en un abrazo el adios que no debimos inventar,
    mañana sera hora de reencontrarnos
    y decir salud hasta el final..

    Tu viejo amigo el loco mardac.. (El yo penche) del cole... el que siempre admira tus escritos, ensayos y la mierda hecha colores que escribes.. ..reflexion y no buscar excusas para hacer reencuentros si no saber que estamos vivos carnal
    David Ayala

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